miércoles, 30 de marzo de 2011

Ana Karenina [León Tolstoi]

Un remolino de nieve y viento corrió de una puerta a otra de la estación, silbó furiosamente entre las ruedas del tren y lo anegó todo: personas y vagones, amenazando sepultarlos en nieve. La tempestad, se calmó por un breve instante, para desatarse de nuevo con tal ímpetu que parecía imposible de resistir. No obstante, la puerta de la estación se abría y ce­rraba de vez en cuando, dando paso a gente que corría de un lado a otro, hablando alegremente, deteniéndose en el andén, cuyo pavimento de madera crujía bajo sus pies.

La silueta de un hombre encorvado pareció surgir de la sie­rra a los pies de Ana. Se oyó el golpe de un martillo contra el hierro; después una voz ronca resonó entre las tinieblas.

–Envíen un telegrama –decía la voz.

Otras voces replicaron, como un eco:

–Haga el favor, por aquí. En el número veintiocho –y los empleados pasaron corriendo como llevados por la nieve. Dos señores, con sus cigarrillos encendidos, pasaron ante Ana fu­mando tranquilamente.

Respiró otra vez a pleno pulmón el aire frío de la noche, puso la mano en la barandilla del estribo para subir al va­gón, cuando en aquel momento, la figura de un hombre ves­tido con capote militar, que estaba muy cerca de ella, le ocultó la vacilante luz del farol. Ana se volvió para mirarle y le reconoció. Era Vronsky. Él se llevó la mano a la visera de la gorra y le preguntó respetuosamente si podía servirla en algo. Ana le contempló en silencio durante unos instan­tes. Aunque Vronsky estaba de espaldas a la luz, la Kare­nina creyó apreciar en su rostro y en sus ojos la misma ex­presión de entusiasmo respetuoso que tanto la conmoviera en el baile. Hasta entonces Ana se había repetido que Vronsky era uno de los muchos jóvenes, eternamente iguales, que se encuentran en todas partes, y se había prometido no pensar en él. Y he aquí que ahora se sentía poseída por un alegre sentimiento de orgullo. No hacía falta preguntar por qué Vronsky estaba allí. Era para hallarse más cerca de ella. Lo sabía con tanta certeza como si el propio Vronsky se lo hu­biera dicho.

–Ignoraba que usted pensase ir a San Petersburgo. ¿Tiene algún asunto en la capital? –preguntó Ana, separando la mano de la barandilla.

Y su semblante resplandecía.

–¿Algún asunto? –repitió Vronsky, clavando su mirada en los ojos de Ana Karenina–. Usted sabe muy bien que voy para estar a su lado. No puedo hacer otra cosa.

En aquel momento, el viento, como venciendo un invisible obstáculo, se precipitó contra los vagones, esparció la nieve del techo y agitó triunfalmente una plancha que había logrado arrancar.

Con un aullido lúgubre, la locomotora lanzó un silbido.

La trágica belleza de la tempestad ahora le parecía a Ana más llena de magnificencia. Acababa de oír las palabras que temía su razón, pero que su corazón deseaba escuchar. Guardó silencio. Pero Vronsky, en el rostro de ella, leyó la lucha que sostenía en su interior.

–Perdone si le he dicho algo molesto –murmuró humilde­mente. Hablaba con respeto, pero en un tono tan resuelto y de­cidido que Ana en el primer momento no supo qué contestar

–Lo que usted dice no está bien –murmuró Ana, al fin– ­y, si es usted un caballero, lo olvidará todo, como yo hago.

–No lo olvidaré, ni podré olvidar nunca, ninguno de sus gestos, ninguna de sus palabras.

–¡Basta, basta! –exclamó ella en vano, tratando inútil­mente de dar a su rostro una expresión severa.

Y, cogiéndose a la fría barandilla, subió los peldaños del estribo y entró rápidamente en el coche.

Sintió la necesidad de calmarse y se detuvo un momento en la portezuela. No recordaba bien lo que habían hablado, pero comprendía que aquel momento de conversación les había aproximado el uno al otro de un modo terrible, lo que la horrorizaba y la hacía feliz a la vez.

Tras breves instantes, Ana entró en el departamento y se sentó. Su tensión nerviosa aumentaba: parecía que sus nervios iban a estallar.

No pudo dormir en toda la noche. Pero en aquella exalta­ción, en los sueños que llenaban su mente, no había nada do­loroso; al contrario, había algo gozoso, excitante y ardiente.

Al amanecer se durmió en su butaca. Era ya de día cuando despertó. Se acercaban a San Petersburgo. Pensó en su hijo, en su marido, en sus ocupaciones domésticas, y aquellos pen­samientos la dominaron por completo.

La primera persona a quien vio al apearse del tren fue su marido.

«¿Cómo le habrán crecido tanto las orejas en estos días, Dios mío?», pensó al ver aquella figura arrogante, pero fría, con su sombrero redondo que parecía sostenerse en los salien­tes cartílagos de sus orejas.

Su esposo se acercaba a ella, mirándola atentamente con sus grandes ojos cansados, con su eterna sonrisa irónica en los labios, y esta vez la mirada inquisitiva de Alexis Alejandro­vich la hizo estremecer.

¿Acaso esperaba encontrar a su marido distinto de como era en realidad? ¿O era que su conciencia le reprochaba toda la hipocresía, toda la falta de naturalidad que había en sus re­laciones conyugales? Aquella impresión dormía hacía largo tiempo en el fondo de su alma, pero sólo ahora se le aparecía en toda su dolorosa claridad.

–Como ves, tu enamorado esposo, tan enamorado como el primer día, anhelaba verte de nuevo –dijo Karenin con su voz lenta y seca, empleando el mismo tono levemente burlón que siempre usaba al dirigirle la palabra, como para ridicu­lizar aquel modo de expresarse.

–¿Cómo está Sergio? –preguntó ella.

–¡Caramba, qué recompensa a mi entusiasmo amoroso! Pues está bien, muy bien...



martes, 29 de marzo de 2011

La parte de adelante.


soy vulnerable a tu lado más amable
soy carcelero de tu lado más grosero
soy el soldado de tu lado más malvado
y el arquitecto de tus lados incorrectos
soy propietario de tu lado más caliente
soy dirigente de tu parte más urgente
soy artesano de tu lado más humano
y el comandante de tu parte de adelante
soy inocente de tu lado más culpable
pero el culpable de tu lado más caliente
soy el custodio de tus ráfagas de odio
y el comandante de tu parte de adelante
perdiendo imagen a tu lado estoy mi vida
mañana será un nuevo punto de partida
soy vagabundo de tu lado más profundo
por un segundo de tu cuerpo doy el mundo
que más quisiera que pasar la vida entera
como estudiante el día de la primavera
siempre viajando en un asiento de primera
el comandante de tu balsa de madera
que más quisiera que pasar la vida entera
como estudiante el día de la primavera
siempre viajando en un asiento de primera
el carpintero de tu balsa de madera
aaahhh….
soy el soldado de tu lado malvado
y el comandante de tu parte de adelante
perdiendo imagen a tu lado estoy mi vida
mañana será un nuevo punto de partida
soy vagabundo de tu lado profundo
por un segundo de tu cuerpo doy el mundo
que más quisiera que pasar la vida entera
como estudiante el día de la primavera
siempre viajando en un asiento de primera
el comandante de tu balsa de madera
que más quisiera que pasar la vida entera
como estudiante el día de la primavera
siempre viajando en un asiento de primera
el carpintero de tu balsa de madera
aaahhh….
soy el soldado de tu lado malvado
y el comandante de tu parte de adelante
aaahhh...
soy el soldado de tu lado malvado
y el comandante
sólo estoy sólo y estoy buscando
es a alguien que me está esperando
que me entienda y si no me entiende
alguien que me comprende
alguien a alguien para recordar
de memoria cuando estoy de viaje
cuando estoy muy lejos y
soy un vagabundo y camino bastante
alrededor del mundo
pero quiero volver a mi casa
a alguna casa
para encontrar a esa princesa vampira
que respira
que respira y me mira

viernes, 25 de marzo de 2011

La Náusea (Fragmento: reenceuntro con Anny)


