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martes, 17 de noviembre de 2009

E-book


E-BOOK


Fue la vedette en la última Feria del Libro en Frankfurt y su desembarco promete revolucionar de tal forma el mercado editorial, que ya se habla de un antes del e-book y después del e-book. Cómo funciona y las cifras del fenómeno.



"Eso no es un libro", bramó Ray Bradbury, uno de los grandes escritores de ciencia ficción del siglo XX, cuando le preguntaron, recientemente, su opinión sobre el e-book. Pero si bien el autor norteamericano, al igual que la mayoría de los lectores, escritores y editores, aún prefieren el papel a la pantalla, el libro electrónico ya es una realidad en el mercado tecnológico y se prepara para conquistar al mundo de la literatura con sus asombrosas posibilidades.

Como alguna vez el nacimiento de la televisión modificó para siempre la industria del cine, o como el walkman y el MP3 revolucionaron la forma de escuchar música, hoy el e-book amenaza con transformar el concepto del libro tal como lo conocemos. Claro que, al igual que cualquier gran cambio tecnológico que se precie de tal, la llegada del e-book lleva implícitos polémicas e interrogantes que ya se comienzan a dilucidar.

Antes que nada: ¿Qué es el e-book? Se trata de un dispositivo electrónico con capacidad para almacenar y reproducir miles de archivos de texto, que por su tamaño, peso y formato intenta emular la versatilidad de un libro tradicional. Cuenta con una pantalla de tinta electrónica que permite leer sin cansar la vista y pasar de una página a la otra con sólo un clic. Además, los nuevos modelos cuentan con una conexión inalámbrica 3G, similar a la de los teléfonos celulares inteligentes, lo que abre la posibilidad de bajar y leer libros, diarios, revistas y todo tipo de publicaciones, pagando –como quien se baja un ringtone o una canción- unos pocos dólares.

“El e-book es ecológico, cómodo para viajar y permitirá la difusión y la recuperación de millones de textos”, sostienen los partidarios del libro digital. En la vereda opuesta, sus detractores defienden la calidez del papel y la diversidad de ediciones y alertan sobre los riesgos de la piratería online y de la extinción de las librerías tradicionales. Para el lector, el cambio de hábito que propone el e-book es radical. Imaginemos unas vacaciones en las que sólo haya que hacer un clic para pasar de una biografía a un clásico, o de un periódico a una revista de chimentos.


La revolución digital
La librería online más grande del mundo, Amazon, picó en punta en el fértil negocio del libro electrónico. A tal punto, que su modelo Kindle es considerado como el IPhone de los e-books. Algunas cifras permiten darse una idea de sus características: tiene capacidad para almacenar 1500 títulos, pesa 280 g, y su grosor de 0,9 cm es menor al de muchos teléfonos móviles. La batería dura hasta dos semanas sin necesidad de recarga y su pantalla de tinta electrónica es de apenas 6 pulgadas. “Nuestro objetivo ha sido diseñar un producto que desaparezca en las manos del consumidor”, dijo Jeff Bezos, el presidente y fundador de Amazon, sobre su nueva criatura, que hoy es la principal fuente de ingresos de la compañía.

En octubre, Amazon dobló la apuesta y anunció una expansión por la cual el Kindle cruzará la frontera norteamericana y se venderá por USD 279 en más de cien países. Si bien aún no está confirmado, la Argentina cuenta con una adecuada red inalámbrica y sería uno de los países elegidos en los que se podrán descargar más de trescientos sesenta mil títulos, por ahora todos en inglés. Cada libro tiene un valor de USD 9,99, que incluye el gasto de conexión, por lo que a fin de mes no hay que pagar facturas adicionales por banda ancha. “Nuestra visión es que cada libro que se haya impreso, se esté imprimiendo o esté descatalogado, en cualquier idioma, esté disponible en sesenta segundos”, sostuvo el presidente de Amazon.

Durante la última Feria del Libro en Frankfurt, la meca de la industria editorial, el e-book fue uno de los grandes protagonistas. Allí, las compañías tecnológicas se codearon con las más prestigiosas casas editoriales y con las grandes plumas de la actualidad. Tanto Google como la cadena estadounidense de librerías Barnes & Noble manifestaron su interés en poner, en breve, un pie en el mercado. Igualmente, todos esperan e intentan adivinar qué conejo sacará de la galera el mago de Apple, Steve Jobs, ya que su empresa trabaja en secreto para dar batalla al Kindle.


