martes, 14 de junio de 2011

Jorge Luis Borges - El oro de los tigres.



Tankas*

I

Alto en la cumbre
todo el jardín es luna,
Luna de oro.
Más precioso es el roce
de tu boca en la sombra.

II

La voz del ave
que la penumbra esconde
ha enmudecido.
Andas por tu jardín
algo, lo sé, te falta.


III

La ajena copa,
la espada que fue espada
en otra mano,
la luna de la calle
¿Dime, acaso no bastan?


IV

Bajo la luna
el tigre de oro y sombra
mira sus garras.
No sabe que en el alba
han destrozado a un hombre.


V

Triste la lluvia
que sobre el mármol cae,
triste ser tierra.
Triste no ser los días
del hombre, el sueño, el alba.


VI

No haber caído,
como otros de mi sangre,
en la batalla.
Ser en la vana noche
el que cuenta las sílabas.


Lo perdido

¿Dónde estará mi vida, la que pudo
haber sido y no fue, la venturosa
o la de triste horror, esa otra cosa
que pudo ser la espada o el escudo
y que no fue? ¿Dónde estará el perdido
antepasado persa o el noruego,
Dónde el azar de no quedarme ciego,
Dónde el ancla y el mar, dónde el olvido
de ser quien soy? ¿Dónde estará la pura
Noche que al rudo labrador confía
el iletrado y laborioso día
según lo quiere la literatura?
Pienso también en esa compañera
que me esperaba, y que tal vez me espera.

On his blindness

Indigno de los astros y del ave
que surca el hondo azul, ahora secreto,
de esas líneas que son el alfabeto
que ordenan otros y del mármol grave
cuyo dintel mis ya gastados ojos
pierden en su penumbra, de las rosas
Invisibles y de las silenciosas
multitudes de oros y de rojos
Soy, pero no de las Mil Noches y Una
que abren mares y auroras en mi sombra
Ni de Walt Whitman, ese Adán que nombra
las criaturas que son bajo la luna
Ni de los blancos dones del olvido
Ni del amor que espero y que no pido.

Trece monedas

un poeta oriental

Durante cien otoños he mirado
tu tenue disco
Durante cien otoños he mirado
tu arco sobre las islas
Durante cien otoños mis labios
no han sido menos silenciosos.


el desierto

El espacio sin tiempo.
La luna es del color de la arena
Ahora, precisamente ahora,
Mueren los hombres del Metauro y de Tannenberg.


llueve

¿En qué ayer, en qué patios de Cartago,
cae también esta lluvia?


Asterión

El año me tributa mi pasto de hombres
y en la cisterna hay agua.
En mí se anudan los caminos de piedra
¿De qué puedo quejarme?
En los atardeceres
me pesa un poco la cabeza de toro.


un poeta menor

La meta es el olvido.
Yo he llegado antes.


Génesis, IV, 8

Fue en el primer desierto.
Dos brazos arrojaron una gran piedra.
No hubo un grito. Hubo sangre.
Hubo por primera vez la muerte.
Ya no recuerdo si fui Abel o Caín.


Nortumbria, 900 A. D

Que antes del alba lo despojen los lobos;
La espada es el camino más corto.


Miguel de Cervantes

Crueles estrellas y propicias estrellas
presidieron la noche de mi génesis;
debo a las últimas la cárcel
en que soñé el Quijote.


el oeste

El callejón final con su poniente
Inauguración de la pampa.
Inauguración de la muerte.


estancia el retiro

El tiempo juega un ajedrez sin piezas
en el patio. El crujido de una rama
rasga la noche. Fuera la llanura
leguas de polvo y sueño desparrama.
Sombras los dos, copiamos lo que dictan
otras sombras: Heráclito y Gautama.
el prisionero

Una lima.
La primera de las pesadas puertas de hierro.
Algún día seré libre.


Macbeth

Nuestros actos prosiguen su camino,
que no conoce término.
Maté a mi rey para que Shakespeare
urdiera su tragedia.


eternidades

La serpiente que ciñe el mar y es el mar,
el repetido remo de Jasón, la joven espada de Sigurd.
Sólo perduran en el tiempo las cosas
que no fueron del tiempo.




