jueves, 30 de junio de 2011

Milan Kundera - La Insoportable Levedad del Ser



Pequeño diccionario de palabras incomprendidas (continuación).


MANIFESTACIONES: en Italia o en Francia la cosa es sencilla. Cuando los padres obligan a alguien a ir a la iglesia, éste se venga ingresando en el partido (comunista, maoísta, trotskista, etc.). Pero a Sabina su padre primero la hizo ir a la iglesia y después, él mismo, por temor, la obligó a apuntarse en la Unión de Jóvenes Comunistas.

Cuando iba a las manifestaciones del primero de mayo, no sabía llevar el ritmo de la marcha, de modo que la chica que iba detrás le gritaba y le daba pisotones a propósito. Cuando se cantaba durante el desfile, nunca sabía el texto de las canciones y no hacía más que abrir k boca sin emitir sonido. Pero sus compañeras se dieron cuenta y la acusaron. Desde pequeña odiaba todas las manifestaciones.

Franz estudiaba en París y, como tenía un talento excepcional, su carrera científica estaba asegurada prácticamente desde sus veinte años. Desde entonces sabía que se iba a pasar la vida dentro de un gabinete universitario, de las bibliotecas públicas y de dos o tres aulas; aquella idea le producía una sensación de asfixia. Tenía ganas de salirse de su vida, tal como se sale de una casa a la calle.

Por eso, mientras vivía en París, le gustaba tanto asistir a manifestaciones. Era precioso celebrar algo, reivindicar algo, protestar contra algo, no estar solo, estar al aire libre y estar con otros. Las manifestaciones que bajaban por el bulevar Saint Germain o desde la plaza de la República a la Bastilla, le fascinaban. La masa marchando y gritando era para él la imagen de Europa y su historia. Europa es la Gran Marcha. Marcha de revolución en revolución, de lucha a lucha, siempre adelante.

También podría decirlo de otro modo: A Franz su vida entre libros le parecía irreal. Anhelaba una vida real, el contacto con el resto de las personas que van con él codo con codo, sus gritos. No era consciente de que precisamente lo que considera irreal (el trabajo en la soledad del gabinete y de las bibliotecas) es su vida real, mientras que las manifestaciones que representaban para él la realidad no son más que teatro, danza, fiesta, dicho de otro modo: sueño.

Durante sus estudios Sabina vivía en una residencia. Los primeros de mayo todos tenían que estar desde muy temprano en el punto de partida de la manifestación. Para que no faltase nadie, los funcionarios de la organización de estudiantes controlaban que la residencia quedase vacía. Por eso se escondía en el retrete y, cuando hacía mucho tiempo que los demás ya se habían ido, volvía a su habitación. Había un silencio como nunca. Sólo a lo lejos se oía a las bandas de música. Era como si estuviera escondida dentro de una concha y a lo lejos resonase el mar del mundo hostil.

Un año después de abandonar Bohemia se encontraba casualmente en París, precisamente en el aniversario de la invasión rusa. Se celebraba una manifestación de protesta y no fue capaz de resistir a la tentación de participar. Los jóvenes franceses levantaban el puño y gritaban consignas contra el imperialismo soviético. Aquellas consignas le gustaban, pero de pronto comprobó con sorpresa que era incapaz de gritar a coro con los demás. No aguantó en la manifestación más que unos pocos minutos.

Les confió su experiencia a sus amigos franceses. Se extrañaron: «¿Es que no quieres luchar contra la ocupación de tu país?». Tenía ganas de decirles que detrás del comunismo, del fascismo, de todas las ocupaciones y las invasiones, se esconde un mal más básico y general; para ella la imagen de ese mal es una manifestación de personas que marchan, levantan los brazos y gritan al unísono las mismas sílabas. Pero sabía que no sería capaz de explicárselo. Perpleja, cambió el tema de la conversación.

BELLEZA DE NUEVA YORK: anduvieron por Nueva York durante horas; a cada paso variaba el espectáculo como si fueran por una estrecha vereda de un paisaje montañoso arrebatador: en medio de la acera un joven se inclinaba y rezaba, a poca distancia de él dormitaba una negra hermosa, un hombre vestido con un traje negro atravesaba la calle dirigiendo con gestos ampulosos una orquesta invisible, el agua brotaba de una fuente y alrededor de ella almorzaban sentados unos obreros de la construcción. Las escaleras verdes trepaban por las fachadas de unas casas feas de ladrillos rojos, pero aquellas casas eran tan feas que en realidad resultaban hermosas, junto a ellas había un gran rascacielos acristalado y, detrás de aquél, otro rascacielos en cuyo techo habían construido un pequeño palacio árabe con sus torrecillas, sus galerías y sus columnas doradas.

Sabina se acordó de sus cuadros: en ellos también se producían encuentros de cosas que no tenían nada que ver: una siderurgia en construcción y detrás de ella una lámpara de petróleo; otra lámpara más, cuya antigua pantalla de cristal pintado está rota en pequeños fragmentos que flotan sobre un paisaje desértico de marismas.