Cuestión de tiempo
Sin embargo, pese a las expectativas que hay en la industria y a que la tecnología está disponible hace varios años, el libro digital aún no se popularizó. Según la consultora Forrester Research, se estima que a fines del 2009 se habrán vendido cerca de tres millones de lectores electrónicos en los Estados Unidos, una cifra modesta si se considera que durante su lanzamiento, Apple vendió un millón de IPhones en sólo tres días. Otro dato: la facturación anual del libro en papel en los Estados Unidos es de USD 35.000 millones y la del libro electrónico no supera, aún, los USD 1000 millones por año. “Es una cuestión de tiempo. Nadie discute si va a llegar, sino cuándo será el momento”, explica Pablo Avalluto, director editorial de Random House Mondadori, una de las casas editoras más importantes de la Argentina. Y pronostica una pronta masificación del dispositivo: “Pienso que será en dos o tres años, siempre y cuando sigan bajando los precios de los aparatos”.

Que los lectores puedan tener en la palma de la mano, instantáneamente, y a un precio accesible, cualquiera de las obras de la literatura mundial es una tarea gigantesca. Se trata, ni más ni menos, que de dar vida a la gran librería universal. Las editoriales se apuran para digitalizar sus títulos y negociar los contratos de derechos de autor con los escritores. “La gran discusión pasa por la forma en que se comercializarán los títulos para e-book. En el mercado tradicional se repartían los porcentajes entre el librero, el distribuidor, el autor y el editor. Pero los contratos no preveían semejante desarrollo tecnológico ni tenían en cuenta un mercado universal”, explica Avelluto, quien estuvo presente en la Feria de Frankfurt y fue testigo del furor por el e-book.

En tanto, en los Estados Unidos, las bibliotecas públicas ya ofrecen libros digitalizados a su comunidad. Según datos publicados por el diario The New York Times, son alrededor de cinco mil cuatrocientas las bibliotecas en las cuales la gente puede pedir un libro desde la comodidad de su casa y recibirlo en formato electrónico en su computadora portátil o en el dispositivo Reader, de Sony, que es compatible con los archivos de las bibliotecas. Y si bien el catálogo digital es ínfimo comparado con el de papel, la expansión de las versiones electrónicas es un indicio de que en un futuro se leerá cada vez menos en tinta original y más en tinta electrónica.


¿El fin del papel?
Los más optimistas predicen que, al igual que sucedió con la música o con el cine cuando se digitalizaron y se subieron a la ola de Internet, estamos ante una gran oportunidad para que la gente lea más. Mucho más. Incluso, ya comienzan a pensarse formatos que aprovechen los recursos tecnológicos del e-book para sumarlos a los elementos tradicionales del libro (vale decir, la imagen y la palabra escrita). Entre el sinfín de posibilidades se podría escribir una novela y agregarle música a un cierto pasaje; videos en lugar de ilustraciones estáticas; links que refieran a sitios de Internet y hasta convertir al lector en protagonista.

“No es un modelo sustentable para autores y editores”, se quejan por lo bajo los detractores, quien temen que la piratería informática, tal como sucedió en la industria discográfica, destruya el negocio editorial y que éste deba reinventarse (como lo hizo el de la música, mediante conciertos multitudinarios y las giras permanentes). “El mercado no se va a achicar. Pero sí va a surgir un público nuevo”, sostiene Avelluto.

La postura predominante en el mundo editorial es más conciliadora. La convivencia armónica entre ambos formatos parece ser el escenario más probable en el corto plazo.






Por: Manuel J. Torino – Revista “Nueva”, domingo 15 de noviembre de 2009.

