miércoles, 29 de junio de 2011

Milan Kundera - La Insoportable Levedad del Ser

(Pequeño diccionario de palabras incomprendidas (primera parte).

MUJER: ser mujer era para Sabina un sino que no había elegido. Aquello que no ha sido elegido por nosotros no podemos considerarlo ni como un mérito ni como un fracaso. Sabina opina que hay que tener una relación correcta con el sino que nos ha caído en suerte. Rebelarse contra el hecho de haber nacido mujer le parece igual de necio que enorgullecerse de ello.

Una vez, durante uno de sus primeros encuentros, Franz le dijo con especial énfasis: «Sabina, es usted una mujer». No comprendía por qué se lo anunciaba con el gesto jubiloso de Cristóbal Colón viendo por primera vez las costas de América. Más tarde comprendió que la palabra mujer, en la que había puesto un énfasis particular, no significaba para él la denominación de uno de los dos sexos humanos, sino un valor. No todas las mujeres son dignas de ser llamadas mujeres.

Pero si Sabina es para Franz una mujer, ¿qué es entonces para él Marie-Claude, su verdadera esposa? Hace más de veinte años, algunos meses después de conocerse, le amenazó con quitarse la vida si la abandonaba. Franz se quedó prendado de aquella amenaza. Marie-Claude no le gustaba demasiado, pero su amor le parecía maravilloso. Le parecía que no era digno de tan gran amor y que debía inclinarse profundamente ante él.

De modo que se inclinó hasta el suelo y se casó con ella. Pese a que Marie-Claude nunca volvió ya a manifestar tal intensidad de sentimientos como en el momento en que le amenazó con el suicidio, en lo más profundo de él siguió vivo un imperativo: no debe hacerle nunca daño y tiene que valorar a la mujer que hay en ella.

Esta frase es interesante. No decía: valorar a Marie-Claude, sino: valorar a la mujer que hay en Marie-Claude.

Pero si la propia Marie-Claude es mujer, ¿quién es esa otra mujer que se esconde dentro de ella y a la que debe valorar? ¿Es quizá la idea platónica de la mujer?

No. Es su mamá. Nunca se le hubiera ocurrido decir que en su madre valoraba a la mujer. Adoraba a su mamá y no a una mujer que estuviera dentro de ella. La idea platónica de la mujer y la mamá eran la misma cosa.

El tenía doce años cuando el padre de Franz la abandonó repentinamente. El niño supuso que estaba ocurriendo algo grave, pero la mamá veló el drama con palabras neutrales y suaves para no excitarlo. Ese día fueron a la ciudad y al salir de casa Franz se dio cuenta de que la madre llevaba en cada pie un zapato distinto. Se sentía confuso, tenía ganas de advertírselo, pero al mismo tiempo le daba miedo que una advertencia de ese tipo pudiera herirla. Así que pasó dos horas en la ciudad sin poder apartar los ojos de sus zapatos. Aquella vez empezó a entender qué era el sufrimiento.

FIDELIDAD Y TRAICIÓN: la amó desde la infancia hasta el momento en que la acompañó al cementerio, y la amaba hasta en el recuerdo. De ahí nació en él la idea de que la fidelidad es la primera de todas las virtudes; la fidelidad le da unidad a nuestra vida que, de otro modo, se fragmentaría en miles de impresiones pasajeras como si fueran miles de añicos.

Franz le hablaba a Sabina con frecuencia de su madre, quién sabe si hasta con cierta intención subconsciente no del todo desinteresada: suponía que Sabina quedaría subyugada por su capacidad de ser fiel y que de aquel modo la conquistaría.

No sabía que lo que subyugaba a Sabina era la traición y no la fidelidad. La palabra fidelidad le recordaba al padre, un puritano que vivía en una pequeña ciudad y los domingos pintaba para entretenerse puestas de sol en el bosque y rosas en un florero. Gracias a él empezó a pinta r siendo aún una niña. Cuando tenía catorce años, ella se enamoró de un muchacho de la misma edad. El padre se horrorizó y no la dejó salir sola de casa durante todo un año. Un día le enseñó unas reproducciones de cuadros de Picasso y se rió de ellas. Ya que no la dejaban amar a su compañero de clase, al menos se enamoró del cubismo. Después de la reválida, se fue a Praga con la alegre sensación de que por fin tenía la oportunidad de traicionar su hogar.