Anny viene a abrirme con un largo vestido negro. Naturalmente, no me tiende la mano, no me saluda. Yo mantuve mi mano derecha en el bolsillo del sobretodo. Anny dice en tono disgustado y muy rápido, para librarse de las formalidades:
—Entra y siéntate donde quieras, salvo en el sillón junto a la ventana.
Es ella, muy ella. Deja colgar los brazos; tiene el rostro tristón que antes le daba el aire de una chiquilla en la edad ingrata. Pero ahora ya no parece una chiquilla. Está gorda, su pecho es fuerte.
Cierra la puerta, se dice a sí misma, con aire meditativo:
—No sé si voy a sentarme en la cama...
Finalmente se deja caer en una especie de cajón cubierto con un tapiz. Su andar ya no es el mismo; se desplaza con una pesadez majestuosa, y no sin gracia; parece molesta por su precoz corpulencia. Pero a pesar de todo es muy ella, es Anny.
Anny lanza una carcajada.
—¿Por qué te ríes?
No responde en seguida, como de costumbre, y adopta un aire camorrista.
—Dime, ¿por qué?
—Por la amplía sonrisa que enarbolas desde que entraste. Pareces un padre que acaba de casar a su hija. Vamos, no te quedes de pie. Deja el abrigo y siéntate. Sí, ahí si quieres.
Sigue un silencio, que Anny no trata de romper. ¡Qué desmantelada está la habitación! En otros tiempos Anny llevaba en todos sus viajes una inmensa valija llena de chales, de turbantes, de mantillas, de máscaras japonesas, de imágenes de Epinal. Apenas paraba en un hotel —aunque tuviera que quedarse una sola noche— su primer cuidado era abrir la valija y sacar todas sus riquezas, que colgaba de las paredes, suspendía en las lámparas, extendía sobre las mesas o en el suelo, según un orden variable y complicado; en menos de media hora el cuarto más vulgar se revestía de una personalidad pesada y sensual, casi intolerable. Tal vez la valija se ha perdido, o quedó en el depósito... Esta habitación fría, con la puerta que se entreabre al cuarto de baño, tiene algo de siniestro. Se asemeja, con más lujo y tristeza, a mi habitación de Bouville.
Anny sigue riendo. Reconozco muy bien esa risita muy alta y un poco gangosa.
—Bueno, tú no has cambiado. ¿Qué buscas con esa cara enloquecida?
Sonríe, pero sus ojos me miran con una curiosidad casi hostil.
—Pensaba solamente que este cuarto no parece habitado por ti.
—¿Ah sí? —responde con aire vago.
Nuevo silencio. Ahora está sentada sobre la cama, muy pálida en su vestido negro. No se ha cortado el pelo. Sigue mirándome con aire de tranquilidad, levantando un poco las cejas. ¿No tiene nada que decirme? ¿Por qué me ha hecho venir? Este silencio es insoportable.
De improviso digo, lastimosamente:
—Estoy contento de verte.
La última palabra se estrangula en mi garganta; para salir con eso, hubiera hecho mejor callándome. Seguramente va a enfadarse. Yo pensé que el primer cuarto de hora sería penoso. Antes, cuando veía a Anny, aunque fuera después de una ausencia de veinticuatro horas, por la mañana al despertar, nunca sabía encontrar las palabras que ella esperaba, las que convenían a su vestido, al tiempo, a las últimas palabras que habíamos pronunciado la víspera. ¿Pero qué quiere? No puedo adivinarlo.
Levanta los ojos. Anny me mira con una especie de ternura.
—¿Entonces no has cambiado nada? ¿Siempre eres tan tonto?
Su rostro expresa satisfacción. Pero qué fatigada parece.
—Eres un mojón —dice—, un mojón al borde de un camino. Explicas y explicarás toda tu vida imperturbablemente que Melun está a veintisiete kilómetros y Montargis a cuarenta y dos. Por eso te necesito tanto.
—¿Me necesitas? ¿Me necesitaste durante estos cuatro años que no te vi? Bueno, has estado muy discreta.
Hablé sonriendo; ella podría creer que le guardo rencor. Siento esta sonrisa muy falsa en mi boca; estoy incómodo.
—¡Qué tonto eres! Naturalmente, no he necesitado verte, si es esto lo que quieres decir. Ya sabes que no tienes nada particularmente regocijante para los ojos. Necesito que existas y que no cambies. Eres como ese metro de platino que se conserva en alguna parte, en París o en los alrededores. No creo que nadie haya tenido nunca deseos de verlo.
—En eso te equivocas.
—En fin, poco importa, yo no. Bueno, estoy contenta de saber que existe, que mide exactamente la diez millonésima parte del cuadrante del meridiano terrestre. Lo pienso cada vez que toman medidas en un departamento o que me venden género negro por metros.
—¿Ah sí? —digo fríamente.
—Pero podría muy bien pensar en ti sólo como en una virtud abstracta, una especie de límite. Puedes agradecerme que recuerde cada vez tu cara.
Ya hemos vuelto a las discusiones alejandrinas que era necesario sostener en otros tiempos, cuando yo abrigaba deseos simples y vulgares, como decirle que la quería, tomarla en mis brazos. Hoy no tengo ningún deseo. Salvo quizá el de callarme y mirarla, comprender en silencio toda la importancia de este acontecimiento extraordinario: la presencia de Anny frente a mí. ¿Y para ella, este día es semejante a los demás? A ella no le tiemblan las manos. Debía de tener algo que decirme el día que me escribió, o quizá fuera, simplemente, un capricho. Ahora, lo ha olvidado.
Anny me sonríe de golpe con una ternura tan visible que las lágrimas me asoman a los ojos.
—He pensado en ti mucho más a menudo que en el metro de platino. No hubo día que no pensara en ti. Y recordaba claramente hasta el menor detalle de tu persona.
Se levanta y viene a apoyar sus manos en mis hombros.
—Atrévete a decirme que recordabas mi cara, tú que te quejas.
—Es difícil — digo—, tú sabes muy bien que tengo mala memoria.
—Lo confiesas: me habías olvidado por completo. ¿Me hubieras reconocido en la calle?
—Naturalmente. No se trata de eso.
—¿Recordabas por lo menos el color de mi pelo?
—¡Pues claro! Es rubio.
Anny se echa a reír.
—Lo dices con mucho orgullo. Ahora que lo ves no tiene mucho mérito.
Me revuelve el pelo de un manotón.
—Y tu pelo es rojo —dice imitándome—; la primera vez que te vi tenías, no lo olvidaré nunca un sombrero blando que tiraba a malva y que bramaba al verse con tu pelo rojo. Era muy penoso de mirar. ¿Dónde está tu sombrero? Quiero ver si tienes siempre tan mal gusto.
—Ya no uso.
Silba ligeramente abriendo grandes ojos.
—¡No se te habrá ocurrido solo! ¿Sí? Bueno, te felicito. ¡Naturalmente! Bastaba pensarlo. Ese pelo no soporta nada, se da de coces con los sombreros, con los cojines de los sillones, hasta con el papel de las paredes que le sirven de fondo. O si no tendrías que encasquetártelo hasta las orejas, como aquel fieltro inglés que habías comprado en Londres. Metías las mechas debajo y ni siquiera se sabía si tenías pelo.
Agrega, en el tono decidido con que se terminan las viejas disputas:
—No te quedaba nada bien.
Ya no sé qué sombrero era.
—¿Yo decía que me quedaba bien?
—¡Ya lo creo que lo decías! No hablabas de otra cosa. Y te mirabas solapadamente en los espejos cuando creías que no te veía.
Este reconocimiento del pasado me abruma. Anny ni siquiera parece evocar recuerdos; su tono no tiene el matiz enternecido y lejano que conviene a esta clase de ocupación. Es como si hablara de hoy, a lo sumo de ayer; ha conservado con plena vida sus opiniones, sus terquedades, sus rencores de otros tiempos. Para mí, por el contrario, lo inunda todo una ola poética; estoy dispuesto a todas las concesiones.
—Ya ves, he engordado, he envejecido, tengo que cuidarme.
Sí. ¡Y qué aspecto fatigado el suyo! Cuando quiero hablar, agrega en seguida:
—Hice teatro, en Londres.
—¿Con Candler?
—No, hombre, con Candler no. Te reconozco bien en eso. Se te había metido en la cabeza que haría teatro con Candler. ¿Cuántas veces habrá que decirte que Candler es un director de orquesta? No, en un teatrito, Soho Square. Representamos Emperor Jones, obras de Sean O’Casey, de Synge, y Britannicus.
—¿Britannicus? —digo asombrado.
—Bueno, sí, Britannicus. Por eso lo abandoné. Yo les había dado la idea de montar Britannicus; y quisieron hacerme interpretar Junie.