sábado, 31 de octubre de 2009

incorregibles - Por Orlando Barone



No se sabe que Paul Krugman esté al tanto de la leyenda del diario de Yrigoyen.
Pero el Premio Nobel de Economía, de visita en la Argentina, aportó un título periodístico como para incluir en aquel supuesto diario feliz. Dijo:“La crisis para la Argentina ya terminó.
Está, junto a Brasil, en condiciones más óptimas comparativamente”. Andá a engrupir a otra parte “Krug”. Leé, escuchá, enterate. Es que no debe saber nada acerca del país actual. A lo mejor se creyó esos rankings del mundo donde la Argentina aparece en puestos de privilegio en igualdad de género, en libertad de expresión, en expectativas de felicidad cotidiana, etcétera. Aunque los garanticen foros y organizaciones de rango internacional, deben ser mentiras influenciadas desde aquí por el Indec. Además, Krugman no nos conoce. No sabe que Elisa Carrió está predestinada a descarriarse, que Ciro James fue bautizado para espía y que el rabino Bergman ya no quiere parecerse al rabino Marshall Meyer, sino que aspira a obispo castrense. Es que para entender nuestra realidad económica, Krugman tendría que ir al supermercado y comprobar que ya es imposible comprar pulpo cantábrico, centolla del Beagle o trufas de bosque patagónico. Tampoco mira noticieros ni lee los grandes diarios. Y si de casualidad lo hace, seguramente piensa que no se refieren a la Argentina sino a Afganistán o Alto Volta. Y que la demanda de periodistas de cachets suntuarios y malhumorados es sólo una extravagancia del mercado para que defiendan a la gente de la expoliación del Estado.
Por eso, aunque a Krugman le hayan advertido acerca de la orientación del grupo de intelectuales Aurora, si los lee y oye plañir y bramar por el destino negro de la pobre patria, siempre envueltos en sus togas cicerónicas y listos para enarbolar catilinarias, se convencerá de que la libertad de la cual gozan se debe a su coraje temerario. Los “auroreanos” pacíficos fantasean con la idea narcisista de que arriesgan sus vidas. De tan corajudos se contradicen: es que, siendo tan respetuosos de la tradición, la familia y la propiedad descalifican al Gobierno llamándolo “matrimonio”. Y así traicionan moralmente a sus aliados rabínicos y eclesiásticos, que al matrimonio lo consideran sagrado.
Si será que esto es el reinado del fascismo, el totalitarismo, la dictadura y el absolutismo que, de no mediar la vocación libertaria de los multimedios, los líderes opositores no tendrían forma de seguir gritando cómo son censurados y perseguidos. Y los perseguidores deberían reconocer su ineficacia porque tanta persecución, durante tanto tiempo, y no lograr encarcelarlos ni enviarlos a las cámaras de torturas testimonia su fracaso.
El otro día, mientras me estaban cortando el pelo, entra en el salón un señor que, dirigiéndose al peluquero, dijo para que todos lo oyéramos: “Cuando se vayan la Presidenta y la dictadura que tenemos, te traigo una botella de vino para brindar”. Imaginé qué temor a la dictadura tenía el tipo, fanfarroneando su desprecio por el Gobierno sin saber quiénes eran o pensaban los clientes que allí había. ¿Por qué esa ostentación de impunidad social y desaprensiva prepotencia? No parece probable que a la peluquería entre un tipo vivando al Gobierno. No me digan que no hay: que no queda ninguno. O que los que quedan para vivarlo están en sus guaridas y taperas velando las armas de destrucción masiva. Lo que creo es que la actitud del que entró y sentenció al Gobierno en la peluquería es la consecuencia de sentirse aprobado desde los medios. Y legitimado por la sociedad que frecuenta, alimentada voluntaria y entusiastamente por aquéllos.
No es que sean incorregibles; son irreformables. Antípoda de reformable. Lo irreformable no se reforma con ninguna reforma política. Sus oficiantes no están en sus bancas para votar o no votar una ley importante, quieren abolir cualquier ley últimamente sancionada y no asisten a los actos donde la Presidenta hace anuncios que involucran a la clase política. Faltan con aviso, justificadamente. No faltaba más. Tienen la agenda cargada con asistencia perfecta a todos los programas audiovisuales que demandan voces e individuos irreformables.
Krugman además debería leer a Pino Solanas expresarse ante la reforma política. El jueves, sin enfriarse luego del anuncio de la Presidenta, escribió en el diario Critica: “Hoy el PJ y la UCR, corresponsables de estas décadas de honda crisis, vaciamiento, mediocridad y saqueo, buscan unirse para impedir que surja una nueva fuerza (…) Hay un pueblo que está esperando, que está cansado de optar entre Frankenstein o Drácula (…) Alerta argentinos. Impedir que se ejecute esta trampa es responsabilidad de todos”. No sé, tenía la idea de que Pino Solanas era peronista. Al menos me guío por sus películas. Es cierto que la ficción no es la realidad sino una metáfora.
Mejor ficción es la de Julio Cortázar en ese relato ya clásico “La autopista del sur”. No hubo ni hay taller literario donde aspirantes a escritores no lo hayan plagiado o tratado de imitar malamente. Es el caso de Joaquín Morales Solá en La Nación, en su crónica pacifista “Escenas de un piquete bélico en la Panamericana”. Tocado en su fibra literaria por los huelguistas de Kraft-Terrabusi, se inspira: “La marcha de los vehículos, cuando marchan, es la de un hombre cansado, lento. El hastío es lo que más abunda. El calor empieza a apretar. La temperatura en la ruta llega a los 29 grados. ‘¿Quiere un poco de agua. Yo siempre cargo agua cuando viajo a la capital. No sé con qué problema me voy a encontrar’, ofrece una señora que tiene agua y también una vianda para sus inciertos itinerarios por la Ciudad y sus alrededores. ‘Yo comparto el mate’, intercede un camionero, que es la envidia de todos porque está en una atalaya desde donde ve más allá que el resto de los mortales. ‘¿Qué ve desde ahí?’, le preguntamos todos. ‘Decepción: la cola es muy larga y no veo el final. ¿Quieren mate? Ayuda a pasar el tiempo’, insiste”. Autos importados conviven con cascajos de hace tres décadas (…) ‘La culpa es de estos Kirchner, hermano’, empieza a analizar el pobre. ‘Y también de nosotros viejo, que debemos ser el pueblo con más paciencia del mundo’, le contesta el rico. La sociología amenazaba con matar la politología cuando la marcha desigual dejó al pobre detrás del rico”.
¡Ay Cortázar! No rozar tu creatividad literaria en vano. El filósofo Maradona por algo dijo lo que dijo: “Que la sigan chupando”. Para disculparlo ante la FIFA, alegan que estaba bajo los efectos de emoción violenta. También esta crónica. Que, de todos modos, siempre será de menor emoción violenta que la de los “irreformables”. Ese escalón de malhumorados rabiosos, superador de aquel ya remoto “incorregibles” acuñado por Borges. Lo cierto es que por ahora los irreformables están obligados a chupar.