TRAICIÓN: desde pequeñitos el padre y el maestro nos decían que es lo peor que puede imaginarse. ¿Pero qué es la traición? Traición significa abandonar las propias filas. Traición significa abandonar las propias filas e ir hacia lo desconocido. Sabina no conoce nada más bello que ir hacia lo desconocido.

Estudiaba en la academia de pintura, pero no le estaba permitido pintar como Picasso. Era una época en la que se cultivaba obligatoriamente el llamado realismo socialista y en la escuela se fabricaban retratos de los gobernantes comunistas. Su deseo de traicionar al padre quedó insatisfecho, porque el comunismo no era más que otro padre, igual de severo y de estrecho, que prohibía el amor (era una época puritana) y a Picasso. Se casó con un mal actor de un teatro de Praga sólo porque tenía fama de gamberro y les resultaba inadmisible a los dos padres.

Después murió la madre. Al día siguiente de su regreso a Praga, tras el entierro, recibió un telegrama: el padre no había podido soportar el dolor y se había suicidado.

Le remordía la conciencia: ¿Era algo tan ruin que papá pintase floreros con rosas y no le gustase Picasso? ¿Era tan digno de reproche que tuviese miedo de que su hija volviese a casa, a sus catorce años, embarazada? ¿Era tan ridículo que no fuese capaz de seguir viviendo sin su mujer?

El deseo de traicionar la invadió de nuevo: de traicionar su propia traición. Le comunicó al marido (ya no veía en él a un gamberro, sino tan sólo a un borracho importuno) que lo abandonaba.

Pero, si traicionamos a B, por cuya causa habíamos traicionado a A, de eso no se desprende que nos reconciliemos con A. La vida de la pintora divorciada no se parecía a la vida de sus padres traicionados. La primera traición es irreparable. Produce una reacción en cadena de nuevas traiciones, cada una de las cuales nos distancia más y más del lugar de la traición original.

MÚSICA: para Franz es el arte que más se aproxima a la belleza dionisíaca entendida como embriaguez. Uno no puede embriagarse fácilmente con una novela o un cuadro, pero puede embriagarse con la novena de Beethoven, con la sonata de Bartok para dos pianos y percusión o con las canciones de los Beatles. Franz no distingue entre la llamada música seria y la música moderna.

Esa diferenciación le parece anticuada e hipócrita. Le gusta tanto el rock como Mozart.

Para él la música es una liberación: lo libera de la soledad, del encierro, del polvo de las bibliotecas, abre en su cuerpo una puerta por la que su alma entra al mundo para hermanarse. Le gusta bailar y lamenta que Sabina no comparta esta pasión con él.

Están los dos en un restaurante y mientras comen se oye por los altavoces una sonora música rítmica.

Sabina dice:

— Esto es un círculo vicioso. La gente se vuelve sorda porque pone la música cada vez más alto. Y como se vuelve sorda, no le queda más remedio que ponerla aún más alto.

¿No te gusta la música?le pregunta Franz.

No dice Sabina. Luego añade: Puede que si viviera en otra época... —y piensa en el tiempo en que vivía Johann Sebastian Bach, cuando la música era como una rosa que crecía en una enorme planicie nevada de silencio.

El ruido disfrazado de música la persigue desde su infancia. Cuando estudiaba en la academia de pintura, tuvo que pasar unas vacaciones enteras en la llamada Obra de la Juventud. Vivían en unas habitaciones comunes y trabajaban en la construcción de una siderurgia. La música aullaba desde los altavoces a partir de las cinco de la mañana y hasta las nueve de la noche. Le daban ganas de llorar, pero la música era alegre y era imposible escapar de ella, ni en el retrete, ni en la cama bajo la manta, los altavoces estaban por todas partes. La música era como una jauría de perros de presa que hubieran soltado tras ella.

