domingo, 5 de junio de 2011

Los Miserables [Víctor Hugo]

Una mañana estaba en el jardín y oyó que Santos decía:

‑Señor, ¿no habéis observado qué bonita se va poniendo la señorita?

Cosette subió a su cuarto, corrió al espejo y dio un grito de asombro.

¡Era linda! Su tipo se había formado, su cutis había blanqueado, y sus cabellos brillaban; un esplendor desconocido se había encendido en sus ojos azules.

Jean Valjean, por su parte, experimentaba una profunda a indefinible opresión en su corazón.

Era que, en efecto, desde hacía algún tiem­po, contemplaba con terror aquella belleza que se presentaba cada día más esplendorosa. Com­prendió que aquello era un cambio en su vida feliz, tan feliz, que no se atrevía a alterarla en nada por temor a perder algo. Aquel hombre que había pasado por todas las miserias; que aún estaba sangrando por las heridas que le había hecho el destino; que había sido casi mal­vado y que había llegado a ser casi santo; aquel hombre a quien la ley no había perdonado toda­vía y que podía en cualquier momento ser de­vuelto a la prisión, lo aceptaba todo, lo discul­paba todo, lo perdonaba todo, lo bendecía todo, tenía benevolencia para todo, y no pedía a la Providencia, a los hombres, a las leyes, a la sociedad, a la Naturaleza, al mundo, más que una cosa: ¡que Cosette siguiera amándolo! ¡Que Dios no le impidiese llegar al corazón de aque­lla niña y permanecer en él! Si Cosette lo amaba, se sentía sanado, tranquilo, en paz, recompensa­do, coronado. Si Cosette lo amaba era feliz; ya no pedía más.

Nunca había sabido lo que era la belleza de una mujer; pero por instinto comprendía que era una cosa terrible.



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