—¿Sí?
—Y naturalmente, sólo podía interpretar Agrippine.
—¿Y ahora qué haces?
Ha sido un error preguntarle esto. La vida desaparece de su rostro. Sin embargo responde inmediatamente:
—Ya no trabajo. Viajo. Me mantiene un tipo.
Sonríe:
—¡Oh! No me mires con esa solicitud, no es trágico. Siempre te dije que me daría lo mismo hacerme mantener. Además es un tipo viejo, no molesta.
—¿Un inglés?
—¿Pero qué puede importarte? —dice, irritada—. No vamos a hablar de ese infeliz. No tiene ninguna importancia ni para ti ni para mí. ¿Quieres té?
Entra en el cuarto de tocador. La oigo ir y venir, mover cacerolas y hablar sola; un murmullo agudo e ininteligible. En la mesa de luz, junto a la cama, hay, como siempre, un tomo de la Historia de Francia de Michelet. Ahora observo que encima de la cama ha colgado una foto, una sola, una reproducción del retrato de Emily Bronté por su hermano.
Anny vuelve y me dice bruscamente:
—Ahora tienes que hablarme de ti.
Luego desaparece de nuevo en el cuarto de tocador. De esto me acuerdo, a pesar de mi mala memoria: hacía preguntas directas como ésta, que me molestaban mucho porque sentía en ellas un interés sincero y a la vez el deseo de terminar cuanto antes. En todo caso, después de esta pregunta, ya no cabe duda: quiere algo de mí. Por el momento sólo son preliminares: desembarazarse de lo que podría molestar; arreglar definitivamente las cuestiones secundarias: “Ahora tienes que hablarme de ti”. Dentro de un rato me hablará de ella. De golpe, no siento el menor deseo de contarle nada. ¿Para qué? La Náusea, el miedo, la existencia... Es preferible que me lo guarde.
—Vamos, date prisa —grita a través del tabique.
Vuelve con una tetera.
—¿Qué haces? ¿Vives en París?
—Vivo en Bouville.
—¿En Bouville? ¿Por qué? Espero que no te habrás casado.
—¿Casado? —digo sobresaltándome.
Me resulta desagradable que Anny haya podido pensarlo. Se lo digo:
—Es absurdo. Muy del tipo de imaginación naturalista que me reprochabas en otro tiempo, ¿recuerdas? cuando te imaginaba viuda y madre de dos muchachos. Y todas las historias que te contaba sobre lo que llegaríamos a ser. Tú detestabas aquello.
—Y tú te complacías —responde sin inmutarse. —Lo decías para dártelas de escéptico. Además te indignas así en la conversación, pero eres lo bastante traidor para casarte un día a escondidas. Protestaste durante un año, indignado, que no irías a ver Violetas imperiales. Y un día que yo estaba enferma, fuiste a verla solo a un pequeño cine del barrio.
—Vivo en Bouville —dije con dignidad, —porque estoy escribiendo un libro sobre M. de Robellón.
Anny me mira con aplicado interés.
—¿M. de Rollebon? ¿Vivió en el siglo XVIII?
—Sí.
—Me habías hablado de él, es cierto —dice vagamente.
—¿Entonces es un libro de historia?
—Sí.
—¡Ah, Ah!
Si me hace otra pregunta le contaré todo. Pero no pregunta nada más. Aparentemente, juzga que sabe bastante de mí. Anny sabe escuchar muy bien, pero sólo cuando quiere. La miro: ha bajado los párpados, piensa en lo que va a decirme, en la manera cómo empezará: ¿Debo interrogarla a mi vez? No creo que le interese. Hablará cuando lo considere oportuno. El corazón me late con fuerza.
Bruscamente, dice:
—Yo he cambiado.
Este es el comienzo. Pero ahora se calla. Sirve té en tazas de porcelana blanca. Espera que yo hable; tengo que decir algo. No cualquier cosa, justo lo que ella espera. Estoy en el tormento. Ha cambiado de veras. Está gorda, parece fatigada; seguramente no es esto lo que quiere decir.
—No sé, no me parece. Ya he encontrado tu risa, tu manera de levantarte y poner las manos en mis hombres, tu manía de hablar sola. Sigues leyendo la Historia de Michelet. Y un montón de cosas más...
Y ese interés profundo por mi esencia eterna y su indiferencia total hacia todo lo que pueda sucederme en la vida, y esa extraña afectación pedante y encantadora a la vez, y esa manera de suprimir antes que nada las fórmulas mecánicas de cortesía, de amistad, todo lo que facilita las relaciones de los hombres entre sí, esa manera de obligar a los interlocutores a una perpetua invención. Se encoge de hombros:
—Sí, hombre he cambiado —dice secamente—, he cambiado del todo. Ya no soy la misma persona. Pensé que te darías cuenta a la primera ojeada. Y vienes a hablarme de la Historia de Michelet.
Se me planta delante:
—Vamos a ver si este hombre es tan inteligente como lo asegura. Busca: ¿en qué he cambiado?
Vacilo; Anny golpea con el pie, todavía sonriente pero sinceramente irritada.
—En otro tiempo había algo que te resultaba un suplicio. Por lo menos tú lo afirmabas. Y ahora se acabó, ha desaparecido. Deberías notarlo. ¿Acaso no te sientes más cómodo?
No me atrevo a responderle que no; estoy, como antes, sentado en la punta de la silla, cuidando de evitar emboscadas, de conjurar inexplicables cóleras. Ella ha vuelto a sentarse.
—Bueno —dice meneando la cabeza—, si no comprendes es que has olvidado muchas cosas. Todavía más de lo que yo pensaba. Vamos a ver: ¿recuerdas tus fechorías de antes? Venías, hablabas, te ibas: todo a destiempo. Imagina que nada hubiera cambiado: tú entrarías, habría máscaras y chales en la pared, yo estaría sentada en la cama y te diría: (echa la cabeza hacia atrás, dilata la nariz y habla con voz teatral, como burlándose de sí misma) “Bueno, ¿qué esperas? Siéntate”. Y naturalmente, evitaría cuidadosamente decirte: salvo en el sillón junto a la ventana.
—Me tendías trampas.
—No eran trampas... Entonces, naturalmente, hubieras ido derecho a sentarte allí.
—¿Y qué me hubiera sucedido? —digo volviéndome y mirando el sillón con curiosidad. Es de apariencia ordinaria, tiene un aire paternal y confortable.
—Sólo cosas malas —responde Anny brevemente.
No insisto; Anny siempre se ha rodeado de objetos tabú.
—Creo —le digo de golpe— que adivino algo. Pero sería tan extraordinario. Espera, déjame buscar: sí, este cuarto está desmantelado. Me harás la justicia de reconocer que lo observé en seguida. Bueno, hubiera entrado, habría visto las máscaras en las paredes, y los chales y todo eso. El hotel se detenía siempre en tu puerta. Tu cuarto era otra cosa... No hubieras venido a abrirme. Te hubiera descubierto agazapada en un rincón, quizá sentada en el suelo sobre aquella moqueta roja que llevabas siempre contigo, mirándome sin indulgencia, aguardando... Apenas pronunciara yo una palabra, apenas hiciera un gesto y recobrara la respiración, tú fruncirías las cejas y yo me sentiría profundamente culpable sin saber por qué. Después habría acumulado una torpeza tras otra, me hubiera hundido en mi falta...
—¿Cuántas veces sucedió eso?
—Cien veces.
—¡Por lo menos! ¿Eres más hábil, más fino ahora?
—¡No!
—Me gusta oírte decirlo. ¿Entonces?
—Entonces es que ya no hay...
—¡Ah, ah! —exclama con voz teatral— ¡Apenas se atreve a creerlo!
Prosigue dulcemente:
—Bueno, puedes creérmelo: ya no hay más.
—¿No más momentos perfectos?
—No.
Estoy estupefacto. Insisto.
—En fin, tú no... ¿Se acabaron aquellas... tragedias, aquellas tragedias instantáneas en que las máscaras, los chales, los muebles y yo mismo teníamos cada uno nuestro pequeño papel, y tú uno grande?
Sonríe.
—¡Ingrato! A veces le di papeles más importantes que el mío, pero él no se lo sospechó. Bueno, sí, se acabaron. ¿Te sorprende mucho?
—¡Ah, sí, estoy sorprendido! Creí que eso formaba parte de ti misma, que si te lo quitaban sería como si te arrancaran el corazón.
—Yo también lo creí —dice como si no lamentara nada. Agrega con una especie de ironía que me hace una impresión muy desagradable: — Pero ya ves que puedo vivir sin eso.
Ha entrecruzado los dedos y sujeta una de las rodillas con sus manos. Mira al aire con una vaga sonrisa que le rejuvenece todo el rostro. Parece una chiquilla gorda, misteriosa y satisfecha.
