viernes, 10 de diciembre de 2010

Ada o el ardor - Vladimir Nabokov



Van se sentía dividido entre dos emociones que se excluían mutuamente: por un lado, la certidumbre enloquecedora de que cuanto llegasen, en el laberinto de la pesadilla, cierto cuartito de luminosa memoria, provisto de un lecho y un lavado infantil, ella se le uniría, con su belleza nueva; por otro lado – el lado sombrío- el terror pánico de encontrarla cambiada, detestando lo que él deseaba como una obra mala y condenable, y revelándole le horror de la nueva situación: ambos estaba muertos, sólo existían como figurantes en una casa alquilada para el rodaje de una película.



lunes, 22 de noviembre de 2010

Ada o el ardor - Vladimir Nabokov


¿Era verdaderamente bonita, a los doce años? ¿Y tenía él ganas – tendría alguna vez ganas- de acariciarla verdaderamente? Su cabello negro le caía en cascada sobre la clavícula izquierda, y su modo de sacudir la cabeza para echarlo hacia atrás, y el hoyuelo de su mejilla pálida pertenecían a ese tipo de revelaciones a las que acompaña el sentimiento inmediato de una verdad reconocida. Su palidez era luz, y el negro de su pelo era una noche resplandeciente. Las faldas plisadas que prefrían eran cortas y le sentaban perfectamente. Sus miembros descubiertos eran tan blancos, tan mínimamente bronceados, que la mirada que acariciaba sus pantorrillas y sus antebrazos podía seguir en ellos la pelusa oblicua y regular de su vello negro y sedoso de joven virgen. El iris castaño oscuro de sus ojos graves tenía la opacidad enigmática de la mirada de un hipnotizador oriental ( en un anuncio de página anterior de una revista), y parecía situado a mayor altura de lo que es corriente, de tal modo que, entre el borde inferior y el húmedo párpado que lo subrayaba, se veía, cuando miraba frente a frente, un semicírculo blanco. Sus largas pestañas parecían ennegrecidas ( y de hecho lo estaban). La gruesa línea de sus labios febriles evitaba a su rostro la gentileza afectada del elfo. Su nariz francamente irlandesa era, en pequeño, como la de Van. Sus dientes eran bastante blancos y no demasiado regulares.
¡Pero sus pobres manecitas! No había más remedio que apiadarse de ellas. Eran exageradamente rosas, en comparación con la blancura diáfana de los brazos, más rosas incluso que el codo, que parecía ruborizarse del estado lamentable de las uñas. Porque Ada se comía las uñas, se las comía tan despiadadamente que su margen había desaparecido por completo; en su lugar, un surco excavado en la carne como con un alambre añadía a los extremos desnudos de sus dedos el largo de una espátula adicional. Más tarde, cuando Van se aficionó tanto a cubrir de besos sus manos frías, ella le ofrecería siempre los puños cerrados, pero él, despiadadamente, la obligaría a extender los dedos para besar aquellos almohadoncillos ciegos. (Pero, ¡ah, que bellos serían, en cambio, y qué largos, los lánguidos ónices, pintados de rosa y plata, delicadamente puntiagudos, de sus años adolescentes y maduros!)

jueves, 14 de octubre de 2010

Charles Dickens GRANDES ESPERANZAS

Gradualmente, la señorita Havisham apartó de mí su mirada y la volvió hacia el fuego. Después de contemplarlo por un espacio de tiempo que, dado el silencio reinante y la escasa luz de las bujías, pareció muy largo, se sobresaltó al oír el ruido que hicieron varias brasas al desplomarse, y de nuevo volvió a mirarme, primero casi sin verme y luego con atención cada vez más concentrada. Mientras tanto, Estella no había dejado de hacer calceta. Cuando la señorita Havisham hubo fijado en mí su atención, añadió, como si en nuestro diálogo no hubiese habido la menor interrupción:

‑ ¿Qué más?

‑ Estella ‑ añadí volviéndome entonces hacia la joven y esforzándome en hacer firme mi temblorosa voz, ‑ ya sabe usted que la amo. Ya sabe usted que la he amado siempre con la mayor ternura.

