lunes, 19 de julio de 2010

MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL - Simone de Beauvoir


La virtud se apoderaba de mí: basta de iras o de caprichos; me habían explicado que de mi obediencia y de mi piedad dependía que Dios salvara a Francia. Cuando el confesor del curso Désir me tomó entre sus manos me volví una niña modelo. Era joven, pálido, infinitamente suave. Me admitió en el catecismo y me inició en las dulzuras de la confesión. Me arrodillé frente a él en un confesionario y respondí concienzudamente a sus preguntas. Ya ni sé lo que le conté pero delante de mi hermana, que me lo repitió, felicitó a mamá por mi hermosa alma. Me enamoré de esa alma que imaginaba blanca y aureolada de rayos de luz como la hostia sobre el cáliz. Amontoné méritos. El padre Martin nos distribuyó a principios del Adviento imágenes que representaban a un niño Jesús: a cada buena acción perforábamos con un alfilerazo los contornos del dibujo trazado con tinta violeta. El día de Navidad debíamos depositar nuestras tarjetas en el pesebre que brillaba en el fondo de la gran capilla. Inventé toda clase de mortificaciones, de sacrificios, de conductas edificantes para que la mía estuviera cribada de agujeros. Esos alardes erizaban a Louise. Pero mamá y las señoritas me alentaban. Entré en una cofradía infantil, "Los ángeles de la Pasión", lo que me dio el derecho a llevar un escapulario y el deber de meditar sobre los siete dolores de la Virgen. Conforme a las recientes instrucciones de Pío X, preparé mi comunión privada; seguí un retiro espiritual. No comprendía muy bien por qué los fariseos cuyo nombre se parecía de manera impresionante al de los habitantes de París* se habían encarnizado contra Jesús, pero compadecí sus desdichas. Vestida de tul y tocada de encaje de Irlanda tragué mi primera hostia. En adelante mamá me llevó tres veces por semana a comulgar a Notre Dame des Champs. Me gustaba oír en la mañana gris el ruido de nuestros pasos sobre las lajas. Respirando el olor del incienso, la mirada enternecida por el vaho de los cirios, me resultaba dulce abismarme a los pies de la Cruz, soñando vagamente con la taza de chocolate que me esperaba en casa.

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