—Sí, estoy contenta de que sigas siendo el mismo. Si te hubieran mudado de sitio, pintado de nuevo, clavado al borde de otro camino, no tendría nada fijo para orientarme. Me eres indispensable; yo cambio, queda convenido que tú permaneces inmutable y mido mis cambios en comparación contigo.
A pesar de todo me siento un poco mortificado.
—Bueno, es muy inexacto —digo con vivacidad—, al contrario, he evolucionado totalmente los últimos tiempos, y en el fondo...
—¡Oh —dice con un desprecio aplastante—, cambios intelectuales! Yo he cambiado hasta el blanco de los ojos.
Hasta el blanco de los ojos... ¿Qué hay en su voz, que me trastorna? ¡De todos modos doy un salto brusco! Dejo de mirar a una Anny desaparecida. Es esta mujer, esta mujer gorda de aspecto arruinado la que me conmueve y a quien amo.
—Tengo una especie de certeza... física. Siento que no hay momentos perfectos. Lo siento hasta en las piernas cuando camino. Lo siento todo el tiempo, hasta cuando duermo. No puedo olvidarlo. Nunca hubo nada que fuera como una revelación; no puedo decir: a partir de tal día de tal hora, mi vida se ha transformado. Pero en la actualidad estoy siempre un poco como si aquello me hubiera sido revelado la víspera. Estoy deslumbrada, incómoda, no me acostumbro. Dice estas palabras con una voz calmosa donde queda un atisbo de orgullo por haber cambiado tanto. Se balancea en el cajón con una gracia extraordinaria. Ni una vez desde que entré se ha parecido tanto a la Anny de antes, de Marsella. Me ha atrapado de nuevo, he vuelto a sumergirme en su extraño universo, más allá del ridículo, de la afectación, de la sutileza. Hasta he recuperado aquella ligera fiebre que me agitaba siempre en su presencia y aquel gusto amargo en el fondo de la boca.
Anny desanuda las manos y suelta la rodilla. Se calla. Es un silencio concertado, como cuando en la ópera la escena permanece vacía exactamente durante siete compases de orquesta. Bebe el té. Después deja la taza y se mantiene rígida apoyando las manos cerradas en el borde del cajón. -
De improviso hace aparecer en su cara el soberbio rostro de Medusa que yo amaba tanto, hinchado de odio, torcido, venenoso. Anny no cambia de expresión, cambia de rostro, como los actores antiguos cambiaban de máscara; de golpe. Y cada una de estas máscaras está destinada a crear la atmósfera, a dar el tono de lo que seguirá. Aparece y se mantiene sin modificarse mientras Anny habla. Después cae, se desprende de ella.
Me mira fijo sin demostrar verme. Hablará. Espero un discurso trágico, a la altura de la dignidad de su máscara, un canto fúnebre.
Dice una sola palabra;
—Me sobrevivo..
E1 acento no corresponde para nada al rostro. No es trágico, es... horrible; expresa una desesperación seca, sin lágrimas, sin piedad. Sí, hay en ella algo irremediablemente agostado.
La máscara cae, Anny sonríe.
—No estoy nada triste. A menudo sentí asombro, pero me equivocaba: ¿por qué había de estar triste? En otros tiempos fui capaz de pasiones bastante hermosas. Odié apasionadamente a mi madre. Además a ti —dice con desafío— te amé apasionadamente.
Espera una réplica. No digo nada.
—Todo eso se acabó, por supuesto.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Lo sé. Sé que nunca más encontraré nada ni nadie que me inspire pasión. Tú sabes que ponerse a querer a alguien es una hazaña. Se necesita una energía, una generosidad, una ceguera... Hasta hay un momento, al principio mismo; en que es preciso saltar un precipicio; si uno reflexiona, no lo hace. Sé que nunca más saltaré.
—¿Por qué?
Me echa una mirada irónica y no responde.
—Ahora —dice— vivo rodeada por mis pasiones difuntas. Trato de recuperar aquel espléndido furor que me precipitó desde el tercer piso, a los doce años, un día que mi madre me azotó.
Agrega, sin relación aparente, con aire lejano:
—Tampoco es bueno mirar demasiado tiempo los objetos. Los miro para saber qué son y tengo que apartar rápidamente los ojos.
—¿Pero por qué?
—Me desagradan.
¿No se diría?... En todo caso, seguramente hay semejanzas. Ya una vez, en Londres sucedió esto; habíamos pensado separadamente las mismas cosas sobre los mismos temas, casi en el mismo momento. Me gustaría tanto que... Pero el pensamiento de Anny da numerosos rodeos; nunca se está seguro de haberla comprendido del todo. Necesito estar seguro.
—Escucha, quería decirte que jamás supe muy bien lo que eran los momentos perfectos; nunca me lo has explicado.
—Sí, lo sé, no hacías ningún esfuerzo. Eras una estaca a mi lado.
—¡Ay! Yo sé lo que me costó.
—Mereciste todo lo que te ha sucedido, eras muy culpable; me irritabas con tu aire sólido. Parecías decirme: yo soy normal; y te empeñabas en respirar salud, chorreabas salud moral.
—Sin embargo te pedí más de cien veces que me explicaras lo que era un...
—Sí, pero en qué tono —dice colérica—, condescendías a informarte, ésa es la verdad. Lo preguntabas con una amabilidad distraída, como las señoras de edad me preguntaban a qué estaba jugando cuando era chica. En el fondo —continúa soñadora—, me pregunto si no ha sido a ti a quien más he odiado.
Hace un esfuerzo, se recobra y sonríe con las mejillas encendidas todavía. Está muy bella.
—Con mucho gusto te lo explicaré. Ahora soy bastante vieja para hablar sin cólera, a las señoras de edad como tú, de los juegos de mi infancia. Vamos, habla, ¿qué es lo que quieres saber?
—Qué era aquello.
¿Te he hablado de las situaciones privilegiadas?
—¡No lo creo!
—Sí —dice con seguridad—. Fue en Aix, en aquella plaza cuyo nombre ya no recuerdo. Estábamos en el jardín de un café, a pleno sol, bajo sombrillas anaranjadas. ¿No te acuerdas?, bebimos limonada y yo encontré moscas muertas en el azúcar en polvo.
—Ah, sí, tal vez...
—Bueno, te hablé de eso en aquel café. A propósito de la gran edición de la Historia de Michelet, la que yo poseía cuando era chica. Era mucho más grande que ésta y las hojas tenían un color desvaído como el interior de un hongo, y olían a hongo. A la muerte de mi padre, mi tío Joseph les echó mano y se llevó todos los volúmenes. Fue aquel día cuando lo llamé viejo cochino, y mi madre me azotó y salté por la ventana.
—Sí, sí... has de haberme hablado de esa Historia de Francia... ¿No la leías en un desván? Mira, me acuerdo. Ya ves que eras injusta hace un momento cuando me acusabas de haberlo olvidado todo.
—Calla. Me llevaba, como muy bien has recordado, esos enormes libros al desván. Tenían muy pocas figuras, quizá tres o cuatro por volumen. Pero cada una ocupaba, sola, una gran página, una página con el reverso en blanco. Esto me hacía mucho efecto porque en las otras hojas el texto estaba distribuido en dos columnas para ganar espacio. Mi amor por esos grabados era extraordinario; los conocía todos de memoria, y cuando releía un libro de Michelet los esperaba con cincuenta páginas de anticipación; siempre me parecía un milagro encontrarlos. Y además había un refinamiento: la escena representada nunca se relacionaba con el texto de las páginas vecinas; había que buscar el acontecimiento treinta páginas más lejos.
—Te lo suplico, háblame de los momentos perfectos.
—Te hablo de las situaciones privilegiadas. Eran aquéllas representadas en los grabados. Yo las llamaba privilegiadas; me decía que debían de tener una importancia muy grande para que hubieran accedido a ponerlas como tema de aquellas imágenes tan escasas. Las habían escogido entre todas, ¿comprendes?, y sin embargo, muchos episodios tenían un valor plástico más grande, otros más interés histórico. Por ejemplo, para todo el siglo dieciséis había sólo tres imágenes: una para la muerte de Enrique II, otra para el asesinato del duque de Guisa y otra para la entrada de Enrique IV en París. Entonces me imaginé que estos acontecimientos tenían un carácter particular. Además, los grabados me confirmaban en esta idea: el dibujo era rústico, los brazos y las piernas nunca estaban bien unidos al tronco. Pero era algo lleno de grandeza. En el asesinato del duque de Guisa, por ejemplo, los espectadores manifiestan su estupor y su indignación tendiendo todos las palmas hacia adelante y apartando la cabeza: es muy hermoso, parece un coro. Y no creas que habían olvidado los detalles divertidos o anecdóticos. Se veían pajes cayendo al suelo, perritos que huían, bufones sentados en los peldaños del trono. Pero todos esos detalles estaban tratados con tanta grandeza e inhabilidad, que armonizaban perfectamente con el resto de la imagen; no creo haber visto cuadros con una unidad tan rigurosa. Bueno, de ahí procedieron.