Ella levantó los ojos para fijarlos en mi rostro, al verse interpelada de tal manera, y me miró con aspecto sereno. Vi entonces que la señorita Havisham nos miraba, fijando alternativamente sus ojos en nosotros.

‑Antes le habría dicho eso mismo, a no ser por mi largo error, pues éste me inducía a esperar, creyendo que la señorita Havisham nos había destinado uno a otro. Mientras creí que usted tenía que obedecer, me contuve para no hablar, pero ahora debo decírselo.

Siempre serena y sin que sus dedos se detuvieran, Estella movió la cabeza.

‑ Ya lo sé ‑ dije en respuesta a su muda contestación, ‑ ya sé que no tengo la esperanza de poder llamarla mía, Estella. Ignoro lo que será de mí muy pronto, lo pobre que seré o adónde tendré que ir. Sin embargo, la amo. La amo desde la primera vez que la vi en esta casa.

Mirándome con inquebrantable serenidad, movió de nuevo la cabeza.

‑ Habría sido cruel por parte de la señorita Havisham, horriblemente cruel, haber herido la susceptibilidad de un pobre muchacho y torturarme durante estos largos años con una esperanza vana y un cortejo inútil, en caso de que hubiese reflexionado acerca de lo que hacía. Pero creo que no pensó en eso. Estoy persuadido de que sus propias penas le hicieron olvidar las mías, Estella.

Vi que la señorita Havisham se llevaba la mano al corazón y la dejaba allí mientras continuaba sentada y mirándonos, sucesivamente, a Estella y a mí.

‑ Parece ‑ dijo Estella con la mayor tranquilidad ‑que existen sentimientos e ilusiones, pues no sé cómo llamarlos, que no me es posible comprender. Cuando usted me dice que me ama, comprendo lo que quiere decir, como frase significativa, pero nada más. No despierta usted nada en mi corazón ni conmueve nada en él. Y no me importa lo más mínimo cuanto diga. Muchas veces he tratado de avisarle acerca del particular. ¿No es cierto?

‑ Sí ‑ contesté tristemente.

‑Así es. Pero usted no quería darse por avisado, porque se figuraba que le hablaba en broma. Y ahora ¿cree usted lo mismo?


(...)



domingo, 26 de septiembre de 2010

Yo Soy. (Reinaldo Arenas)

Yo Soy.




Yo soy, ese niño de cara redonda y sucia
que en cada esquina los molesta con su:
“¿me da usted un peso?”



Yo soy, ese niño de cara sucia
sin duda inoportuno
que de lejos contempla los carruajes
donde otros niños meten risas
y saltos considerables



Yo soy, ese niño desagradable
sin duda inoportuno
de cara redonda y sucia
que ante los grandes faroles
o bajo las grandes damas tan bien iluminadas
o ante las niñas que parecen levitar
proyecta un insulto de su cara redonda y sucia



Yo soy, ese airado y solo niño de siempre
que os lanza el insulto del airado niño de siempre
y os advierte:
Si hipócritamente me acariciáis la cabeza
aprovecharé la ocasión para levantaros la cartera


Yo soy ese niño de siempre
ante el panorama del inminente espanto,
de la inminente lepra, del inminente piojo
del delito o del crimen inminentes



Yo soy ese niño repulsivo
que improvisa una cama con cartones viejos
y espera, seguro, que venga usted a hacerle compañía.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

[L'amour, del disco Freakshow de Enrique Bunbury]

L'amour


El niño tiene hambre, la mamá se ha ido ya.

Lo han abandonado por un tipo del bajo mar.

El niño llora y llora. La mamá, ¿dónde estará?

Flirteando en Ibiza con algún alemán.

Parece que yo, yo hago del amor

algo caprichoso e inmoral respecto a ti.

Sólo soy un cuentacuentos,

y ahora estoy triste y mal.

El niño ya es un hombre,

ha sobrevivido a la gravedad,

la ironía de la física,

enemiga de la sinceridad.

El amor distrae, el amor confunde.

Ay, ¿qué coño es el amor?

Esas parejas que se besan y se tocan… ¡absenta!

Parece que yo, yo hago del amor

algo caprichoso e inmoral respecto a ti.

Sólo soy un cuentacuentos,

y ahora estoy triste y mal.