Un solo hombre ha nacido, un solo hombre ha muerto en la tierra.
Afirmar lo contrario es mera estadística, es una adición imposible.
No menos imposible que sumar el olor de la lluvia y el sueño
que antenoche soñaste.
Ese hombre es Ulises, Abel, Caín, el primer hombre que ordenó
las constelaciones, el hombre que erigió la primer pirámide,
el hombre que escribió los hexagramas del Libro de los Cambios, el
forjador que grabó runas en la espada de Hengist, el arquero
Einar Tamberskelver, Luis de León, el librero que engendró a
Samuel Johnson, el jardinero de Voltaire, Darwin en la proa del Beagle,
un judío en la cámara letal, con el tiempo, tú y yo.
Un solo hombre ha muerto en Ilión, en el Metauro, en Hastings,
en Austerlitz, en Trafalgar, en Gettysburg.
Un solo hombre ha muerto en los hospitales, en barcos, en la ardua soledad, en la alcoba del hábito y del amor.
Un solo hombre ha mirado la vasta aurora.
Un solo hombre ha sentido en el paladar la frescura del agua,
el sabor de las frutas, y de la carne.
Hablo del único, del uno, del que siempre está solo.
El oro de los tigres

Hasta la hora del ocaso amarillo
cuántas veces habré mirado
al poderoso tigre de Bengala
ir y venir por el predestinado camino
detrás de los barrotes de hierro
sin sospechar que eran su cárcel.
El tigre de fuego de Blake;
Después vendrían otros oros,
el metal amoroso que era Zeus,
el anillo que cada nueve noches
engendra nueve anillos y éstos, nueve,
y no hay un fin.
Con los años fueron dejándome
los otros hermosos colores
y ahora sólo me quedan
la vaga luz, la inextricable sombra
y el oro del principio.
Oh ponientes, oh tigres, oh fulgores
del mito y la épica,
oh un oro más precioso, tu cabello
que ansían estas manos.
A un gato

No son más silenciosos los espejos
ni más furtiva el alba aventurera;
Eres, bajo la luna, esa pantera
que no es dado divisar de lejos.
Por obra indescifrable un decreto
divino, te buscamos vanamente;
Más remoto que el Ganges y el poniente,
tuya es la soledad, tuyo el secreto.
Tu lomo condesciende a la morosa
caricia de mi mano. Has admitido,
desde esa eternidad que ya es olvido,
el amor de la mano recelosa.
En otro tiempo estás. Eres el dueño
de un ámbito cerrado como un sueño.

El mar

El mar. El joven mar. El mar de Ulises
y de aquel otro Ulises que la gente
del Islam apodó famosamente
Es-Sindibad del Mar. El mar de grises
olas de Erico el Rojo, alto en su proa,
y el de aquel caballero que escribía
a la vez la epopeya y la elegía
de su patria, en la ciénaga de Goa.
El mar de Trafalgar. El que Inglaterra
cantó a lo largo de su larga historia,
el arduo mar que ensangrentó de gloria
en el diario ejercicio de la guerra.
El incesante mar que en la serena
mañana surca la infinita arena.

Al triste

Ahí está lo que fue: la terca espada
del sajón y su métrica de hierro,
los mares y las islas del destierro
del hijo de Laertes, la dorada
Luna del persa y los sin fin jardines
de la filosofía y de la historia,
el oro sepulcral de la memoria
y en la sombra el olor de los jazmines.
Y nada de eso importa. El resignado
ejercicio del verso no te salva
ni las aguas del sueño, ni la estrella
que en la arrasada noche olvida el alba.
Una sola mujer es tu cuidado,
igual a las demás, pero que es ella.


El amenazado

Es el amor. Tendré que ocultarme o huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.
¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras,
la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte
para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad,
las galerías de la Biblioteca, las cosas comunes, los hábitos,
el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal,
el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo se, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria,
el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.

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