—¿Las situaciones privilegiadas?
—En fin, la idea que me hacía de ellas. Eran situaciones que tenían una calidad rara y preciosa, estilo si quieres. Ser rey, por ejemplo, cuando yo tenía ocho años me parecía una situación privilegiada. O morir. Te ríes, pero había tanta gente dibujada en el momento de su muerte, hay tantos que han pronunciado palabras sublimes en ese momento, que yo creía de buena fe... en fin, pensaba que al entrar en agonía uno se veía trasportado sobre sí mismo. Además, bastaba estar en el aposento de un muerto: como la muerte era una situación privilegiada, algo emanaba de ella y se comunicaba a todas las personas presentes. Una especie de grandeza. Cuando mi padre murió, me hicieron subir a su cuarto para verlo por última vez. Al subir la escalera era muy desdichada, pero también estaba como ebria de una especie de alegría religiosa; al fin entraba en una situación privilegiada. Me apoyé en la pared, intenté hacer los gestos que correspondían. Pero mi tía y mi madre, arrodilladas al borde del lecho, lo estropeaban todo con sus sollozos.
Dice estas palabras de mal humor, como si el recuerdo fuera punzante todavía. Se interrumpe; con la mirada fija, las cejas levantadas, aprovecha la ocasión para revivir la escena una vez más.
—Más tarde amplié todo esto; le agregué primero una situación nueva: el amor (quiero decir el acto del amor). Mira, si nunca comprendiste por qué me negaba a... a algunas de tus peticiones, es una ocasión para comprenderlo: para mí había algo que salvar. Y me dije que debía de haber muchas más situaciones privilegiadas; finalmente admití una infinidad.
—Sí, pero al fin, ¿qué eran?
—Bueno, ya te lo he dicho —dice con asombro—, hace un cuarto de hora que te lo estoy explicando.
—¿Pero era preciso sobre todo que la gente fuera muy apasionada, que sintiera arrebatos de odio o amor, por ejemplo; o el aspecto exterior del acontecimiento tenía que ser grande, quiero decir, lo que se puede ver... ?
—Las dos cosas... según —responde de mala gana.
—¿Y los momentos perfectos? ¿Qué vienen a hacer aquí?
—Llegan después. Primero están los signos anunciadores. Después, la situación privilegiada, lenta, majestuosamente entra en la vida de las personas. Entonces se plantea la cuestión de saber si uno quiere convertirla en momento perfecto.
—Sí —digo—, he comprendido. En cada una de las situaciones privilegiadas hay que realizar ciertos actos, adoptar ciertas actitudes, decir ciertas palabras, y otras actitudes, otras palabras están estrictamente prohibidas. ¿Es así?
—Si tú quieres...
—En suma, la situación es la materia; ésta exige un tratamiento.
—Así es —dice Anny—; ante todo era preciso estar sumido en algo excepcional y sentir que uno imponía orden allí. Si se hubieran realizado todas esas condiciones, el momento habría sido perfecto.
—En suma, era una especie de obra de arte.
—Ya me lo has dicho —replica irritada—. Pero no: era un... deber. Había que transformar las situaciones privilegiadas en momentos perfectos. Era una cuestión moral. Sí, puedes reírte: moral.
No me río.
—Escucha —le digo espontáneamente—, también yo voy a reconocer mis errores. Nunca te comprendí bien, nunca intenté sinceramente ayudarte. Si hubiera sabido...
—Gracias, muchas gracias —dice, irónica—. Creo que no esperarás gratitud por estos remordimientos tardíos. Además no te lo reprocho; nunca te expliqué nada claramente, estaba atada, no podía hablar de esto con nadie, ni siquiera contigo, sobre todo contigo. Siempre había algo que sonaba falso en aquellos momentos. Yo estaba como extraviada. Sin embargo, tenía la impresión de hacer todo lo que podía.
—¿Pero qué era lo que había que hacer? ¿Qué actos?
—Qué tonto eres, no se pueden dar ejemplos; depende.
—Pero cuéntame lo que intentabas hacer.
—No, no tengo interés en hablar de eso. Pero si quieres, hay una historia que me llamó mucho la atención cuando iba a la escuela. Era un rey que había perdido una batalla y había caído prisionero. Estaba en un rincón, en el campo del vencedor. Ve pasar a su hijo y a su hija encadenados. No llora, no dice nada. Después ve pasar, encadenado también, a uno de sus servidores. Entonces empieza a gemir y a arrancarse los cabellos. Tú mismo puedes inventar ejemplos. Ves: hay casos en que no se debe llorar, si no, uno es inmundo. Pero si dejas caer un leño en tu pie, puedes hacer lo que quieras: gimotear, llorar, saltar sobre el otro pie. Lo estúpido sería mantenerse todo el tiempo estoico; sería agotarse para nada.
Sonríe:
—Otras veces era preciso ser más que estoico. ¿No recuerdas, naturalmente, la primera vez que te besé?
—Sí, muy bien —digo triunfante—, fue en los jardines de Kiew, a orillas del Támesis.
—Pero lo que nunca supiste es que estaba sentada sobre unas ortigas; se me había levantado el vestido, tenía los muslos llenos de pinchazos y al menor movimiento, nuevos pinchazos. Bueno, allí no hubiera bastado el estoicismo. Tú no me turbabas nada, no sentía un deseo particular de tus labios; el beso que iba a darte era de una importancia mucho mayor, era un compromiso, un pacto. Entonces, ¿comprendes?, el dolor resultaba impertinente, no me era permitido pensar en mis muslos en un momento como aquél. No bastaba ocultar mi padecimiento; era preciso no padecerlo.
Me mira con orgullo, muy sorprendida aún por lo que hizo:
—Durante más de veinte minutos, todo el tiempo que insistías para conseguir ese beso que estaba decidida a darte, durante todo el tiempo en que me hice rogar —porque era preciso dártelo según los cánones— llegué a anestesiarme por completo. Dios sabe, sin embargo, que tengo la piel sensible: no sentí nada hasta que nos levantamos.
Es eso, exactamente eso. No hay aventuras, no hay momentos perfectos... hemos perdido las mismas ilusiones, hemos seguido los mismos caminos. Adivino el resto, hasta puedo tomar la palabra en su lugar y decir yo mismo lo que le falta decir:
—¿Y entonces te diste cuenta de que siempre había buenas mujeres llorando, o un tipo pelirrojo, o cualquier otro para estropear tus efectos?
—Sí, naturalmente —dice sin entusiasmo.
—¿No es eso?
—Oh, a la larga hubiera podido resignarme a las torpezas de un pelirrojo. Después de todo era bondad mía interesarme en la manera de representar los otros su papel... No, es más bien...
—¿Qué no hay situaciones privilegiadas?
—Eso es. Yo creía que el odio, el amor o la muerte bajaban sobre nosotros como las lenguas de fuego del Viernes Santo. Creía que era posible resplandecer de odio o de muerte. ¡Qué error! Sí, realmente, pensaba que existía “el Odio”, que venía a posarse en la gente y a elevarla sobre sí misma. Naturalmente, sólo existo yo, yo que odio, yo que amo, Y entonces soy siempre la misma cosa, una pasta que se estira, se estira... y es siempre tan igual que uno se pregunta cómo se le ha ocurrido a la gente inventar nombres, hacer distinciones.
Piensa como yo. Tengo la impresión de no haberla dejado nunca.
—Escucha bien —le digo—, desde hace un momento pienso en una cosa que me gusta mucho más que el papel de mojón que tan generosamente me has concedido, y es que hemos cambiado al mismo tiempo y de la misma manera. Prefiero esto, ¿sabes?, a ver que te alejas cada vez más y estar condenado a señalar eternamente tu punto de partida. Yo había venido a contarte todo lo que me has contado, con otras palabras, es cierto. Nos encontramos a la llegada. No puedo decirte cuánto placer me causa.