El hombre ya es grande, odia a los poetas como yo,

que mueven los hilos de las vidas, l’amour…

Ay, l’amour… Cogéis un lápiz y os creéis fantásticos.

¡Yo también sé decir cosas! ¡Yo también soy maravillosa!

L’amour…

¿Quién habla de les gallines

que vuelan por la vida de los soñadores?

¿Las colegialas, que estudian con faldas

los fallos de la humanidad?




jueves, 2 de septiembre de 2010

CUANDO NACIÓ MI TRISTEZA (Gibrán Khalil Gibrán)


Cuando nació mi Tristeza, le prodigué mil cuidados, y la vigilé con amorosa ternura.
Y mi Tristeza creció como todos los seres vivientes, fuerte y hermosa y llena de maravillosas gracias.
Y mi tristeza y yo nos amábamos, y amábamos al mundo que nos rodeaba. Pues mi Tristeza era de corazón bondadoso, y el mío también era amable cuando estaba lleno de Tristeza.
Y cuando hablábamos, mi Tristeza y yo, nuestros días eran alados y nuestras noches estaban engalanadas de sueños; porque mi Tristeza era elocuente, y mi lengua también era elocuente con la Tristeza.
Y cuando mi Tristeza y yo cantábamos juntos, nuestros vecinos sentábanse a la ventana a escucharnos; pues nuestros cantos eran profundos como el mar, y nuestras melodías estaban impregnadas de extraños recuerdos.
Y cuando caminábamos juntos, mi tristeza y yo, la gente nos miraba con amables ojos, y cuchicheaba con extremada dulzura. Y también había quien nos envidiara, pues mi Triste za era un ser noble, y yo me sentía orgulloso de mi Tristeza. Pero murió mi Tristeza, como todo ser viviente, y me quedé solo, con mis reflexiones.
Y ahora, cuando hablo, mis palabras suenan pesadas en mis oídos.
Y cuando canto, mis vecinos ya no escuchan mis canciones.
Y cuando camino solo por la calle, ya nadie me mira. Sólo en sueños oigo voces que dicen compadecidas: "Mirad: allí yace el hombre al que se le murió su Tristeza".

martes, 31 de agosto de 2010

Nietzsche




¡Tan frío, tan helado, que al posar la mano, los dedos se queman; y la mano que toca retrocede horrorizada! Y por eso mismo algunos lo creen ardiente.

jueves, 26 de agosto de 2010

Anny (Jean Paul Sartre)




"En otra época —aun mucho después de que me dejó— pensaba en Anny. Ahora ya no pienso en nadie; ni siquiera me cuido de buscar palabras. La cosa se desliza en mí más o menos rápido; no fijo nada, la dejo correr. La mayor parte del tiempo, al no unirse a palabras, mis pensamientos quedan en nieblas. Dibujan formas vagas y agradables, se disipan; enseguida los olvido."


"Insinúo un vago movimiento para levantarme, para ir a buscar mis fotos de Meknes, en la caja que metí debajo de la mesa. ¿Para qué? Esos afrodisíacos ya no tienen efecto sobre mi memoria. El otro día encontré, bajo un secante, una pequeña foto empalidecida. Una mujer sonreía junto a un estanque. Contemplé un momento a esta persona sin reconocerla. Después leí, en el reverso: “Anny, Portsmouth, abril 7, 27”."

"Anny hacia rendir el máximo al tiempo. En la época en que ella estaba en Djibuti y yo en Adén, cuando iba a verla por veinticuatro horas se ingeniaba para multiplicar los malentendidos entre nosotros, hasta que sólo quedaban exactamente sesenta minutos antes de mi partida: sesenta minutos, justo el tiempo necesario para sentir el transcurso de los segundos, uno por uno. Recuerdo una de aquellas veladas. Yo debía marcharme a medianoche. Habíamos ido al cine al aire libre; estábamos desesperados, Anny tanto como yo, sólo que ella dirigía el juego. A las once, al comienzo del film principal, me tomó la mano y la estrechó entre las suyas sin decir una palabra. Me sentí invadido por una alegría acre, y comprendí sin necesidad de mirar el reloj que eran las once. A partir de ese momento empezamos a sentir el curso de los minutos. Esa vez nos separábamos por tres meses. En cierto momento apareció en la pantalla una imagen completamente blanca; la oscuridad se suavizó y vi que Anny lloraba. A medianoche me soltó la mano después de apretarla violentamente; me levanté y me fui sin decirle una sola palabra. Eso era trabajo bien hecho."


