miércoles, 19 de septiembre de 2012

El Castillo - Franz Kafka.


Precisamente en ese momento Frieda abrió una ventana para ventilar antes de encender la estufa, tal como lo había convenido con K. Inmediatamente, el ayudante se apartó de K., e irresistiblemente  atraído, se deslizó hacia la ventana. Con la cara descompuesta de amabilidad para con el ayudante, y mirando hacia K. con implorante desvalimiento movía un poco desde la ventana la mano levantada – no se podía  siquiera distinguir si era un gesto de rechazo o de salutación-, pero el ayudante no vaciló en seguir acercándose. Entonces Frieda cerró apresuradamente la ventana exterior, pero se quedó detrás de ella, con la mano en el picaporte, la cabeza doblada a un costado, los ojos muy abiertos y rígida sonrisa en los labios. ¿Sabía que de esa forma más atraía que ahuyentaba al ayudante? Pero K.  dejó de mirar atrás, prefirió apurarse y volver rápido.  

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