viernes, 4 de marzo de 2011

Capítulo 37 de Rayuela (Julio Cortázar)




Le daba rabia llamarse Traveler, él que nunca se había movido de la Argentina como no fuera para cruzar a Montevideo y una vez a Asunción del Paraguay, metrópolis recordadas con soberana indiferencia. A los cuarenta años seguía adherido a la calle Cachimayo, y el hecho de trabajar como gestor y un poco de todo en el circo «Las Estrellas» no le daba la menor esperanza de recorrer los caminos del mundo more Barnum; la zona de operaciones del circo se extendía de Santa Fe a Carmen de Patagones, con largas recaladas en la capital federal, La Plata y Rosario. Cuando Talita, lectora de enciclopedias, se interesaba por los pueblos nómadas y las culturas trashumantes, Traveler gruñía y hacía un elogio insincero del patio con geranios, el catre y el no te salgás del rincón donde empezó tu existencia. Entre mate y mate sacaba a relucir una sapiencia que impresionaba a su mujer, pero se lo veía demasiado dispuesto a persuadir. Dormido se le escapaban algunas veces vocablos de destierro, de desarraigo, de tránsitos ultramarinos, de pasos aduaneros y alidadas imprecisas. Si Talita se burlaba de él al despertar, empezaba por darle de chirlos en la cola, y después se reían como locos y hasta parecía como si la autotraición de Traveler les hiciera bien a los dos. Una cosa había que reconocer y era que, a diferencia de casi todos sus amigos, Traveler no le echaba la culpa a la vida o a la suerte por no haber podido viajar a gusto. Simplemente se bebía una ginebra de un trago, y se trataba a sí mismo de cretinacho.

—Por supuesto, yo soy el mejor de sus viajes —decía Talita cuando se le presentaba la oportunidad— pero es tan tonto que no se da cuenta. Yo, señora, lo he llevado en alas de la fantasía hasta el borde mismo del horizonte.

La señora así interpelada creía que Talita hablaba en serio, y contestaba dentro de la línea siguiente:

—Ah, señora, los hombres son tan incomprensibles (sic por incomprensivos).

O:

—Créame, lo mismo somos yo y mi Juan Antonio. Siempre se lo digo, pero él como si llovería.

O:

—Cómo la comprendo, señora. La vida es una lucha.

O:

—No se haga mala sangre, doña. Basta la salud y un pasar.

Después Talita se lo contaba a Traveler, y los dos se retorcían en el piso de la cocina hasta destrozarse la ropa. Para Traveler no había nada más prodigioso que esconderse en el water y escuchar, con un pañuelo o una camiseta metidos en la boca, cómo Talita hacía hablar a las señoras de la pensión «Sobrales» y a algunas otras que vivían en el hotel de enfrente. En los ratos de optimismo, que no le duraban mucho, planeaba una pieza de radioteatro para tomarles el pelo a esas gordas sin que se dieran cuenta, forzándolas a llorar copiosamente y sintonizar todos los días la audición. Pero de todas maneras no había viajado, y era como una piedra negra en el medio de su alma.

—Un verdadero ladrillo —explicaba Traveler, tocándose el estómago.

—Nunca vi un ladrillo negro —decía el Director del circo, confidente eventual de tanta nostalgia.

—Se ha puesto así a fuerza de sedentarismo. ¡Y pensar que ha habido poetas que se quejaban de ser heimatlos, Ferraguto!

—Hábleme en castilla, che —decía el Director a quien el invocativo dramáticamente personalizado producía un cierto sobresalto.

—No puedo, Dire murmuraba Traveler, disculpándose tácitamente por haberlo llamado por su nombre—. Las bellas palabras extranjeras son como oasis, como escalas. ¿Nunca iremos a Costa Rica? ¿A Panamá, donde antaño los galeones imperiales...? ¡Gardel murió en Colombia, Dire, en Colombia!

—Nos falta el numerario, che —decía el Director, sacando el reloj—. Me voy al hotel que mi Cuca debe estar que brama.