La Náusea- Jean Paul Sartre.

viernes, 20 de agosto de 2010

La edad de la razón - Jean Paul Sartre


Se detuvo en seco y la consideró con desconfianza, era la emoción que le había hecho lanzar ese grito estúpido. Esta idea la heló, porque el abandono la horrorizaba. Frunció los labios y puso ojos irónicos arqueando una ceja. Vana defensa: hubiera sido menester no verla, ella había encorvado los hombros y sus brazos pendían a la largo de los costados; esperaba, pasiva y gastada, iba a esperar así durante años, hasta el fin. Daniel pensó: “¡Su última oportunidad!”, como lo había pensado para sí mismo hacía un momento. Entre los treinta y los cuarenta las personas juegan su última probabilidad. Ella iba a jugar y perder, dentro de unos días no será mas que un montón de miseria.

martes, 3 de agosto de 2010

Aplastamiento de las gotas (Julio Cortázar)



Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.
Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.

jueves, 22 de julio de 2010

(Gibrán Khalil Gibrán - EL LOCO)


DERROTA

Derrota, mi derrota, mi soledad y mi aislamiento: Para mí eres más valiosa que mil triunfos,
Y más dulce para mi corazón que toda la gloria mundanal.
Derrota, mi derrota, mi conocimiento de mi mismo y mi desafío.
Tú me has enseñado que soy joven aún y de pies ligeros y a no dejarme engañar por laureles vanos.
Y en ti he encontrado la dicha de estar solo Y la alegría de ser alejado y despreciado.
Derrota, mi derrota, mi fulgurante espada y mi escudo:
En tus ojos he leído que ser entronizado es ser esclavizado, y que ser comprendido es ser derribado. Y que ser apresado es llegar a la propia madurez Y como un fruto maduro, caer y ser objeto de consumo.
Derrota, mi derrota, mi audaz compañera:
Oirás mis cantos, mis gritos y silencios, y nadie mas que tú me hablará del batir de las alas. De la impetuosidad de los mares. Y de montañas que arden en la noche.
Y sólo tú escalarás mi inclinada y rocosa alma. Derrota, mi derrota, mi valor indómito inmortal. Tú y yo reiremos juntos con la tormenta.
Y juntos cavaremos tumbas para todo lo que muere en nosotros. Y hemos de erguirnos al sol, como una sola voluntad. Y seremos peligrosos.

lunes, 19 de julio de 2010

MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL - Simone de Beauvoir


La virtud se apoderaba de mí: basta de iras o de caprichos; me habían explicado que de mi obediencia y de mi piedad dependía que Dios salvara a Francia. Cuando el confesor del curso Désir me tomó entre sus manos me volví una niña modelo. Era joven, pálido, infinitamente suave. Me admitió en el catecismo y me inició en las dulzuras de la confesión. Me arrodillé frente a él en un confesionario y respondí concienzudamente a sus preguntas. Ya ni sé lo que le conté pero delante de mi hermana, que me lo repitió, felicitó a mamá por mi hermosa alma. Me enamoré de esa alma que imaginaba blanca y aureolada de rayos de luz como la hostia sobre el cáliz. Amontoné méritos. El padre Martin nos distribuyó a principios del Adviento imágenes que representaban a un niño Jesús: a cada buena acción perforábamos con un alfilerazo los contornos del dibujo trazado con tinta violeta. El día de Navidad debíamos depositar nuestras tarjetas en el pesebre que brillaba en el fondo de la gran capilla. Inventé toda clase de mortificaciones, de sacrificios, de conductas edificantes para que la mía estuviera cribada de agujeros. Esos alardes erizaban a Louise. Pero mamá y las señoritas me alentaban. Entré en una cofradía infantil, "Los ángeles de la Pasión", lo que me dio el derecho a llevar un escapulario y el deber de meditar sobre los siete dolores de la Virgen. Conforme a las recientes instrucciones de Pío X, preparé mi comunión privada; seguí un retiro espiritual. No comprendía muy bien por qué los fariseos cuyo nombre se parecía de manera impresionante al de los habitantes de París* se habían encarnizado contra Jesús, pero compadecí sus desdichas. Vestida de tul y tocada de encaje de Irlanda tragué mi primera hostia. En adelante mamá me llevó tres veces por semana a comulgar a Notre Dame des Champs. Me gustaba oír en la mañana gris el ruido de nuestros pasos sobre las lajas. Respirando el olor del incienso, la mirada enternecida por el vaho de los cirios, me resultaba dulce abismarme a los pies de la Cruz, soñando vagamente con la taza de chocolate que me esperaba en casa.