Franz dijo:

— La belleza europea ha tenido siempre un cariz intencional. Había un propósito estético y un plan a largo plazo según el cual la gente edificaba durante decenios una catedral gótica o una ciudad renacentista. La belleza de Nueva York tiene una base completamente distinta. Es una belleza no intencional. Surgió sin una intención humana, algo así como una gruta con estalactitas. Por mas, que en sí mismas son feas, se encuentran casual mente, sin planificación, en unas combinaciones tan increíbles que relucen con milagrosa poesía.

Sabina dijo:

—Una belleza no intencional. Sí. También podría decirse: la belleza como error. Antes de que la belleza desaparezca por completo del mundo, existirá aún durante un tiempo como error. La belleza como error es la última fase de la historia de la belleza.

Y se acordó del primer cuadro que pintó, ya como pintora madura; surgió gracias a que sobre él cayó por error pintura roja. Sí, sus cuadros estaban basados en la belleza del error, y Nueva York era la patria secreta y verdadera de su pintura.

Franz dijo:

Es posible que la belleza no intencional de Nueva York sea mucho más rica y variada que la belleza excesivamente severa y compuesta de un proyecto humano. Pero ya no es una belleza europea. Es un mundo extraño.

¿Resultará que hay al menos algo acerca de lo cual los dos piensen lo mismo?

No. Hay una diferencia. Lo ajeno de la belleza neoyorquina atrae tremendamente a Sabina. A Franz le fascina, pero también le horroriza; despierta en él la añoranza de Europa.

PATRIA DE SABINA: Sabina comprende la aversión de él hacia América. Franz es la personificación de Europa: su madre era de Viena, su padre era francés, él es suizo.

Por su parte, Franz admira la patria de Sabina. Cuando le habla de sí misma y de sus amigos de Bohemia, Franz oye las palabras cárcel, persecución, tanques en las calles, emigración, octavillas, literatura prohibida, exposiciones prohibidas, y siente una extraña envidia mezclada de nostalgia.

Le confiesa a Sabina: «Una vez un filósofo escribió acerca de mí que todo lo que digo son especulaciones indemostrables y me llamó un Sócrates casi inverosímil. Me sentí tremendamente humillado y le respondí en un tono furibundo. ¡Imagínate! ¡Este episodio ridículo fue el mayor conflicto que jamás he vivido! ¡Fue entonces cuando mi vida alcanzó el máximo de sus posibilidades dramáticas! Nosotros dos vivimos a dos escalas distintas. Tú has entrado en mi vida como Gulliver en el país de los enanos».

Sabina protesta. Dice que el conflicto, el drama, la tragedia, no significan absolutamente nada, no represen tan valor alguno, nada que merezca respeto o admiración. Lo que todo el mundo le puede envidiar a Franz es el trabajo que ha podido hacer tranquilamente.

Franz hace un gesto de negación con la cabeza: «Cuando la sociedad es rica, la gente no tiene que trabajar con las manos y se dedica a la actividad intelectual. Hay cada vez más universidades y cada vez más estudiantes. Los estudiantes, para poder terminar sus carreras, tienen que inventar temas para sus tesinas. Hay una cantidad infinita de temas, porque sobre cualquier cosa se puede hacer un estudio. Los folios de papel escrito se amontonan en los archivos, que son más tristes que un cementerio, porque en ellos no entra nadie ni siquiera el día de difuntos. La cultura sucumbe bajo el volumen de la producción, la avalancha de letras, la locura de la cantidad. Por ese motivo te digo que un libro prohibido en tu país significa infinitamente más que los millones de palabras que vomitan nuestras universidades».

En este sentido podríamos entender la debilidad de Franz por todas las revoluciones. Tiempo atrás había sentido simpatía por Cuba, luego por China y, cuando la perdió debido a la crueldad de sus regímenes, se acostumbró melancólicamente a la idea de que ya no le quedaba más que aquel mar de letras que no tienen ningún peso y no son la vida. Se hizo profesor en Ginebra (donde no se celebran manifestaciones) y, en una especie de vida ascética (solo, sin mujeres ni manifestaciones), publicó con considerable éxito varios libros científicos. Un buen día llegó Sabina como una aparición; venía de un país en el que desde hacía mucho tiempo no florecía ningún tipo de ilusiones revolucionarias, pero donde se conservaba lo que él más admiraba de las revoluciones: el riesgo, el coraje y el peligro de muerte, una vida vivida a gran escala. Sabina le había devuelto la fe en la grandeza del destino del hombre. Resultaba aún más bella porque detrás de su figura se trasparentaba el doloroso drama de su país.

Pero a Sabina no le gustaba aquel drama. Las palabras cárcel, persecución, libros prohibidos, ocupación, tanques, son para ella palabras feas, carentes del menor perfume romántico. La única palabra que suena en su interior dulcemente, como un recuerdo nostálgico de su patria, es la palabra cementerio.