—¿Sí?—me dice dulcemente pero con aire terco—; bueno, con todo yo hubiera preferido que no cambiaras; era más cómodo. No soy como tú; más bien me desagrada saber que alguien ha pensado las mismas cosas que yo. Además, has de equivocarte.
Le cuento mis aventuras, le hablo de la existencia, acaso demasiado tiempo. Escucha con aplicación; tiene los ojos muy abiertos, las cejas altas
Cuando termino, parece aliviada.
—Bueno, pero no piensas lo mismo que yo. Te quejas porque las cosas no se disponen a tu alrededor como un ramillete de flores, sin tomarte la molestia de hacer nada. Pero yo nunca he pedido tanto: quería obrar. Cuando representábamos el aventurero y la aventurera, tú eras aquél a quien suceden aventuras, yo la que las hace suceder. Decía: “Soy un hombre de acción”. ¿Recuerdas:” Bueno, ahora digo simplemente: no se puede ser un hombre de acción.
Es preciso admitir que no la he convencido, pues se anima y prosigue con más fuerza:
—Y además hay un montón de cosas que no te he dicho porque serían demasiado largas de explicar. Por ejemplo: hubiera sido necesario que, en el momento mismo de obrar, pudiera decirme que mi acto tendría consecuencias... fatales. No logro explicarte bien...
—Pero es completamente inútil —digo con un aire bastante pedante—, eso también lo he pensado.
Me mira con desconfianza.
—De creerte, lo habrías pensado todo de la misma manera que yo; me asombras mucho.
No puedo convencerla, sólo conseguiría irritarla. Me callo. Tengo ganas de tomarla en mis brazos.
De pronto me mira con aire ansioso:
—Y entonces, si has pensado en todo esto, ¿qué puede hacerse?
Bajo la cabeza.
—Yo me... yo me sobrevivo —repite pesadamente.
¿Qué puedo decirle? ¿Acaso conozco motivos para vivir? No estoy desesperado como ella, porque no esperaba gran cosa. Estoy más bien... asombrado frente a esta vida que he recibido para nada. Mantengo baja la cabeza, no quiero ver el rostro de Anny en este momento.
—Viajo —prosigue con voz lúgubre—; vengo de Suecia. Me detuve ocho días en Berlín. Está ese tipo que me mantiene....
Tomarla en mis brazos... ¿Para qué? ¿No puedo nada por ella? Está sola como yo.
Me dice, con voz un poco más alegre:
—¿Qué estás refunfuñando ?
Levanto los ojos. Anny me mira con ternura.
—Nada. Pensaba solamente en algo.
—¡Oh, misterioso personaje! Bueno, habla o cállate, pero elige.
Le hablo del Rendez-vous des Cheminots, del viejo rag-time que hago poner en el fonógrafo, de la extraña felicidad que me proporciona.
—Me preguntaba si por ese lado no se podría encontrar o buscar...
No responde nada, creo que no se ha interesado mocho en lo que le dije.
Sin embargo, continúa, al cabo de un instante, y no sé si prosigue sus pensamientos o si es una respuesta a lo que acabo de decirle.
—Los cuadros, las estatuas son inutilizables: hermosas frente a mí. La música...
—Pero en el teatro...
—Bueno, ¿en el teatro qué? ¿Quieres enumerar todas las bellas artes?
—¡En otros tiempos decías que deseabas hacer teatro porque en escena debían realizarse momentos perfectos!
—Sí, los he realizado, para los demás. Yo estaba en el polvo, en la corriente de aire, bajo luces crudas, entre telones de cartón. En general tenía por compañero a Thorndyke. Creo que lo has visto representar en Covent Garden. Siempre tenía miedo de soltarle una carcajada en las narices.
—¿Pero nunca te posesionabas del papel?
—Un poco, por momentos; jamás con mucha fuerza. Lo esencial para todos nosotros era el agujero negro, exactamente adelante, en cuyo fondo había gente a la que no veíamos; a aquellos, evidentemente, se les presentaba un momento perfecto. Pero no vivían dentro; se desenvolvía delante de ellos. ¿Y piensas que nosotros, los actores, vivíamos dentro? Al final no estaba en ninguna parte, ni de un lado ni del otro de las candilejas, no existía; y sin embargo todo el mundo pensaba en él. Entonces, ¿comprendes?, lo mandé todo a pasear.
—Yo intenté escribir aquel libro...
Me interrumpe.
—Vivo en el pasado. Vuelvo a tomar todo lo que me ha sucedido y lo arreglo. De lejos, así, no está mal, uno casi se dejaría posesionar. Toda nuestra historia es bastante buena. Le doy unos toques y sale una serie de momentos perfectos. Entonces cierro los ojos y trato de imaginarme que vivo todavía dentro. También tengo otros personajes... Hay que saber concentrarse. ¿Sabes qué he leído? Los Ejercicios espirituales de Loyola. Me ha sido muy útil. Tiene una manera de colocar primero el decorado, y de presentar luego los personajes. Una llega a ver —agrega con aire maniaco.
—Bueno, eso no me satisfaría nada —digo.
—¿Crees que me satisface?
Permanecimos un momento silenciosos. Cae la noche; distingo apenas la mancha pálida de su rostro. Su vestido negro se confunde con la sombra que invade la habitación. Maquinalmente tomo la taza donde queda todavía un poco de té y la llevo a los labios. El té está frío. Tengo ganas de fumar, pero no me atrevo. Siento la impresión penosa de que no tenemos más nada que decirnos. Todavía ayer pensaba hacerle tantas preguntas: ¿dónde había estado, qué había hecho, a quién había conocido? Pero esto me interesaba sólo en la medida en que Anny se hubiera entregado con toda el alma. Ahora perdí la curiosidad: todos los países, todas las ciudades por donde ha pasado, todos los hombres que le han hecho la corte y que quizá ella ha amado, todo eso no importa, todo eso le es en el fondo tan indiferente: pequeños destellos de sol en la superficie de un mar oscuro y frío. Anny está frente a mí, hacía cuatro años que no nos veíamos, y no tenemos nada más que decirnos.
—Ahora —dice Anny de golpe— debes marcharte. Espero a alguien.
—¿Esperas?...
—No, espero a un alemán, un pintor.
Se echa a reír. Esa risa suena extrañamente en la habitación oscura.
—Mira, ahí tienes a uno que no es como nosotros, todavía. Obra, se gasta.
Me levanto de mala gana.
—¿Cuándo volveré a verte?
—No sé, salgo mañana a la noche para Londres.
—¿Por Dieppe?
—Sí, y creo que después iré a Egipto. Quizá pasaré por París el próximo invierno; te escribiré.
—Mañana estoy libre todo el día —le digo tímidamente.
—Sí, pero yo tengo mucho que hacer —responde con voz seca—. No, no puedo verte. Te escribiré desde Egipto. Sólo tienes que darme tu dirección.
—Es ésta.
Garabateo mi dirección en la penumbra, en un trozo de sobre. Tendré que avisar en el hotel Printania que me envíen las cartas, cuando me vaya de Bouville. En el fondo, sé que no escribirá. Tal vez la veré dentro de diez años. Tal vez sea la última vez que la veo. No estoy simplemente abrumado porque la dejo; tengo un miedo horrible de volver a mi soledad.
Anny se levanta; en la puerta me besa ligeramente en la boca.
—Para acordarme de tus labios —dice sonriendo—. Tengo que rejuvenecer mis recuerdos para mis “Ejercicios espirituales”.
La tomo del brazo y la acerco a mí. No resiste, pero dice que no con la cabeza.
—No. Ya no hay interés. No es posible empezar de nuevo... Y además, para lo que se puede hacer con la gente, el primer recién llegado un poco buen mozo vale tanto como tú.
—Pero entonces, ¿qué vas a hacer?
—Ya te lo he dicho, voy a Inglaterra.
—No, quiero decir...
—¡Bueno, nada!
No he soltado sus brazos, le digo dulcemente;
—Y tengo que dejarte después de haberte encontrado.
Ahora distingo claramente su rostro. De pronto se pone pálido y descompuesto. Un rostro de vieja, absolutamente horrible; estoy bien seguro de que no lo ha buscado; está ahí, sin que lo sepa, acaso a pesar suyo.
—No —dice lentamente—, no. No me has encontrado.
Desprende sus brazos. Abre la puerta. El corredor está bañado de luz.
Anny se echa a reír.
—¡Pobre! No tiene suerte. La primera vez que interpreta bien su papel, nadie se lo agradece. Vamos, vete.
Oigo cerrarse la puerta a mis espaldas.