Traveler se quedaba solo en la oficina y se preguntaba cómo serían los atardeceres en Connecticut. Para consolarse pasaba revista a las cosas buenas de su vida. Por ejemplo, una de las buenas cosas de su vida había sido entrar una mañana de 1940 en el despacho de su jefe, en Impuestos Internos, con un vaso de agua en la mano. Había salido cesante, mientras el jefe se absorbía el agua de la cara con un papel secante. Esa había sido una de las buenas cosas de su vida, porque justamente ese mes iban a ascenderlo, así como casarse con Talita había sido otra buena cosa (aunque los dos sostuvieran lo contrario) puesto que Talita estaba condenada por su diploma de farmacéutica a envejecer sin apelación en el esparadrapo, y Traveler se había apersonado a comprar unos supositorios contra la bronquitis, y de la explicación que había solicitado a Talita el amor había soltado sus espumas como el shampoo bajo la ducha. Incluso Traveler sostenía que se había enamorado de Talita exactamente en el momento en que ella, bajando los ojos, trataba de explicarle por qué el supositorio era más activo después y no antes de una buena evacuación del vientre.

—Desgraciado —decía Talita a la hora de las rememoraciones—. Bien que entendías las instrucciones, pero te hacías el sonso para que yo te lo tuviera que explicar.

—Una farmacéutica está al servicio de la verdad, aunque se localice en los sitios más íntimos. Si supieras con qué emoción me puse el primer supositorio esa tarde, después de dejarte. Era enorme y verde.

—El eucaliptus —decía Talita—. Alegrate de que no te vendí esos que huelen a ajo a veinte metros.

Pero de a ratos se quedaban tristes y comprendían vagamente que una vez más se habían divertido como recurso extremo contra la melancolía porteña y una vida sin demasiado (¿Qué agregar a «demasiado»? Vago malestar en la boca del estómago, el ladrillo negro como siempre).

Talita explicándole las melancolías de Traveler a la señora de Gutusso:

—Le agarra a la hora de la siesta, es como algo que le sube de la pleura.

—Debe ser alguna inflamación de adentro —dice la señora de Gutusso—. El pardejón, que le dicen.

—Es del alma, señora. Mi esposo es poeta, créame.

Encerrado en el water, con una toalla contra la cara, Traveler llora de risa.

—¿No será alguna alergia, que le dicen? Mi nene el Vítor, usted lo ve jugando ahí entre los malvones y es propiamente una flor, créame, pero cuando le agarra la alergia al apio se pone que es un cuasimodo. Mire, se le van cerrando esos ojitos tan negros que tiene, la boca se le hincha que parece un sapo, y al rato ya no puede ni abrir los dedos de los pies.

—Abrir los dedos de los pies no es tan necesario —dice Talita.

Se oyen los rugidos ahogados de Traveler en el water, y Talita cambia rápidamente de conversación para despistar a la señora de Gutusso. Por lo regular Traveler abandona su escondite sintiéndose muy triste, y Talita lo comprende. Habrá que hablar de la comprensión de Talita. Es una comprensión irónica, tierna, como lejana. Su amor por Traveler está hecho de cacerolas sucias, de largas vigilias, de una suave aceptación de sus fantasías nostálgicas y su gusto por los tangos y el truco. Cuando Traveler está triste y piensa que nunca ha viajado (y Talita sabe que eso no le importa, que sus preocupaciones son más profundas) hay que acompañarlo sin hablar mucho, cebarle mate, cuidar de que no le falte tabaco, cumplir el oficio de mujer cerca del hombre pero sin taparle la sombra, y eso es difícil. Talita es muy feliz con Traveler, con el circo, peinando al gato calculista antes de que salga a escena, llevando las cuentas del Director. A veces piensa modestamente que está mucho más cerca que Traveler de esas honduras elementales que lo preocupan, pero toda alusión metafísica la asusta un poco y termina por convencerse de que él es el único capaz de hacer la perforación y provocar el chorro negro y aceitoso. Todo eso flota un poco, se viste de palabras o figuras, se llama lo otro, se llama la risa o el amor, y también es el circo y la vida para darle sus nombres más exteriores y fatales y no hay tu tía.