CEMENTERIO: en Bohemia los cementerios parecen jardines. Las tumbas están cubiertas de césped y flores de colores. Las humildes sepulturas se pierden entre el verde de las hojas. Cuando oscurece, los cementerios se llenan de pequeñas velas encendidas, de modo que es como si los muertos hubieran organizado un baile infantil. Sí, un baile infantil, porque los muertos son inocentes como niños. Aunque la vida estuviera llena de crueldad, en los cementerios siempre ha reinado la paz. Incluso en tiempos de guerra, en la época de Hitler, en la de Stalin, durante todas las ocupaciones. Cuando estaba triste, cogía el coche y se iba lejos de Praga, a pasear por alguno de los cementerios de pueblo que le gustaban. Aquellos cementerios, con montes azulados al fondo, eran hermosos como una canción de cuna.

Para Franz un cementerio es un desagradable depósito de huesos y piedras.

Yo no iría jamás en coche. ¡Les tengo pánico a los accidentes! ¡Aunque uno no se mate, tiene que quedarle un trauma para toda la vida! dijo el escultor y se cogió inconscientemente el dedo índice que por poco no había perdido hacía tiempo, mientras labraba una escultura en madera. Lo conservó de milagro.

¡Qué va! rió Marie-Claude, que estaba en forma: ¡Una vez tuve un accidente grave y fue estupendo! ¡Lo mejor de todo fue el hospital! No podía dormir, así que leía sin parar, de día y de noche.

Todos la miraban con un asombro que a ella le producía un evidente placer. Franz sentía una sensación en la que se mezclaban el disgusto (sabía que tras el mencionado accidente su mujer se había quedado muy deprimida y no había parado de quejarse) y una especie de admiración (su capacidad para transformar todo lo que le pasaba era una muestra de su imponente vitalidad). Continuó:

Allí fue donde empecé a dividir los libros en diurnos y nocturnos. De verdad que hay libros que sólo se pueden leer por la noche.

Todos manifestaban un asombro admirativo, menos el escultor que seguía apretando su dedo y tenía la cara llena de arrugas por el desagradable recuerdo. Marie-Claude se dirigió a él:

¿Qué categoría le adjudicarías a Stendhal?

El escultor no prestaba atención y se encogió de hombros sin saber qué responder. El crítico de arte que estaba a su lado manifestó que a su juicio Stendhal era una lectura diurna.

Marie-Claude hizo un gesto de negación con la cabeza y afirmó con voz sonora:

— Te equivocas. ¡No, no, no, te equivocas! ¡Stendhal es un autor nocturno!

Franz participaba en la discusión sobre el arte nocturno y diurno sin apenas dedicarle atención, porque no pensaba más que en cuándo aparecería Sabina. Habían estado dudando los dos muchos días si debían aceptar o no la invitación a este cóctel. Marie-Claude lo organizaba para todos los pintores y escultores que habían expuesto alguna vez en su galería. Desde que conoció a Franz, Sabina evitaba encontrarse con su mujer. Pero tenían miedo de quedar en evidencia y al final llegaron a la conclusión de que sería más natural y menos sospechoso que ella asistiese.

Miraba disimuladamente hacia la antesala y entonces se dio cuenta de que en el otro extremo de la sala resonaba constantemente la voz de su hija Marie-Anne, que tenía dieciocho años. Abandonó el grupo dominado por su mujer para incorporarse al círculo dominado por su hija. Algunos estaban sentados en sillones, otros de pie; Marie-Anne estaba sentada en el suelo. Franz estaba seguro de que Marie-Claude, al otro extremo del salón, tampoco tardaría mucho en sentarse en la alfombra. Sentarse en el suelo en presencia de los huéspedes era en aquella época un gesto que significaba naturalidad, soltura, progresismo, amistosidad y espíritu parisino. Marie-Anne se sentaba en todas partes en el suelo con tal pasión que Franz temía con frecuencia que se sentase en el suelo en el estanco al que iba a comprar cigarrillos.

— ¿En qué está trabajando ahora, Alan? —le preguntó Marie-Anne al hombre a cuyos pies estaba sentada.

Alan era una persona ingenua y honesta y quiso responder con sinceridad a la hija de la dueña de la galería. Empezó a explicarle su nuevo modo de pintar, que es una unión de fotografía y pintura al óleo. No había dicho más de tres frases cuando Marie-Anne empezó a silbar. E l pintor hablaba despacio y concentrado, de manera que no oyó los silbidos. Franz le dijo al oído:

— ¿Me puedes decir por qué silbas?

— Porque no me gusta cuando hablan de política —respondió en voz alta.