jueves, 15 de abril de 2010

El Amante - Marguerite Duras


Debió ser en el transcurso de ese viaje cuando la imagen se destacó y alcanzó el punto más álgido. Puedo haber existido, pudo haberse hecho fotografía, como otra, en otra parte, en otras circunstancias. Pero no existe. El objeto era demasiado insignificante para provocarla. ¿Quién hubiera podido pensar en eso? Sólo hubiera podido hacerse si se hubiera podido presentir la importancia de ese suceso en mi vida, esa travesía del río. Pues, mientras tenía lugar, aún ignoraba incluso su existencia. Sólo Dios la conocía. Por eso, esa imagen, y no podría ser de otro modo, no existe. Ha sido omitida. Ha sido olvidada. No ha destacado, no ha alcanzado su punto álgido. A esa falta de haber sido tomada debe su virtud, la de representar un absoluto, de ser precisamente artífice.

miércoles, 7 de abril de 2010

El hombre del siglo


Los cien años del nacimiento de Sartre resultaron una buena ocasión de reeditar la destacada biografía de Annie Cohen-Solal. Una visión amistosa y completa del filósofo multifacético. Una lectura importante para terminar el 2005.

Sartre: 1905-1980
Annie Cohen-Solal
Edhasa
766 páginas

Habrá siempre más de un Sartre: un Sartre a medida de cada lector. Es un honor que no comparte con los otros grandes filósofos del siglo XX francés: el Premio Nobel Henri Bergson al comienzo, Michel Foucault al final resultaron a la larga demasiado técnicos, demasiado universitarios. Nunca pueden ser, como el Apóstol, todo para todos. En cambio, hay un Sartre artista, y otro militante y escritor comprometido; un nietzscheano y un marxista, un tercermundista que debate sobre la angustia y la revolución; uno anarquista-libertario y otro totalitario maoísta, un antisionista radical y sin concesiones, y otro que acepta gustoso un doctorado Honoris Causa por una universidad israelí.

La biografía de Annie Cohen-Solal transita los extremos de un recorrido vital que no siempre fue dialéctico sino muchas veces simplemente contradictorio, en el sentido no mejorativo del término. En Sartre: 1905-1980, la autora analiza justamente esta particular sensibilidad sartreana que se caracterizó por lo contradictorio y controversial. O, para consignarlo en sus propias palabras, su objetivo ha sido reencontrarse con el “escritor cuya experiencia intelectual se cruzaba, absolutamente, con todos los envites del siglo pero que nunca había adoptado por completo ninguno de esos envites”. El volumen es fruto de años de investigación, de cientos de entrevistas a quienes amaron u odiaron a Sartre (la indiferencia es menos frecuente), de visitas a archivos, de viajes por Francia, Europa y América.

En el 2005, Sartre cumpliría 100 años. Parecen demasiado pocos porque Sartre es una figura de un pasado ya más remoto y sobre todo irrecuperable. La actualidad de Sartre queda reivindicada por el libro de Cohen-Solal. La primera edición de esta biografía es de 1989, y ahora es reeditado de cara a la conmemoración del año, o mejor, del siglo, sartreano. Es, hasta el momento, la mejor biografía. O la más completa, porque hay otra importante, aunque menos “biográfica” y más evaluativa, de Bernard-Henri Lévy. La de Cohen-Solal revela aristas nuevas y cortantes del biografiado, sin descuidar los detalles de una vida compleja y rica.

