Una mañana estaba en el jardín y oyó que Santos decía:
‑Señor, ¿no habéis observado qué bonita se va poniendo la señorita?
Cosette subió a su cuarto, corrió al espejo y dio un grito de asombro.
¡Era linda! Su tipo se había formado, su cutis había blanqueado, y sus cabellos brillaban; un esplendor desconocido se había encendido en sus ojos azules.
Jean Valjean, por su parte, experimentaba una profunda a indefinible opresión en su corazón.
Era que, en efecto, desde hacía algún tiempo, contemplaba con terror aquella belleza que se presentaba cada día más esplendorosa. Comprendió que aquello era un cambio en su vida feliz, tan feliz, que no se atrevía a alterarla en nada por temor a perder algo. Aquel hombre que había pasado por todas las miserias; que aún estaba sangrando por las heridas que le había hecho el destino; que había sido casi malvado y que había llegado a ser casi santo; aquel hombre a quien la ley no había perdonado todavía y que podía en cualquier momento ser devuelto a la prisión, lo aceptaba todo, lo disculpaba todo, lo perdonaba todo, lo bendecía todo, tenía benevolencia para todo, y no pedía a la Providencia, a los hombres, a las leyes, a la sociedad, a la Naturaleza, al mundo, más que una cosa: ¡que Cosette siguiera amándolo! ¡Que Dios no le impidiese llegar al corazón de aquella niña y permanecer en él! Si Cosette lo amaba, se sentía sanado, tranquilo, en paz, recompensado, coronado. Si Cosette lo amaba era feliz; ya no pedía más.
Nunca había sabido lo que era la belleza de una mujer; pero por instinto comprendía que era una cosa terrible.
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