En efecto, dos de los hombres que formaban parte del mismo círculo hablaban de las próximas elecciones en Francia. Marie-Anne, que se sentía obligada a dirigir la diversión, les preguntó a los dos si irían la semana próxima al teatro a ver la ópera de Rossini que ponía en Ginebra una compañía italiana. Mientras tanto, el pintor Alan buscaba formulaciones cada vez más precisas para explicar su nuevo modo de pintar, y Franz se avergonzaba de su hija. Para acallarla afirmó que se aburría infinitamente en la ópera.

—Eres terrible —dijo Marie-Anne, tratando desde el suelo de golpear a su padre en la barriga—, el actor principal es hermoso. ¡Ay, qué hermoso es! Lo he visto dos veces y estoy enamorada de él.

Franz constató que su hija se parecía terriblemente a su madre. ¿Por qué no se parece a él? No hay nada que hacer, no se le parece. Ha oído ya a Marie-Claude innumerables veces decir que está enamorada de tal O cual pintor, cantante, escritor, político y una vez hasta de un ciclista. Por supuesto que aquello era pura retórica de cenas y cócteles, pero a veces, en esos momentos, él se acordaba de que una vez hace veinte años dijo lo mismo de él mientras lo amenazaba con suicidarse.

En ese momento entró Sabina en el salón. Marie-Claude la vio y fue a su encuentro. Su hija seguía hablando de Rossini, pero Franz sólo prestaba atención a lo que se decían las dos mujeres. Después de unas frases amistosas de bienvenida, Marie-Claude cogió un colgante de cerámica que Sabina llevaba al cuello y dijo en voz muy alta:

— Y esto ¿qué es? ¡Es muy feo!

Aquella frase llamó la atención de Franz. No fue pronunciada con agresividad, por el contrario, una sonora risa pretendía aclarar inmediatamente que el rechazo al colgante no cambiaba en nada la amistad que Mari-Claude sentía por la pintora, pero era sin embargo una frase que no cuadraba con la forma en que Marie-Claude hablaba con los demás.

— Lo he hecho yo misma —dijo Sabina.

— Es feo, de verdad —repitió Marie-Claude en voz muy alta—: No deberías llevarlo.

Franz sabía que a su mujer no le importaba nada que el colgante fuese feo o no. Feo era aquello que ella quería ver feo, hermoso era lo que quería ver hermoso. Los adornos de sus amigos eran hermosos a priori. Pero aunque, pese a todo, los encontrase feos, se lo callaría, porque hacía tiempo que el halago se había convertido en su segunda personalidad.

Entonces ¿por qué había decidido que el colgante que Sabina se había hecho iba a ser feo?

Franz lo tiene completamente claro: Marie-Claude dijo que el colgante de Sabina era feo porque se lo podía permitir.

Para ser más preciso: Marie-Claude dijo que el colgante de Sabina era feo para que quedase claro que se podía permitir decirle a Sabina que su colgante era feo.

La exposición de Sabina, hace un año, no tuvo gran éxito y a Marie-Claude no le interesaba demasiado ganarse el favor de Sabina. Por el contrario, Sabina tenía motivos para desear ganarse el favor de Marie-Claude. Sin embargo, su actitud no daba esa impresión.

Sí, Franz lo tenía completamente claro: Marie-Claude había aprovechado la oportunidad para poner de manifiesto ante Sabina (y los demás) cuál era la verdadera relación de fuerzas.

miércoles, 29 de junio de 2011

Milan Kundera - La Insoportable Levedad del Ser

(Pequeño diccionario de palabras incomprendidas (primera parte).

MUJER: ser mujer era para Sabina un sino que no había elegido. Aquello que no ha sido elegido por nosotros no podemos considerarlo ni como un mérito ni como un fracaso. Sabina opina que hay que tener una relación correcta con el sino que nos ha caído en suerte. Rebelarse contra el hecho de haber nacido mujer le parece igual de necio que enorgullecerse de ello.

Una vez, durante uno de sus primeros encuentros, Franz le dijo con especial énfasis: «Sabina, es usted una mujer». No comprendía por qué se lo anunciaba con el gesto jubiloso de Cristóbal Colón viendo por primera vez las costas de América. Más tarde comprendió que la palabra mujer, en la que había puesto un énfasis particular, no significaba para él la denominación de uno de los dos sexos humanos, sino un valor. No todas las mujeres son dignas de ser llamadas mujeres.

Pero si Sabina es para Franz una mujer, ¿qué es entonces para él Marie-Claude, su verdadera esposa? Hace más de veinte años, algunos meses después de conocerse, le amenazó con quitarse la vida si la abandonaba. Franz se quedó prendado de aquella amenaza. Marie-Claude no le gustaba demasiado, pero su amor le parecía maravilloso. Le parecía que no era digno de tan gran amor y que debía inclinarse profundamente ante él.

De modo que se inclinó hasta el suelo y se casó con ella. Pese a que Marie-Claude nunca volvió ya a manifestar tal intensidad de sentimientos como en el momento en que le amenazó con el suicidio, en lo más profundo de él siguió vivo un imperativo: no debe hacerle nunca daño y tiene que valorar a la mujer que hay en ella.