Entonces pensaba que esta barbarie musical sólo imperaba en el mundo comunista. En el extranjero comprobó que la transformación de la música en ruido es un proceso planetario, mediante el cual la humanidad entra en la fase histórica de la fealdad total. El carácter total de la fealdad se manifestó en primer término como omnipresente fealdad acústica: coches, motos, guitarras eléctricas, taladros, altavoces, sirenas. La omnipresencia de la fealdad visual llegará pronto.

Cenaron, subieron a la habitación, hicieron el amor y a Franz se le confundían las ideas en el umbral del sueño. Se acordó de la ruidosa música durante la cena y pensó: «El ruido tiene una ventaja. No se oyen las palabras». Se dio cuenta de que desde su infancia no hace otra cosa que hablar, escribir, dar conferencias, inventar frases, buscar expresiones, corregirlas, de modo que al final no hay palabras precisas, su sentido se difumina, pierden su contenido y se convierten en residuos, hierbajos, polvo, arena que vaga por su cerebro, que le duele en la cabeza, que es su insomnio, su enfermedad. Y en e se momento sintió el anhelo, oscuro y poderoso, de una música inmensa, de un ruido absoluto, un bullicio hermoso y alegre que lo abrace, lo inunde y lo ensordezca todo y en el que desaparezca para siempre el dolor, la vanidad y el nihilismo de las palabras. ¡La música, la negación de las frases, la música, la antipalabra! Anhelaba estar durante mucho tiempo abrazado a Sabina, callar, no decir ya nunca más una sola frase y dejar que el placer se funda con el estruendo orgiástico de la música. En medio de aquel feliz ruido imaginario se durmió.

LUZ Y OSCURIDAD: para Sabina vivir significa ver. La visión está limitada por una doble frontera: una luz fuerte, que ciega, y la total oscuridad. Posiblemente esto es lo que determina el rechazo de Sabina a cualquier extremismo. Los extremos son la frontera tras la cual termina la vida y la pasión por el extremismo en el arte y en la política es una velada ansia de muerte.

La palabra «luz» no despierta en Franz la imagen de un paisaje sobre el cual descansa el blando resplandor del día, sino la de la fuente de luz en sí; el sol, la lámpara, el reflector. Franz recuerda las conocidas metáforas: el sol de la verdad, el deslumbrante resplandor de la razón, etc...

Al igual que la luz, le atrae la oscuridad. Sabe que en nuestro tiempo se considera ridículo apagar la luz mientras se hace el amor y por eso deja encendida una pequeña lámpara encima de la cama. Pero cuando penetra a Sabina, cierra los ojos. El gozo que le inunda requiere oscuridad. Esa oscuridad es pura, limpia, sin imágenes ni visiones, esa oscuridad no tiene final, no tiene fronteras, esa oscuridad es el infinito que cada uno de nosotros lleva dentro de sí. (¡En efecto, quien busque el infinito, que cierre los ojos!)

En el momento en que siente que el gozo se extiende por su cuerpo, Franz se estira y se diluye en el infinito de su oscuridad, él mismo se vuelve infinito. Pero cuanto mayor se vuelve un hombre en su oscuridad interior, más disminuye en su apariencia externa. Un hombre con los ojos cerrados es una ruina de hombre. A Sabina le desagrada esa visión, no quiere mirar a Franz y por eso cierra también los ojos. Pero esa oscuridad no significa para ella el infinito, sino simplemente la disconformidad con lo que se ve, la negación de lo visto, el rechazo a ver.

martes, 14 de junio de 2011

Jorge Luis Borges - El oro de los tigres.



Tankas*

I

Alto en la cumbre
todo el jardín es luna,
Luna de oro.
Más precioso es el roce
de tu boca en la sombra.

II

La voz del ave
que la penumbra esconde
ha enmudecido.
Andas por tu jardín
algo, lo sé, te falta.


III

La ajena copa,
la espada que fue espada
en otra mano,
la luna de la calle
¿Dime, acaso no bastan?


IV

Bajo la luna
el tigre de oro y sombra
mira sus garras.
No sabe que en el alba
han destrozado a un hombre.


V

Triste la lluvia
que sobre el mármol cae,
triste ser tierra.
Triste no ser los días
del hombre, el sueño, el alba.


VI

No haber caído,
como otros de mi sangre,
en la batalla.
Ser en la vana noche
el que cuenta las sílabas.