El caso Sartre resulta ejemplar de una época en que las mayores referencias intelectuales estuvieron, casi sin excepción, del lado de la confusión y no de un orden que prometía ser más estable. En 1943, mientras en Stalingrado la Unión Soviética se debatía entre el ser y la nada, apareció en la serenidad de la Francia ocupada por los nazis un grueso libro de dialéctica formal y escolástica existencial, El ser y la nada. Sería la obra cumbre del “existencialismo ateo”. El anti-universitario Sartre, honorablemente, escribía en la tradición neutralista de las universidades francesas. No era difícil prever la vena anti-marxista del mismo autor que años más tarde intentará llevar a cabo la peligrosísima aventura de combinar ese existencialismo con el marxismo.

Por eso mismo, a comienzos de la década del ’60, el excelente ensayista Jean-François Revel podía asegurar que la mayoría de los intelectuales europeos que se ubicaban políticamente en la izquierda eran intelectualmente reaccionarios. La confusión no solamente continuaba: se había agravado. “El ateísmo de Sartre, la indiferencia de Heidegger han contribuido menos a alejar a las personas de la religión que a que celebren con vivos colores metafísicos sus penas y angustias, sus culpabilidades y desamparos desde luego irreductibles.” La de Revel puede resultar hoy, para algunos, una frase caduca: indigna a las sensibilidades para quienes la contradicción es siempre sinónimo de riqueza y no de inconsistencia intelectual, política o moral. Sucede, para mayor desolación, que la propia noción de contradicción carece de sentido para los involuntarios herederos culturales de los fenomenólogos de la alineación, los que insisten, entre otras cosas, en una izquierda de colegio secundario (la izquierda como un lugar en la memoria antes que como un encuentro para construir el futuro) o en un mundo desprovisto de sentido: el mundo de una clase (libre, neutra, vaga) que se angustia, se interroga sobre el absurdo cósmico y se plantea problemas metafísicos en torno al Obrero-en-sí, a la Puta-en-sí, al Negro-en-sí. El juicio de Revel, con distinto sentido de su valor, era el de casi todos: las contradicciones de Sartre le permitían gustar, finalmente, a todos. Los sartreanos irritan menos de lo que gustan creer, y aun de lo que debieran. Sartre escribía una carta furiosa a De Gaulle, y el general le respondía, con toda la buena educación del país que inventó las maneras versallescas, “Cher Maître”.

La autora de esta biografía, ya convertida en clásico, no duda de la capacidad de Sartre, de su vigor para el debate y la confrontación. Y sobre todo para los gestos eficaces: como cuando rechazó el Premio Nobel en 1964 con la muy válida razón de que “el escritor debe negarse a que lo transformen en institución”. Cuando se lee a Sartre, aunque sean los textos elegidos con acierto por su biógrafa, no se puede dejar de experimentar una extraordinaria impresión de vértigo; la física se vuelve metafísica, la química alquimia, la racionalidad se trueca en misticismo, Hegel es un prestidigitador, Lenin es un sacerdote, los sacerdotes son deterministas, los patrones levantan las banderas rojas y los deportados cotizan en Wall Street. Es un malabarista asombroso, un argumentador casuístico, jesuítico. Pero si pasa el primer momento de estupor, y se quieren encontrar las causas del vértigo, se descubrirá que el filtro es un cocktail, una combinación sabia de la prosa de los maestros-pensadores, un devenir de Hegel, una frase de Marx, una intención de Husserl, un suspiro de Kierkegaard, un movimiento de Freud, una observación de Brice Parain, un término de Lévi-Strauss, un sueño de Hyppolite, una audacia de Lenin: precisamente, un encadenamiento de elementos yuxtapuestos cuyo cemento es un artificio muy bien dosificado.

La vida de este autor artificioso es la que cuenta Cohen-Solal. Una historia poco imparcial porque la autora es la abogada de Sartre, no su juez. Pero el juicio último quedará para los lectores. Que no escuchan el alegato de la otra parte. La canonización del autor de Saint-Genet ya estaba decidida de antemano. El mismo lo sabía. Después de su muerte, Simone de Beauvoir hizo en La ceremonia de los adioses el retrato poco halagador de los últimos años de vida del filósofo, que comía demasiados embutidos, se emborrachaba y meaba cuando no debía, insistía con el corydrane y se dejaba convencer por jóvenes sectarios o religiosos o las dos cosas. Cohen-Solal es más hagiográfica: hasta gustosa, analiza los sueños del maestro.


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