Esta frase es interesante. No decía: valorar a Marie-Claude, sino: valorar a la mujer que hay en Marie-Claude.

Pero si la propia Marie-Claude es mujer, ¿quién es esa otra mujer que se esconde dentro de ella y a la que debe valorar? ¿Es quizá la idea platónica de la mujer?

No. Es su mamá. Nunca se le hubiera ocurrido decir que en su madre valoraba a la mujer. Adoraba a su mamá y no a una mujer que estuviera dentro de ella. La idea platónica de la mujer y la mamá eran la misma cosa.

El tenía doce años cuando el padre de Franz la abandonó repentinamente. El niño supuso que estaba ocurriendo algo grave, pero la mamá veló el drama con palabras neutrales y suaves para no excitarlo. Ese día fueron a la ciudad y al salir de casa Franz se dio cuenta de que la madre llevaba en cada pie un zapato distinto. Se sentía confuso, tenía ganas de advertírselo, pero al mismo tiempo le daba miedo que una advertencia de ese tipo pudiera herirla. Así que pasó dos horas en la ciudad sin poder apartar los ojos de sus zapatos. Aquella vez empezó a entender qué era el sufrimiento.

FIDELIDAD Y TRAICIÓN: la amó desde la infancia hasta el momento en que la acompañó al cementerio, y la amaba hasta en el recuerdo. De ahí nació en él la idea de que la fidelidad es la primera de todas las virtudes; la fidelidad le da unidad a nuestra vida que, de otro modo, se fragmentaría en miles de impresiones pasajeras como si fueran miles de añicos.

Franz le hablaba a Sabina con frecuencia de su madre, quién sabe si hasta con cierta intención subconsciente no del todo desinteresada: suponía que Sabina quedaría subyugada por su capacidad de ser fiel y que de aquel modo la conquistaría.

No sabía que lo que subyugaba a Sabina era la traición y no la fidelidad. La palabra fidelidad le recordaba al padre, un puritano que vivía en una pequeña ciudad y los domingos pintaba para entretenerse puestas de sol en el bosque y rosas en un florero. Gracias a él empezó a pinta r siendo aún una niña. Cuando tenía catorce años, ella se enamoró de un muchacho de la misma edad. El padre se horrorizó y no la dejó salir sola de casa durante todo un año. Un día le enseñó unas reproducciones de cuadros de Picasso y se rió de ellas. Ya que no la dejaban amar a su compañero de clase, al menos se enamoró del cubismo. Después de la reválida, se fue a Praga con la alegre sensación de que por fin tenía la oportunidad de traicionar su hogar.

TRAICIÓN: desde pequeñitos el padre y el maestro nos decían que es lo peor que puede imaginarse. ¿Pero qué es la traición? Traición significa abandonar las propias filas. Traición significa abandonar las propias filas e ir hacia lo desconocido. Sabina no conoce nada más bello que ir hacia lo desconocido.

Estudiaba en la academia de pintura, pero no le estaba permitido pintar como Picasso. Era una época en la que se cultivaba obligatoriamente el llamado realismo socialista y en la escuela se fabricaban retratos de los gobernantes comunistas. Su deseo de traicionar al padre quedó insatisfecho, porque el comunismo no era más que otro padre, igual de severo y de estrecho, que prohibía el amor (era una época puritana) y a Picasso. Se casó con un mal actor de un teatro de Praga sólo porque tenía fama de gamberro y les resultaba inadmisible a los dos padres.

Después murió la madre. Al día siguiente de su regreso a Praga, tras el entierro, recibió un telegrama: el padre no había podido soportar el dolor y se había suicidado.

Le remordía la conciencia: ¿Era algo tan ruin que papá pintase floreros con rosas y no le gustase Picasso? ¿Era tan digno de reproche que tuviese miedo de que su hija volviese a casa, a sus catorce años, embarazada? ¿Era tan ridículo que no fuese capaz de seguir viviendo sin su mujer?

El deseo de traicionar la invadió de nuevo: de traicionar su propia traición. Le comunicó al marido (ya no veía en él a un gamberro, sino tan sólo a un borracho importuno) que lo abandonaba.

Pero, si traicionamos a B, por cuya causa habíamos traicionado a A, de eso no se desprende que nos reconciliemos con A. La vida de la pintora divorciada no se parecía a la vida de sus padres traicionados. La primera traición es irreparable. Produce una reacción en cadena de nuevas traiciones, cada una de las cuales nos distancia más y más del lugar de la traición original.

MÚSICA: para Franz es el arte que más se aproxima a la belleza dionisíaca entendida como embriaguez. Uno no puede embriagarse fácilmente con una novela o un cuadro, pero puede embriagarse con la novena de Beethoven, con la sonata de Bartok para dos pianos y percusión o con las canciones de los Beatles. Franz no distingue entre la llamada música seria y la música moderna.

Esa diferenciación le parece anticuada e hipócrita. Le gusta tanto el rock como Mozart.