miércoles, 16 de marzo de 2011

“EL SILENCIO DE LAS SIRENAS” (Franz Kafka)

Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba:
Para guardarse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con inocente alegría.
Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.
En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas les hizo olvidar toda canción.
Ulises, (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él se hallaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.
Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.
Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.
La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.

viernes, 4 de marzo de 2011

Capítulo 37 de Rayuela (Julio Cortázar)




Le daba rabia llamarse Traveler, él que nunca se había movido de la Argentina como no fuera para cruzar a Montevideo y una vez a Asunción del Paraguay, metrópolis recordadas con soberana indiferencia. A los cuarenta años seguía adherido a la calle Cachimayo, y el hecho de trabajar como gestor y un poco de todo en el circo «Las Estrellas» no le daba la menor esperanza de recorrer los caminos del mundo more Barnum; la zona de operaciones del circo se extendía de Santa Fe a Carmen de Patagones, con largas recaladas en la capital federal, La Plata y Rosario. Cuando Talita, lectora de enciclopedias, se interesaba por los pueblos nómadas y las culturas trashumantes, Traveler gruñía y hacía un elogio insincero del patio con geranios, el catre y el no te salgás del rincón donde empezó tu existencia. Entre mate y mate sacaba a relucir una sapiencia que impresionaba a su mujer, pero se lo veía demasiado dispuesto a persuadir. Dormido se le escapaban algunas veces vocablos de destierro, de desarraigo, de tránsitos ultramarinos, de pasos aduaneros y alidadas imprecisas. Si Talita se burlaba de él al despertar, empezaba por darle de chirlos en la cola, y después se reían como locos y hasta parecía como si la autotraición de Traveler les hiciera bien a los dos. Una cosa había que reconocer y era que, a diferencia de casi todos sus amigos, Traveler no le echaba la culpa a la vida o a la suerte por no haber podido viajar a gusto. Simplemente se bebía una ginebra de un trago, y se trataba a sí mismo de cretinacho.

—Por supuesto, yo soy el mejor de sus viajes —decía Talita cuando se le presentaba la oportunidad— pero es tan tonto que no se da cuenta. Yo, señora, lo he llevado en alas de la fantasía hasta el borde mismo del horizonte.

La señora así interpelada creía que Talita hablaba en serio, y contestaba dentro de la línea siguiente:

—Ah, señora, los hombres son tan incomprensibles (sic por incomprensivos).

