
Tu esqueleto terroso, aún en pie por gracia Divina,
me recuerda que algún día moriré...
Moriré y seré olvido como tu tronco que otrora
bebió la savia latiente, dando frutos y verdor.
Tus ramas, como frágiles huesos,
dibujan líneas rectas y filosas
sobre el fondo de tu entorno.
Tus raíces, como arterias secas y hueras,
se afirman inútiles en la tierra que respira.
Tu presencia de gigante inofensivo
ya no sirve a este mundo
que te vio germinar y morir en el mismo lugar.
Es en vano tu insistencia por erguirte soberbio;
cualquiera puede advertir la muerte en tu corteza.
Tengo ganas de abrazarte, sin embargo,
y apoyar en tu grandeza serena
mi columna cansada de tanto andar.
¿Ves? Aún tiene sentido tu presencia.
Tal vez tengan sentido mis palabras algún día...
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