Para él la música es una liberación: lo libera de la soledad, del encierro, del polvo de las bibliotecas, abre en su cuerpo una puerta por la que su alma entra al mundo para hermanarse. Le gusta bailar y lamenta que Sabina no comparta esta pasión con él.

Están los dos en un restaurante y mientras comen se oye por los altavoces una sonora música rítmica.

Sabina dice:

— Esto es un círculo vicioso. La gente se vuelve sorda porque pone la música cada vez más alto. Y como se vuelve sorda, no le queda más remedio que ponerla aún más alto.

¿No te gusta la música?le pregunta Franz.

No dice Sabina. Luego añade: Puede que si viviera en otra época... —y piensa en el tiempo en que vivía Johann Sebastian Bach, cuando la música era como una rosa que crecía en una enorme planicie nevada de silencio.

El ruido disfrazado de música la persigue desde su infancia. Cuando estudiaba en la academia de pintura, tuvo que pasar unas vacaciones enteras en la llamada Obra de la Juventud. Vivían en unas habitaciones comunes y trabajaban en la construcción de una siderurgia. La música aullaba desde los altavoces a partir de las cinco de la mañana y hasta las nueve de la noche. Le daban ganas de llorar, pero la música era alegre y era imposible escapar de ella, ni en el retrete, ni en la cama bajo la manta, los altavoces estaban por todas partes. La música era como una jauría de perros de presa que hubieran soltado tras ella.

Entonces pensaba que esta barbarie musical sólo imperaba en el mundo comunista. En el extranjero comprobó que la transformación de la música en ruido es un proceso planetario, mediante el cual la humanidad entra en la fase histórica de la fealdad total. El carácter total de la fealdad se manifestó en primer término como omnipresente fealdad acústica: coches, motos, guitarras eléctricas, taladros, altavoces, sirenas. La omnipresencia de la fealdad visual llegará pronto.

Cenaron, subieron a la habitación, hicieron el amor y a Franz se le confundían las ideas en el umbral del sueño. Se acordó de la ruidosa música durante la cena y pensó: «El ruido tiene una ventaja. No se oyen las palabras». Se dio cuenta de que desde su infancia no hace otra cosa que hablar, escribir, dar conferencias, inventar frases, buscar expresiones, corregirlas, de modo que al final no hay palabras precisas, su sentido se difumina, pierden su contenido y se convierten en residuos, hierbajos, polvo, arena que vaga por su cerebro, que le duele en la cabeza, que es su insomnio, su enfermedad. Y en e se momento sintió el anhelo, oscuro y poderoso, de una música inmensa, de un ruido absoluto, un bullicio hermoso y alegre que lo abrace, lo inunde y lo ensordezca todo y en el que desaparezca para siempre el dolor, la vanidad y el nihilismo de las palabras. ¡La música, la negación de las frases, la música, la antipalabra! Anhelaba estar durante mucho tiempo abrazado a Sabina, callar, no decir ya nunca más una sola frase y dejar que el placer se funda con el estruendo orgiástico de la música. En medio de aquel feliz ruido imaginario se durmió.

LUZ Y OSCURIDAD: para Sabina vivir significa ver. La visión está limitada por una doble frontera: una luz fuerte, que ciega, y la total oscuridad. Posiblemente esto es lo que determina el rechazo de Sabina a cualquier extremismo. Los extremos son la frontera tras la cual termina la vida y la pasión por el extremismo en el arte y en la política es una velada ansia de muerte.

La palabra «luz» no despierta en Franz la imagen de un paisaje sobre el cual descansa el blando resplandor del día, sino la de la fuente de luz en sí; el sol, la lámpara, el reflector. Franz recuerda las conocidas metáforas: el sol de la verdad, el deslumbrante resplandor de la razón, etc...

Al igual que la luz, le atrae la oscuridad. Sabe que en nuestro tiempo se considera ridículo apagar la luz mientras se hace el amor y por eso deja encendida una pequeña lámpara encima de la cama. Pero cuando penetra a Sabina, cierra los ojos. El gozo que le inunda requiere oscuridad. Esa oscuridad es pura, limpia, sin imágenes ni visiones, esa oscuridad no tiene final, no tiene fronteras, esa oscuridad es el infinito que cada uno de nosotros lleva dentro de sí. (¡En efecto, quien busque el infinito, que cierre los ojos!)

En el momento en que siente que el gozo se extiende por su cuerpo, Franz se estira y se diluye en el infinito de su oscuridad, él mismo se vuelve infinito. Pero cuanto mayor se vuelve un hombre en su oscuridad interior, más disminuye en su apariencia externa. Un hombre con los ojos cerrados es una ruina de hombre. A Sabina le desagrada esa visión, no quiere mirar a Franz y por eso cierra también los ojos. Pero esa oscuridad no significa para ella el infinito, sino simplemente la disconformidad con lo que se ve, la negación de lo visto, el rechazo a ver.

martes, 14 de junio de 2011

Jorge Luis Borges - El oro de los tigres.