Lo perdido

¿Dónde estará mi vida, la que pudo
haber sido y no fue, la venturosa
o la de triste horror, esa otra cosa
que pudo ser la espada o el escudo
y que no fue? ¿Dónde estará el perdido
antepasado persa o el noruego,
Dónde el azar de no quedarme ciego,
Dónde el ancla y el mar, dónde el olvido
de ser quien soy? ¿Dónde estará la pura
Noche que al rudo labrador confía
el iletrado y laborioso día
según lo quiere la literatura?
Pienso también en esa compañera
que me esperaba, y que tal vez me espera.

On his blindness

Indigno de los astros y del ave
que surca el hondo azul, ahora secreto,
de esas líneas que son el alfabeto
que ordenan otros y del mármol grave
cuyo dintel mis ya gastados ojos
pierden en su penumbra, de las rosas
Invisibles y de las silenciosas
multitudes de oros y de rojos
Soy, pero no de las Mil Noches y Una
que abren mares y auroras en mi sombra
Ni de Walt Whitman, ese Adán que nombra
las criaturas que son bajo la luna
Ni de los blancos dones del olvido
Ni del amor que espero y que no pido.

Trece monedas

un poeta oriental

Durante cien otoños he mirado
tu tenue disco
Durante cien otoños he mirado
tu arco sobre las islas
Durante cien otoños mis labios
no han sido menos silenciosos.


el desierto

El espacio sin tiempo.
La luna es del color de la arena
Ahora, precisamente ahora,
Mueren los hombres del Metauro y de Tannenberg.


llueve

¿En qué ayer, en qué patios de Cartago,
cae también esta lluvia?


Asterión

El año me tributa mi pasto de hombres
y en la cisterna hay agua.
En mí se anudan los caminos de piedra
¿De qué puedo quejarme?
En los atardeceres
me pesa un poco la cabeza de toro.


un poeta menor

La meta es el olvido.
Yo he llegado antes.


Génesis, IV, 8

Fue en el primer desierto.
Dos brazos arrojaron una gran piedra.
No hubo un grito. Hubo sangre.
Hubo por primera vez la muerte.
Ya no recuerdo si fui Abel o Caín.


Nortumbria, 900 A. D

Que antes del alba lo despojen los lobos;
La espada es el camino más corto.


Miguel de Cervantes

Crueles estrellas y propicias estrellas
presidieron la noche de mi génesis;
debo a las últimas la cárcel
en que soñé el Quijote.


el oeste

El callejón final con su poniente
Inauguración de la pampa.
Inauguración de la muerte.


estancia el retiro

El tiempo juega un ajedrez sin piezas
en el patio. El crujido de una rama
rasga la noche. Fuera la llanura
leguas de polvo y sueño desparrama.
Sombras los dos, copiamos lo que dictan
otras sombras: Heráclito y Gautama.
el prisionero

Una lima.
La primera de las pesadas puertas de hierro.
Algún día seré libre.


Macbeth

Nuestros actos prosiguen su camino,
que no conoce término.
Maté a mi rey para que Shakespeare
urdiera su tragedia.


eternidades

La serpiente que ciñe el mar y es el mar,
el repetido remo de Jasón, la joven espada de Sigurd.
Sólo perduran en el tiempo las cosas
que no fueron del tiempo.




Un solo hombre ha nacido, un solo hombre ha muerto en la tierra.
Afirmar lo contrario es mera estadística, es una adición imposible.
No menos imposible que sumar el olor de la lluvia y el sueño
que antenoche soñaste.
Ese hombre es Ulises, Abel, Caín, el primer hombre que ordenó
las constelaciones, el hombre que erigió la primer pirámide,
el hombre que escribió los hexagramas del Libro de los Cambios, el
forjador que grabó runas en la espada de Hengist, el arquero
Einar Tamberskelver, Luis de León, el librero que engendró a
Samuel Johnson, el jardinero de Voltaire, Darwin en la proa del Beagle,
un judío en la cámara letal, con el tiempo, tú y yo.
Un solo hombre ha muerto en Ilión, en el Metauro, en Hastings,
en Austerlitz, en Trafalgar, en Gettysburg.
Un solo hombre ha muerto en los hospitales, en barcos, en la ardua soledad, en la alcoba del hábito y del amor.
Un solo hombre ha mirado la vasta aurora.
Un solo hombre ha sentido en el paladar la frescura del agua,
el sabor de las frutas, y de la carne.
Hablo del único, del uno, del que siempre está solo.
El oro de los tigres

