
Era Natascha recelosa, pero limpia de corazón y recta. Sus recelos procedían de una fuente pura. Era orgullosa, noblemente orgullosa, y no podía sufrir que lo que ella juzgaba superior a todo fuera objeto de burla ante sus propios ojos. Al desprecio de un hombre ruin habría respondido con el mismo desprecio; pero, no obstante, le dolía en el corazón que se burlase de aquello que consideraba sacrosanto, fuese quien fuese el burlón. No era ésto debido a falta de firmeza. Se debía en parte a su harto escaso conocimiento del mundo, a su falta de trato con las gentes, a haberse pasado la vida metida en un rincón. Toda la vida se la había pasado sin apenas salir de su casa. Y, finalmente, esa cualidad de los seres ingenuos, que quizá le hubiese transmitido su padre, de ponderar a una persona, considerarla mejor de lo que es en el fondo y exagerar exaltadamente su parte buena, se había desarrollado en ella hasta un grado violento. A esas criaturas se les hace después muy duro reponerse de su deslumbramiento, y todavía más duro cuando sienten que eres tú quien tienes la culpa. ¿Por qué esperar de nadie más de lo que puede dar?. A tales individuos, a cada instante, les aguarda un desencanto. Lo mejor de todo sería que se estuviesen quietecitos en sus casas y no aportasen por el mundo; y yo he podido observar que, efectivamente, le tienen tal cariño a su rincón, que se vuelven ariscos en él. Por lo demás, Natascha había sufrido muchos sinsabores, muchas afrentas. Era ya una criatura enferma y no se le podía culpar, si es que mis palabras encerraban una inculpación.
Capítulo VI - Humillados y ofendidos - Fédor Dostoievski.
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