Tankas*

I

Alto en la cumbre
todo el jardín es luna,
Luna de oro.
Más precioso es el roce
de tu boca en la sombra.

II

La voz del ave
que la penumbra esconde
ha enmudecido.
Andas por tu jardín
algo, lo sé, te falta.


III

La ajena copa,
la espada que fue espada
en otra mano,
la luna de la calle
¿Dime, acaso no bastan?


IV

Bajo la luna
el tigre de oro y sombra
mira sus garras.
No sabe que en el alba
han destrozado a un hombre.


V

Triste la lluvia
que sobre el mármol cae,
triste ser tierra.
Triste no ser los días
del hombre, el sueño, el alba.


VI

No haber caído,
como otros de mi sangre,
en la batalla.
Ser en la vana noche
el que cuenta las sílabas.


Lo perdido

¿Dónde estará mi vida, la que pudo
haber sido y no fue, la venturosa
o la de triste horror, esa otra cosa
que pudo ser la espada o el escudo
y que no fue? ¿Dónde estará el perdido
antepasado persa o el noruego,
Dónde el azar de no quedarme ciego,
Dónde el ancla y el mar, dónde el olvido
de ser quien soy? ¿Dónde estará la pura
Noche que al rudo labrador confía
el iletrado y laborioso día
según lo quiere la literatura?
Pienso también en esa compañera
que me esperaba, y que tal vez me espera.

On his blindness

Indigno de los astros y del ave
que surca el hondo azul, ahora secreto,
de esas líneas que son el alfabeto
que ordenan otros y del mármol grave
cuyo dintel mis ya gastados ojos
pierden en su penumbra, de las rosas
Invisibles y de las silenciosas
multitudes de oros y de rojos
Soy, pero no de las Mil Noches y Una
que abren mares y auroras en mi sombra
Ni de Walt Whitman, ese Adán que nombra
las criaturas que son bajo la luna
Ni de los blancos dones del olvido
Ni del amor que espero y que no pido.

Trece monedas

un poeta oriental

Durante cien otoños he mirado
tu tenue disco
Durante cien otoños he mirado
tu arco sobre las islas
Durante cien otoños mis labios
no han sido menos silenciosos.


el desierto

El espacio sin tiempo.
La luna es del color de la arena
Ahora, precisamente ahora,
Mueren los hombres del Metauro y de Tannenberg.


llueve

¿En qué ayer, en qué patios de Cartago,
cae también esta lluvia?


Asterión

El año me tributa mi pasto de hombres
y en la cisterna hay agua.
En mí se anudan los caminos de piedra
¿De qué puedo quejarme?
En los atardeceres
me pesa un poco la cabeza de toro.


un poeta menor

La meta es el olvido.
Yo he llegado antes.


Génesis, IV, 8

Fue en el primer desierto.
Dos brazos arrojaron una gran piedra.
No hubo un grito. Hubo sangre.
Hubo por primera vez la muerte.
Ya no recuerdo si fui Abel o Caín.


Nortumbria, 900 A. D

Que antes del alba lo despojen los lobos;
La espada es el camino más corto.


Miguel de Cervantes

Crueles estrellas y propicias estrellas
presidieron la noche de mi génesis;
debo a las últimas la cárcel
en que soñé el Quijote.


el oeste

El callejón final con su poniente
Inauguración de la pampa.
Inauguración de la muerte.


estancia el retiro

El tiempo juega un ajedrez sin piezas
en el patio. El crujido de una rama
rasga la noche. Fuera la llanura
leguas de polvo y sueño desparrama.
Sombras los dos, copiamos lo que dictan
otras sombras: Heráclito y Gautama.
el prisionero

Una lima.
La primera de las pesadas puertas de hierro.
Algún día seré libre.


Macbeth

Nuestros actos prosiguen su camino,
que no conoce término.
Maté a mi rey para que Shakespeare
urdiera su tragedia.


eternidades

La serpiente que ciñe el mar y es el mar,
el repetido remo de Jasón, la joven espada de Sigurd.
Sólo perduran en el tiempo las cosas
que no fueron del tiempo.