Hasta la hora del ocaso amarillo
cuántas veces habré mirado
al poderoso tigre de Bengala
ir y venir por el predestinado camino
detrás de los barrotes de hierro
sin sospechar que eran su cárcel.
El tigre de fuego de Blake;
Después vendrían otros oros,
el metal amoroso que era Zeus,
el anillo que cada nueve noches
engendra nueve anillos y éstos, nueve,
y no hay un fin.
Con los años fueron dejándome
los otros hermosos colores
y ahora sólo me quedan
la vaga luz, la inextricable sombra
y el oro del principio.
Oh ponientes, oh tigres, oh fulgores
del mito y la épica,
oh un oro más precioso, tu cabello
que ansían estas manos.
A un gato

No son más silenciosos los espejos
ni más furtiva el alba aventurera;
Eres, bajo la luna, esa pantera
que no es dado divisar de lejos.
Por obra indescifrable un decreto
divino, te buscamos vanamente;
Más remoto que el Ganges y el poniente,
tuya es la soledad, tuyo el secreto.
Tu lomo condesciende a la morosa
caricia de mi mano. Has admitido,
desde esa eternidad que ya es olvido,
el amor de la mano recelosa.
En otro tiempo estás. Eres el dueño
de un ámbito cerrado como un sueño.

El mar

El mar. El joven mar. El mar de Ulises
y de aquel otro Ulises que la gente
del Islam apodó famosamente
Es-Sindibad del Mar. El mar de grises
olas de Erico el Rojo, alto en su proa,
y el de aquel caballero que escribía
a la vez la epopeya y la elegía
de su patria, en la ciénaga de Goa.
El mar de Trafalgar. El que Inglaterra
cantó a lo largo de su larga historia,
el arduo mar que ensangrentó de gloria
en el diario ejercicio de la guerra.
El incesante mar que en la serena
mañana surca la infinita arena.

Al triste

Ahí está lo que fue: la terca espada
del sajón y su métrica de hierro,
los mares y las islas del destierro
del hijo de Laertes, la dorada
Luna del persa y los sin fin jardines
de la filosofía y de la historia,
el oro sepulcral de la memoria
y en la sombra el olor de los jazmines.
Y nada de eso importa. El resignado
ejercicio del verso no te salva
ni las aguas del sueño, ni la estrella
que en la arrasada noche olvida el alba.
Una sola mujer es tu cuidado,
igual a las demás, pero que es ella.


El amenazado

Es el amor. Tendré que ocultarme o huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.
¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras,
la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte
para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad,
las galerías de la Biblioteca, las cosas comunes, los hábitos,
el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal,
el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo se, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria,
el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.

domingo, 5 de junio de 2011

Los Miserables [Víctor Hugo]

Una mañana estaba en el jardín y oyó que Santos decía:

‑Señor, ¿no habéis observado qué bonita se va poniendo la señorita?

Cosette subió a su cuarto, corrió al espejo y dio un grito de asombro.

¡Era linda! Su tipo se había formado, su cutis había blanqueado, y sus cabellos brillaban; un esplendor desconocido se había encendido en sus ojos azules.

Jean Valjean, por su parte, experimentaba una profunda a indefinible opresión en su corazón.

Era que, en efecto, desde hacía algún tiem­po, contemplaba con terror aquella belleza que se presentaba cada día más esplendorosa. Com­prendió que aquello era un cambio en su vida feliz, tan feliz, que no se atrevía a alterarla en nada por temor a perder algo. Aquel hombre que había pasado por todas las miserias; que aún estaba sangrando por las heridas que le había hecho el destino; que había sido casi mal­vado y que había llegado a ser casi santo; aquel hombre a quien la ley no había perdonado toda­vía y que podía en cualquier momento ser de­vuelto a la prisión, lo aceptaba todo, lo discul­paba todo, lo perdonaba todo, lo bendecía todo, tenía benevolencia para todo, y no pedía a la Providencia, a los hombres, a las leyes, a la sociedad, a la Naturaleza, al mundo, más que una cosa: ¡que Cosette siguiera amándolo! ¡Que Dios no le impidiese llegar al corazón de aque­lla niña y permanecer en él! Si Cosette lo amaba, se sentía sanado, tranquilo, en paz, recompensa­do, coronado. Si Cosette lo amaba era feliz; ya no pedía más.

