
Finalmente las armas terminan peleando contra las palabras. No hay en el mundo pelea más imposible. Las palabras se achican, se esconden, rebotan, se quiebra en guiones, cambian de sitio, saltan de boca en boca, se esconden detrás del silencio entre rumores, sudan en los diccionarios, navegan en los cuentos de las buenas noches, se disfrazan en el exterior y vuelven otras, sangran sangre azul, se disimulan en las sopas de letras, anidan en el corazón y persisten en la memoria. Es la historia de una batalla perdida. Los militares deberían saberlo: intentaron lo mismo a mediados de los cincuenta con la palabra “Peron”: la expulsaron de la prensa, de los cables informativos, de los colegios, de las fábricas, pero sobrevivió en la calle, donde fue susurrada hasta convertirse en un grito.
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Veintiún años más tardes el miedo fue aun mas grandes y el tono de la batalla más desesperado: ya no se trató de prohibir una sola palabra, sino una colección de ideas, demoler decenas de puntos de vistas, eliminar cualquier vestigio de pensamiento libre: pelearon contra la música (como si se pudiera prohibir el silbido y el tarareo), contra los libros que enterraron y quemaron (como si pudieran borrar la memoria por decreto), contra el sexo ( como si pudieran clausurar la humedad de la luna y la piel), y contra el viento en términos generales.
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