"...Y yo te siento temblar contra mí, como una luna en el agua".
(Julio Cortázar)
¿Cómo encerrar hoy, en una letra, un sentimiento?
Para leerse bajito, susurrando, con voz de secreto sumergido...
¡Shh!
Puedo empezar contando lo que me pasó una vez, cuando caminaba, y el abecedario empezaba por E. Esa E que desprendía un susurro, esa boca que esperaba entreabierta. Esperaba un beso. Un beso de esos que le duermen los ojos, para que se ilumine por dentro. Es todo ese mundo externo que se siente exclusivamente con luz de ojos. Y no es cualquier beso. Es aquel que por E empieza. Es ése solo, y sólo ese. Con una música de espaldas de lento atardecer, de freno repentino, de respiración contenida bajo el agua, de imagen detenida, de tiempo ausente, de algo que no es, porque todavía no aconteció. Y entonces, si no sucedió, aún no lleva nombre, porque el tiempo, ¡qué locura!, el tiempo se perdió al no encontrar el laberinto que cruza la luz, en un parpadeo de ojos dormidos. Espera mientras se pasa de E, de E entreabierta y susurrada, con mirada de sol que ilumina adentro; iluminan escamas de luz descompuesta: cuando están abiertos, para encenderse aún más en adentro; cuando están cerrados, minuto tras minuto, tras minuto, tras otro... ¿Seguiremos llamándole así? ¿Minuto?. Se suma o se resta ese algo, que permanece más si se suma, se va abriendo el telón. Y es ahí cuando uno tiene más, uno más, uno más, más... más, porque permanece iluminado más y hay menos de lo otro, porque va de camino al verano y ya no es aquel tiempo de permanencia débil, que sí ocurre cuando se va cerrando, porque va de camino al invierno, y uno tiene menos de eso, pero se aprovecha más, porque se sueña con la época de amor y sal y, en materia de sueños, el tiempo no es dueño.
Quiero pasar un invierno entero con vos, empezando por E.
Parpadeamos en éste invierno, siempre se conforma ese beso, y todo se fué cerrando con un leve y lento susurro, y el telón baja y deja el cartel afuera: "Hibernando. Por favor, no molestar". El sol se mostraba dos minutos menos cada día, y ante esa angustia nos hundimos en un cálido beso. Hibernamos llenos de caricias que mezclan amor y sal. Conocido y abrazado sin llegar nunca al punto de sentido y sobresentido, porque el sueño de invierno es el pasaporte de E, que le entreabre la boca para que pase y se traspase el tiempo dormido en un suspiro.
¡Shh!
La E es de empezar, y de enamorar...
Antonella.
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