O:

—Créame, lo mismo somos yo y mi Juan Antonio. Siempre se lo digo, pero él como si llovería.

O:

—Cómo la comprendo, señora. La vida es una lucha.

O:

—No se haga mala sangre, doña. Basta la salud y un pasar.

Después Talita se lo contaba a Traveler, y los dos se retorcían en el piso de la cocina hasta destrozarse la ropa. Para Traveler no había nada más prodigioso que esconderse en el water y escuchar, con un pañuelo o una camiseta metidos en la boca, cómo Talita hacía hablar a las señoras de la pensión «Sobrales» y a algunas otras que vivían en el hotel de enfrente. En los ratos de optimismo, que no le duraban mucho, planeaba una pieza de radioteatro para tomarles el pelo a esas gordas sin que se dieran cuenta, forzándolas a llorar copiosamente y sintonizar todos los días la audición. Pero de todas maneras no había viajado, y era como una piedra negra en el medio de su alma.

—Un verdadero ladrillo —explicaba Traveler, tocándose el estómago.

—Nunca vi un ladrillo negro —decía el Director del circo, confidente eventual de tanta nostalgia.

—Se ha puesto así a fuerza de sedentarismo. ¡Y pensar que ha habido poetas que se quejaban de ser heimatlos, Ferraguto!

—Hábleme en castilla, che —decía el Director a quien el invocativo dramáticamente personalizado producía un cierto sobresalto.

—No puedo, Dire murmuraba Traveler, disculpándose tácitamente por haberlo llamado por su nombre—. Las bellas palabras extranjeras son como oasis, como escalas. ¿Nunca iremos a Costa Rica? ¿A Panamá, donde antaño los galeones imperiales...? ¡Gardel murió en Colombia, Dire, en Colombia!

—Nos falta el numerario, che —decía el Director, sacando el reloj—. Me voy al hotel que mi Cuca debe estar que brama.

Traveler se quedaba solo en la oficina y se preguntaba cómo serían los atardeceres en Connecticut. Para consolarse pasaba revista a las cosas buenas de su vida. Por ejemplo, una de las buenas cosas de su vida había sido entrar una mañana de 1940 en el despacho de su jefe, en Impuestos Internos, con un vaso de agua en la mano. Había salido cesante, mientras el jefe se absorbía el agua de la cara con un papel secante. Esa había sido una de las buenas cosas de su vida, porque justamente ese mes iban a ascenderlo, así como casarse con Talita había sido otra buena cosa (aunque los dos sostuvieran lo contrario) puesto que Talita estaba condenada por su diploma de farmacéutica a envejecer sin apelación en el esparadrapo, y Traveler se había apersonado a comprar unos supositorios contra la bronquitis, y de la explicación que había solicitado a Talita el amor había soltado sus espumas como el shampoo bajo la ducha. Incluso Traveler sostenía que se había enamorado de Talita exactamente en el momento en que ella, bajando los ojos, trataba de explicarle por qué el supositorio era más activo después y no antes de una buena evacuación del vientre.

—Desgraciado —decía Talita a la hora de las rememoraciones—. Bien que entendías las instrucciones, pero te hacías el sonso para que yo te lo tuviera que explicar.

—Una farmacéutica está al servicio de la verdad, aunque se localice en los sitios más íntimos. Si supieras con qué emoción me puse el primer supositorio esa tarde, después de dejarte. Era enorme y verde.

—El eucaliptus —decía Talita—. Alegrate de que no te vendí esos que huelen a ajo a veinte metros.

Pero de a ratos se quedaban tristes y comprendían vagamente que una vez más se habían divertido como recurso extremo contra la melancolía porteña y una vida sin demasiado (¿Qué agregar a «demasiado»? Vago malestar en la boca del estómago, el ladrillo negro como siempre).

Talita explicándole las melancolías de Traveler a la señora de Gutusso:

—Le agarra a la hora de la siesta, es como algo que le sube de la pleura.

—Debe ser alguna inflamación de adentro —dice la señora de Gutusso—. El pardejón, que le dicen.

—Es del alma, señora. Mi esposo es poeta, créame.

Encerrado en el water, con una toalla contra la cara, Traveler llora de risa.

—¿No será alguna alergia, que le dicen? Mi nene el Vítor, usted lo ve jugando ahí entre los malvones y es propiamente una flor, créame, pero cuando le agarra la alergia al apio se pone que es un cuasimodo. Mire, se le van cerrando esos ojitos tan negros que tiene, la boca se le hincha que parece un sapo, y al rato ya no puede ni abrir los dedos de los pies.

—Abrir los dedos de los pies no es tan necesario —dice Talita.

Se oyen los rugidos ahogados de Traveler en el water, y Talita cambia rápidamente de conversación para despistar a la señora de Gutusso. Por lo regular Traveler abandona su escondite sintiéndose muy triste, y Talita lo comprende. Habrá que hablar de la comprensión de Talita. Es una comprensión irónica, tierna, como lejana. Su amor por Traveler está hecho de cacerolas sucias, de largas vigilias, de una suave aceptación de sus fantasías nostálgicas y su gusto por los tangos y el truco. Cuando Traveler está triste y piensa que nunca ha viajado (y Talita sabe que eso no le importa, que sus preocupaciones son más profundas) hay que acompañarlo sin hablar mucho, cebarle mate, cuidar de que no le falte tabaco, cumplir el oficio de mujer cerca del hombre pero sin taparle la sombra, y eso es difícil. Talita es muy feliz con Traveler, con el circo, peinando al gato calculista antes de que salga a escena, llevando las cuentas del Director. A veces piensa modestamente que está mucho más cerca que Traveler de esas honduras elementales que lo preocupan, pero toda alusión metafísica la asusta un poco y termina por convencerse de que él es el único capaz de hacer la perforación y provocar el chorro negro y aceitoso. Todo eso flota un poco, se viste de palabras o figuras, se llama lo otro, se llama la risa o el amor, y también es el circo y la vida para darle sus nombres más exteriores y fatales y no hay tu tía.

A falta de lo otro, Traveler es un hombre de acción. La califica de acción restringida porque no es cosa de andarse matando. A lo largo de cuatro décadas ha pasado por etapas fácticas diversas: fútbol (en Colegiales, centrofoward nada malo), pedestrismo, política (un mes en la cárcel de Devoto en 1934), cunicultura y apicultura (granja en Manzanares, quiebra al tercer mes, conejos apestados y abejas indómitas), automovilismo (copiloto de Marimón, vuelco en Resistencia, tres costillas rotas), carpintería fina (perfeccionamiento de muebles que se remontan al cielo raso una vez usados, fracaso absoluto), matrimonio y ciclismo en la avenida General Paz los sábados, en bicicleta alquilada. La urdidumbre de esa acción es una biblioteca mental surtida, dos idiomas, pluma fácil, interés irónico por la soteriología y las bolas de cristal, tentativa de creación de una mandrágora plantando una batata en una palangana con tierra y esperma, la batata criándose al modo estentóreo de las batatas, invadiendo la pensión, saliéndose por las ventanas, sigilosa intervención de Talita armada de unas tijeras, Traveler explorando el tallo de la batata, sospechando algo, renuncia humillada a la mandrágora fruto de horca, Alraune, rémoras de infancia. A veces Traveler hace alusiones a un doble que tiene más suerte que él, y a Talita, no sabe por qué, no le gusta eso, lo abraza y lo besa inquieta, hace todo lo que puede para arrancarlo a esas ideas. Entonces se lo lleva a ver a Marilyn Monroe, gran favorita de Traveler, y-tasca-el-freno de unos celos puramente artísticos en la oscuridad del cine Presidente Roca.