domingo, 25 de octubre de 2009

Los fachos de la red - por Reynaldo Sietecase

¿Son tantos como parecen? ¿Son gente común que va al trabajo, hace el amor, ayuda a sus hijos con las tareas de la escuela y antes de dormir le dedica unos minutos a internet? ¿Son todos como esos jóvenes musculosos que levantan el brazo derecho en los actos organizados por Cecilia Pando? ¿O se trata de ciudadanos honestos que pagan sus impuestos y escriben a los medios como “la mejor manera de participar en política”? ¿Estaban desde antes o aparecieron todos después de la pelea del Gobierno y las entidades del campo? ¿Por qué si nosotros tenemos tantas dudas, ellos sólo exhiben certezas? Son los fachos de la red, los titanes de internet, los justicieros.

Cuando se enojan, y todo el tiempo se enojan, son incansables, hirientes, jodidos. Además, aunque suenen confusos o tengan problemas de expresión, están convencidos. Están muy convencidos y eso es lo importante. Desde esa convicción de hierro insultan, amenazan y prometen todo tipo de represalias contra el autor en cuestión. Dicen por ejemplo que, más temprano que tarde (perdón Salvador Allende), harán tronar el escarmiento.

Son duros. Adoran las chicanas. Evitan discutir sobre argumentos. Se ocultan en el anonimato que permite la horizontalidad democrática de la web –una de las grandes virtudes de internet, por cierto– y desde las sombras disparan contra el traidor, el débil, el vende patria. De esta manera hacen justicia virtual. Transforman sus teclados en espadas vengadoras. Disparan comentarios como misiles.

Parados sobre sus banquitos invisibles, levantan los dedos acusadores. Dan lecciones de periodismo, historia y alta política. Se ubican a la izquierda o a la derecha de la pantalla. Depende el día, depende el tema. Cada tanto exigen indignados: “¿Por qué no hablan más de inseguridad? Nos están matando a todos –advierten citando números y encuestas–. Los delincuentes están en la calle y vos lamentando la muerte de Nicolás Casullo”.

Siempre tienen razón. Quien no piense como ellos está equivocado. Quien no acuerde con sus opiniones es el enemigo, o un escriba pagado por el Gobierno, o un mercenario bancado por la oposición y las multinacionales, un agente de la patria mediática, un miembro de la sinarquía internacional o un comunista solapado. Depende el tema, depende del día. Como decía mi abuela: cree el ladrón que todos son de su condición.

Eso sí, no admiten medias tintas. Quieren que todos se definan. Es blanco o es negro. En realidad, quieren más blanco que negro. Se indignan por el hambre pero abominan de los hambrientos. Se conmueven por la desigualdad pero repudian los métodos de reclamo popular. Creen que todo aporte del Estado a los sectores carecientes es como darles margaritas a los chanchos. Afirman que todo dirigente social está comprado. Que todos los empleados públicos son vagos. Gozan con la división. Creen que estamos en guerra y que es necesario elegir bando. No rescatan nada de nadie. Ven en cada error una conspiración.

Forman una rara legión imposible de clasificar por sus ideas. Hay kirchneristas doloridos y antikirchneristas virulentos. Hay gorilas de todo pelaje y peronistas de cualquier sector. Hay liberales y golpistas. Todos unidos por la intolerancia. Algunos hasta se animan a levantar las banderas del racismo. Participan orgullosos de una suerte de vale todo verbal.

Hay temas que los ponen especialmente locos: las notas sobre condenas a represores –sugiero repasar los comentarios que se suscitaron en la web por el traslado de Jorge Rafael Videla a una cárcel común. Las cuestiones que apunten a defender la programación familiar o el debate sobre la despenalización del aborto. Una nueva ley sobre la forma de castigar el consumo de drogas despierta un tsunami de comentarios rabiosos e ignorantes. El ranking sigue con las peripecias de los ex Montoneros –algunas de verdad impresentables–, los despistes de los piqueteros, los aciertos de los K, los enchastres de los K y algunos más.

Son los fachos de la red. Los titanes de internet, los que garantizan ciento por ciento lucha debajo de cada nota.

Conviene no hacerlos enojar.