Nunca había sabido lo que era la belleza de una mujer; pero por instinto comprendía que era una cosa terrible.



miércoles, 13 de abril de 2011

Himno a la belleza (Baudelaire)


¿Vienes del cielo profundo o sales del abismo,
oh Belleza? Tu mirada, infernal y divina,
derrama confusamente la buena acción y el crimen,
y por eso se te puede comparar al vino.

Tus ojos contienen el poniente y la aurora,
irradias perfumes como una tarde de tormenta;
tus besos son un filtro y tu boca un ánfora
que vuelven cobarde al héroe y valiente al niño.

¿Sales de un pozo negro o bajas de los astros?
El Destino hechizado sigue tus polleras como un perro;
siembras al azar la alegría y los desastres,
gobiernas todo y no respondes por nada.

Caminas sobre los muertos, Belleza, y te burlas de ellos;
el Horror no es la menos encantadora de tus joyas,
y el Crimen, entre tus más queridos dijes,
baila amorosamente sobre tu vientre orgulloso.

Una falena va deslumbrada hacia ti, lámpara,
crepita, arde y dice: ¡Bendigamos a esa llama!
El amante que jadea inclinado sobre su querida
parece un moribundo acariciando su tumba.

Que vengas del cielo o del infierno, ¿qué importa,
¡oh Belleza!, ¡monstruo enorme, espantoso, ingenuo!
si tu mirada, tu risa y tu pie, me abren la puerta
de un Infinito que amo y que jamás conocí?

De Satán o de Dios, ¿qué importa?, Angel o Sirena,
¿qué importa, si tú haces -hada de ojos de terciopelo,
ritmo, perfume, fulgor, ¡oh mi única reina!-
menos horrible el universo y menos pesado los instantes?

lunes, 11 de abril de 2011

La soledad (Baudelaire)


Un gacetillero filántropo me dice que la soledad es mala para el hombre; y en apoyo de su tesis cita, como todos los incrédulos, palabras de los padres de la Iglesia.
Sé que el Demonio frecuenta gustoso los lugares áridos, y que el espíritu del asesinato y de la lubricidad se inflama maravillosamente en las soledades. Pero sería posible que esta soledad sólo fuese peligrosa para el alma ociosa y divagadora, que la puebla con sus pasiones y con sus quimeras.
Cierto que un charlatán, cuyo placer supremo consiste en hablar desde lo alto de una cátedra o de una tribuna, correría fuerte peligro al volverse loco furioso en la isla de Robinsón. No exigiré a mi gacetillero las animosas virtudes de Crusoe; pero le pido que no entable acusación contra los enamorados de la soledad y del misterio.
Hay en nuestras razas parlanchinas individuos que aceptarían con menor repugnancia el suplicio supremo si se les permitiera lanzar desde lo alto del patíbulo una copiosa arenga, sin miedo de que los tambores de Santerre les cortasen intempestivamente la palabra.
No los compadezco, porque adivino que sus efusiones oratorias les procuran placeres iguales a los que otros sacan del silencio y del recogimiento; pero los desprecio.
Deseo, ante todo, que mi gacetillero maldito me dejo divertirme a mi gusto. «Pero ¿no siente usted nunca -me dice, en tono nasal archiapostólico- necesidad de compartir sus goces?» ¡Miren el sutil envidioso! ¡Sabe que desdeño los suyos y viene a insinuarse en los míos, el horrible aguafiestas!
«¡La desgracia grande de no poder estar solo!...» -dice en algún lado La Bruyère, como para avergonzar a todos los que corren a olvidarse entre la muchedumbre, temerosos, sin duda, de no poder soportarse a sí mismos.
«Casi todas nuestras desgracias provienen de no haber sabido quedarnos en nuestra habitación» -dice otro sabio, creo que Pascal, llamando así a la celda del recogimiento a todos los alocados que buscan la dicha en el movimiento y en una prostitución que llamaría yo fraternitaria, si quisiera hablar la hermosa lengua de mi siglo.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Ana Karenina [León Tolstoi]

