miércoles, 13 de abril de 2011

Himno a la belleza (Baudelaire)


¿Vienes del cielo profundo o sales del abismo,
oh Belleza? Tu mirada, infernal y divina,
derrama confusamente la buena acción y el crimen,
y por eso se te puede comparar al vino.

Tus ojos contienen el poniente y la aurora,
irradias perfumes como una tarde de tormenta;
tus besos son un filtro y tu boca un ánfora
que vuelven cobarde al héroe y valiente al niño.

¿Sales de un pozo negro o bajas de los astros?
El Destino hechizado sigue tus polleras como un perro;
siembras al azar la alegría y los desastres,
gobiernas todo y no respondes por nada.

Caminas sobre los muertos, Belleza, y te burlas de ellos;
el Horror no es la menos encantadora de tus joyas,
y el Crimen, entre tus más queridos dijes,
baila amorosamente sobre tu vientre orgulloso.

Una falena va deslumbrada hacia ti, lámpara,
crepita, arde y dice: ¡Bendigamos a esa llama!
El amante que jadea inclinado sobre su querida
parece un moribundo acariciando su tumba.

Que vengas del cielo o del infierno, ¿qué importa,
¡oh Belleza!, ¡monstruo enorme, espantoso, ingenuo!
si tu mirada, tu risa y tu pie, me abren la puerta
de un Infinito que amo y que jamás conocí?

De Satán o de Dios, ¿qué importa?, Angel o Sirena,
¿qué importa, si tú haces -hada de ojos de terciopelo,
ritmo, perfume, fulgor, ¡oh mi única reina!-
menos horrible el universo y menos pesado los instantes?

lunes, 11 de abril de 2011

La soledad (Baudelaire)


Un gacetillero filántropo me dice que la soledad es mala para el hombre; y en apoyo de su tesis cita, como todos los incrédulos, palabras de los padres de la Iglesia.
Sé que el Demonio frecuenta gustoso los lugares áridos, y que el espíritu del asesinato y de la lubricidad se inflama maravillosamente en las soledades. Pero sería posible que esta soledad sólo fuese peligrosa para el alma ociosa y divagadora, que la puebla con sus pasiones y con sus quimeras.
Cierto que un charlatán, cuyo placer supremo consiste en hablar desde lo alto de una cátedra o de una tribuna, correría fuerte peligro al volverse loco furioso en la isla de Robinsón. No exigiré a mi gacetillero las animosas virtudes de Crusoe; pero le pido que no entable acusación contra los enamorados de la soledad y del misterio.
Hay en nuestras razas parlanchinas individuos que aceptarían con menor repugnancia el suplicio supremo si se les permitiera lanzar desde lo alto del patíbulo una copiosa arenga, sin miedo de que los tambores de Santerre les cortasen intempestivamente la palabra.
No los compadezco, porque adivino que sus efusiones oratorias les procuran placeres iguales a los que otros sacan del silencio y del recogimiento; pero los desprecio.
Deseo, ante todo, que mi gacetillero maldito me dejo divertirme a mi gusto. «Pero ¿no siente usted nunca -me dice, en tono nasal archiapostólico- necesidad de compartir sus goces?» ¡Miren el sutil envidioso! ¡Sabe que desdeño los suyos y viene a insinuarse en los míos, el horrible aguafiestas!
«¡La desgracia grande de no poder estar solo!...» -dice en algún lado La Bruyère, como para avergonzar a todos los que corren a olvidarse entre la muchedumbre, temerosos, sin duda, de no poder soportarse a sí mismos.
«Casi todas nuestras desgracias provienen de no haber sabido quedarnos en nuestra habitación» -dice otro sabio, creo que Pascal, llamando así a la celda del recogimiento a todos los alocados que buscan la dicha en el movimiento y en una prostitución que llamaría yo fraternitaria, si quisiera hablar la hermosa lengua de mi siglo.