Un solo hombre ha nacido, un solo hombre ha muerto en la tierra.
Afirmar lo contrario es mera estadística, es una adición imposible.
No menos imposible que sumar el olor de la lluvia y el sueño
que antenoche soñaste.
Ese hombre es Ulises, Abel, Caín, el primer hombre que ordenó
las constelaciones, el hombre que erigió la primer pirámide,
el hombre que escribió los hexagramas del Libro de los Cambios, el
forjador que grabó runas en la espada de Hengist, el arquero
Einar Tamberskelver, Luis de León, el librero que engendró a
Samuel Johnson, el jardinero de Voltaire, Darwin en la proa del Beagle,
un judío en la cámara letal, con el tiempo, tú y yo.
Un solo hombre ha muerto en Ilión, en el Metauro, en Hastings,
en Austerlitz, en Trafalgar, en Gettysburg.
Un solo hombre ha muerto en los hospitales, en barcos, en la ardua soledad, en la alcoba del hábito y del amor.
Un solo hombre ha mirado la vasta aurora.
Un solo hombre ha sentido en el paladar la frescura del agua,
el sabor de las frutas, y de la carne.
Hablo del único, del uno, del que siempre está solo.
El oro de los tigres

Hasta la hora del ocaso amarillo
cuántas veces habré mirado
al poderoso tigre de Bengala
ir y venir por el predestinado camino
detrás de los barrotes de hierro
sin sospechar que eran su cárcel.
El tigre de fuego de Blake;
Después vendrían otros oros,
el metal amoroso que era Zeus,
el anillo que cada nueve noches
engendra nueve anillos y éstos, nueve,
y no hay un fin.
Con los años fueron dejándome
los otros hermosos colores
y ahora sólo me quedan
la vaga luz, la inextricable sombra
y el oro del principio.
Oh ponientes, oh tigres, oh fulgores
del mito y la épica,
oh un oro más precioso, tu cabello
que ansían estas manos.
A un gato

No son más silenciosos los espejos
ni más furtiva el alba aventurera;
Eres, bajo la luna, esa pantera
que no es dado divisar de lejos.
Por obra indescifrable un decreto
divino, te buscamos vanamente;
Más remoto que el Ganges y el poniente,
tuya es la soledad, tuyo el secreto.
Tu lomo condesciende a la morosa
caricia de mi mano. Has admitido,
desde esa eternidad que ya es olvido,
el amor de la mano recelosa.
En otro tiempo estás. Eres el dueño
de un ámbito cerrado como un sueño.

El mar

El mar. El joven mar. El mar de Ulises
y de aquel otro Ulises que la gente
del Islam apodó famosamente
Es-Sindibad del Mar. El mar de grises
olas de Erico el Rojo, alto en su proa,
y el de aquel caballero que escribía
a la vez la epopeya y la elegía
de su patria, en la ciénaga de Goa.
El mar de Trafalgar. El que Inglaterra
cantó a lo largo de su larga historia,
el arduo mar que ensangrentó de gloria
en el diario ejercicio de la guerra.
El incesante mar que en la serena
mañana surca la infinita arena.

Al triste

Ahí está lo que fue: la terca espada
del sajón y su métrica de hierro,
los mares y las islas del destierro
del hijo de Laertes, la dorada
Luna del persa y los sin fin jardines
de la filosofía y de la historia,
el oro sepulcral de la memoria
y en la sombra el olor de los jazmines.
Y nada de eso importa. El resignado
ejercicio del verso no te salva
ni las aguas del sueño, ni la estrella
que en la arrasada noche olvida el alba.
Una sola mujer es tu cuidado,
igual a las demás, pero que es ella.


El amenazado

Es el amor. Tendré que ocultarme o huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.
¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras,
la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte
para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad,
las galerías de la Biblioteca, las cosas comunes, los hábitos,
el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal,
el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo se, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria,
el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.

domingo, 5 de junio de 2011

Los Miserables [Víctor Hugo]

Una mañana estaba en el jardín y oyó que Santos decía:

‑Señor, ¿no habéis observado qué bonita se va poniendo la señorita?

Cosette subió a su cuarto, corrió al espejo y dio un grito de asombro.

¡Era linda! Su tipo se había formado, su cutis había blanqueado, y sus cabellos brillaban; un esplendor desconocido se había encendido en sus ojos azules.

Jean Valjean, por su parte, experimentaba una profunda a indefinible opresión en su corazón.

Era que, en efecto, desde hacía algún tiem­po, contemplaba con terror aquella belleza que se presentaba cada día más esplendorosa. Com­prendió que aquello era un cambio en su vida feliz, tan feliz, que no se atrevía a alterarla en nada por temor a perder algo. Aquel hombre que había pasado por todas las miserias; que aún estaba sangrando por las heridas que le había hecho el destino; que había sido casi mal­vado y que había llegado a ser casi santo; aquel hombre a quien la ley no había perdonado toda­vía y que podía en cualquier momento ser de­vuelto a la prisión, lo aceptaba todo, lo discul­paba todo, lo perdonaba todo, lo bendecía todo, tenía benevolencia para todo, y no pedía a la Providencia, a los hombres, a las leyes, a la sociedad, a la Naturaleza, al mundo, más que una cosa: ¡que Cosette siguiera amándolo! ¡Que Dios no le impidiese llegar al corazón de aque­lla niña y permanecer en él! Si Cosette lo amaba, se sentía sanado, tranquilo, en paz, recompensa­do, coronado. Si Cosette lo amaba era feliz; ya no pedía más.

Nunca había sabido lo que era la belleza de una mujer; pero por instinto comprendía que era una cosa terrible.