Un remolino de nieve y viento corrió de una puerta a otra de la estación, silbó furiosamente entre las ruedas del tren y lo anegó todo: personas y vagones, amenazando sepultarlos en nieve. La tempestad, se calmó por un breve instante, para desatarse de nuevo con tal ímpetu que parecía imposible de resistir. No obstante, la puerta de la estación se abría y ce­rraba de vez en cuando, dando paso a gente que corría de un lado a otro, hablando alegremente, deteniéndose en el andén, cuyo pavimento de madera crujía bajo sus pies.

La silueta de un hombre encorvado pareció surgir de la sie­rra a los pies de Ana. Se oyó el golpe de un martillo contra el hierro; después una voz ronca resonó entre las tinieblas.

–Envíen un telegrama –decía la voz.

Otras voces replicaron, como un eco:

–Haga el favor, por aquí. En el número veintiocho –y los empleados pasaron corriendo como llevados por la nieve. Dos señores, con sus cigarrillos encendidos, pasaron ante Ana fu­mando tranquilamente.

Respiró otra vez a pleno pulmón el aire frío de la noche, puso la mano en la barandilla del estribo para subir al va­gón, cuando en aquel momento, la figura de un hombre ves­tido con capote militar, que estaba muy cerca de ella, le ocultó la vacilante luz del farol. Ana se volvió para mirarle y le reconoció. Era Vronsky. Él se llevó la mano a la visera de la gorra y le preguntó respetuosamente si podía servirla en algo. Ana le contempló en silencio durante unos instan­tes. Aunque Vronsky estaba de espaldas a la luz, la Kare­nina creyó apreciar en su rostro y en sus ojos la misma ex­presión de entusiasmo respetuoso que tanto la conmoviera en el baile. Hasta entonces Ana se había repetido que Vronsky era uno de los muchos jóvenes, eternamente iguales, que se encuentran en todas partes, y se había prometido no pensar en él. Y he aquí que ahora se sentía poseída por un alegre sentimiento de orgullo. No hacía falta preguntar por qué Vronsky estaba allí. Era para hallarse más cerca de ella. Lo sabía con tanta certeza como si el propio Vronsky se lo hu­biera dicho.

–Ignoraba que usted pensase ir a San Petersburgo. ¿Tiene algún asunto en la capital? –preguntó Ana, separando la mano de la barandilla.

Y su semblante resplandecía.

–¿Algún asunto? –repitió Vronsky, clavando su mirada en los ojos de Ana Karenina–. Usted sabe muy bien que voy para estar a su lado. No puedo hacer otra cosa.

En aquel momento, el viento, como venciendo un invisible obstáculo, se precipitó contra los vagones, esparció la nieve del techo y agitó triunfalmente una plancha que había logrado arrancar.

Con un aullido lúgubre, la locomotora lanzó un silbido.

La trágica belleza de la tempestad ahora le parecía a Ana más llena de magnificencia. Acababa de oír las palabras que temía su razón, pero que su corazón deseaba escuchar. Guardó silencio. Pero Vronsky, en el rostro de ella, leyó la lucha que sostenía en su interior.

–Perdone si le he dicho algo molesto –murmuró humilde­mente. Hablaba con respeto, pero en un tono tan resuelto y de­cidido que Ana en el primer momento no supo qué contestar

–Lo que usted dice no está bien –murmuró Ana, al fin– ­y, si es usted un caballero, lo olvidará todo, como yo hago.

–No lo olvidaré, ni podré olvidar nunca, ninguno de sus gestos, ninguna de sus palabras.

–¡Basta, basta! –exclamó ella en vano, tratando inútil­mente de dar a su rostro una expresión severa.

Y, cogiéndose a la fría barandilla, subió los peldaños del estribo y entró rápidamente en el coche.

Sintió la necesidad de calmarse y se detuvo un momento en la portezuela. No recordaba bien lo que habían hablado, pero comprendía que aquel momento de conversación les había aproximado el uno al otro de un modo terrible, lo que la horrorizaba y la hacía feliz a la vez.

Tras breves instantes, Ana entró en el departamento y se sentó. Su tensión nerviosa aumentaba: parecía que sus nervios iban a estallar.

No pudo dormir en toda la noche. Pero en aquella exalta­ción, en los sueños que llenaban su mente, no había nada do­loroso; al contrario, había algo gozoso, excitante y ardiente.

Al amanecer se durmió en su butaca. Era ya de día cuando despertó. Se acercaban a San Petersburgo. Pensó en su hijo, en su marido, en sus ocupaciones domésticas, y aquellos pen­samientos la dominaron por completo.

La primera persona a quien vio al apearse del tren fue su marido.

«¿Cómo le habrán crecido tanto las orejas en estos días, Dios mío?», pensó al ver aquella figura arrogante, pero fría, con su sombrero redondo que parecía sostenerse en los salien­tes cartílagos de sus orejas.

Su esposo se acercaba a ella, mirándola atentamente con sus grandes ojos cansados, con su eterna sonrisa irónica en los labios, y esta vez la mirada inquisitiva de Alexis Alejandro­vich la hizo estremecer.

¿Acaso esperaba encontrar a su marido distinto de como era en realidad? ¿O era que su conciencia le reprochaba toda la hipocresía, toda la falta de naturalidad que había en sus re­laciones conyugales? Aquella impresión dormía hacía largo tiempo en el fondo de su alma, pero sólo ahora se le aparecía en toda su dolorosa claridad.

–Como ves, tu enamorado esposo, tan enamorado como el primer día, anhelaba verte de nuevo –dijo Karenin con su voz lenta y seca, empleando el mismo tono levemente burlón que siempre usaba al dirigirle la palabra, como para ridicu­lizar aquel modo de expresarse.

–¿Cómo está Sergio? –preguntó ella.

–¡Caramba, qué recompensa a mi entusiasmo amoroso! Pues está bien, muy bien...



martes, 29 de marzo de 2011

La parte de adelante.


soy vulnerable a tu lado más amable
soy carcelero de tu lado más grosero
soy el soldado de tu lado más malvado
y el arquitecto de tus lados incorrectos
soy propietario de tu lado más caliente
soy dirigente de tu parte más urgente
soy artesano de tu lado más humano
y el comandante de tu parte de adelante
soy inocente de tu lado más culpable
pero el culpable de tu lado más caliente
soy el custodio de tus ráfagas de odio
y el comandante de tu parte de adelante
perdiendo imagen a tu lado estoy mi vida
mañana será un nuevo punto de partida
soy vagabundo de tu lado más profundo
por un segundo de tu cuerpo doy el mundo
que más quisiera que pasar la vida entera
como estudiante el día de la primavera
siempre viajando en un asiento de primera
el comandante de tu balsa de madera
que más quisiera que pasar la vida entera
como estudiante el día de la primavera
siempre viajando en un asiento de primera
el carpintero de tu balsa de madera
aaahhh….
soy el soldado de tu lado malvado
y el comandante de tu parte de adelante
perdiendo imagen a tu lado estoy mi vida
mañana será un nuevo punto de partida
soy vagabundo de tu lado profundo
por un segundo de tu cuerpo doy el mundo
que más quisiera que pasar la vida entera
como estudiante el día de la primavera
siempre viajando en un asiento de primera
el comandante de tu balsa de madera
que más quisiera que pasar la vida entera
como estudiante el día de la primavera
siempre viajando en un asiento de primera
el carpintero de tu balsa de madera
aaahhh….
soy el soldado de tu lado malvado
y el comandante de tu parte de adelante
aaahhh...
soy el soldado de tu lado malvado
y el comandante
sólo estoy sólo y estoy buscando
es a alguien que me está esperando
que me entienda y si no me entiende
alguien que me comprende
alguien a alguien para recordar
de memoria cuando estoy de viaje
cuando estoy muy lejos y
soy un vagabundo y camino bastante
alrededor del mundo
pero quiero volver a mi casa
a alguna casa
para encontrar a esa princesa vampira
que respira
que respira y me mira