A falta de lo otro, Traveler es un hombre de acción. La califica de acción restringida porque no es cosa de andarse matando. A lo largo de cuatro décadas ha pasado por etapas fácticas diversas: fútbol (en Colegiales, centrofoward nada malo), pedestrismo, política (un mes en la cárcel de Devoto en 1934), cunicultura y apicultura (granja en Manzanares, quiebra al tercer mes, conejos apestados y abejas indómitas), automovilismo (copiloto de Marimón, vuelco en Resistencia, tres costillas rotas), carpintería fina (perfeccionamiento de muebles que se remontan al cielo raso una vez usados, fracaso absoluto), matrimonio y ciclismo en la avenida General Paz los sábados, en bicicleta alquilada. La urdidumbre de esa acción es una biblioteca mental surtida, dos idiomas, pluma fácil, interés irónico por la soteriología y las bolas de cristal, tentativa de creación de una mandrágora plantando una batata en una palangana con tierra y esperma, la batata criándose al modo estentóreo de las batatas, invadiendo la pensión, saliéndose por las ventanas, sigilosa intervención de Talita armada de unas tijeras, Traveler explorando el tallo de la batata, sospechando algo, renuncia humillada a la mandrágora fruto de horca, Alraune, rémoras de infancia. A veces Traveler hace alusiones a un doble que tiene más suerte que él, y a Talita, no sabe por qué, no le gusta eso, lo abraza y lo besa inquieta, hace todo lo que puede para arrancarlo a esas ideas. Entonces se lo lleva a ver a Marilyn Monroe, gran favorita de Traveler, y-tasca-el-freno de unos celos puramente artísticos en la oscuridad del cine Presidente Roca.

lunes, 7 de febrero de 2011

Palabras para un árbol muerto - (Cynthia L. Kilian)




Tu esqueleto terroso, aún en pie por gracia Divina,


me recuerda que algún día moriré...

Moriré y seré olvido como tu tronco que otrora

bebió la savia latiente, dando frutos y verdor.

Tus ramas, como frágiles huesos,

dibujan líneas rectas y filosas

sobre el fondo de tu entorno.

Tus raíces, como arterias secas y hueras,

se afirman inútiles en la tierra que respira.

Tu presencia de gigante inofensivo

ya no sirve a este mundo

que te vio germinar y morir en el mismo lugar.

Es en vano tu insistencia por erguirte soberbio;

cualquiera puede advertir la muerte en tu corteza.

Tengo ganas de abrazarte, sin embargo,

y apoyar en tu grandeza serena

mi columna cansada de tanto andar.

¿Ves? Aún tiene sentido tu presencia.

Tal vez tengan sentido mis palabras algún día...






viernes, 10 de diciembre de 2010

Ada o el ardor - Vladimir Nabokov



Van se sentía dividido entre dos emociones que se excluían mutuamente: por un lado, la certidumbre enloquecedora de que cuanto llegasen, en el laberinto de la pesadilla, cierto cuartito de luminosa memoria, provisto de un lecho y un lavado infantil, ella se le uniría, con su belleza nueva; por otro lado – el lado sombrío- el terror pánico de encontrarla cambiada, detestando lo que él deseaba como una obra mala y condenable, y revelándole le horror de la nueva situación: ambos estaba muertos, sólo existían como figurantes en una casa alquilada para el rodaje de una película.



lunes, 22 de noviembre de 2010

Ada o el ardor - Vladimir Nabokov


¿Era verdaderamente bonita, a los doce años? ¿Y tenía él ganas – tendría alguna vez ganas- de acariciarla verdaderamente? Su cabello negro le caía en cascada sobre la clavícula izquierda, y su modo de sacudir la cabeza para echarlo hacia atrás, y el hoyuelo de su mejilla pálida pertenecían a ese tipo de revelaciones a las que acompaña el sentimiento inmediato de una verdad reconocida. Su palidez era luz, y el negro de su pelo era una noche resplandeciente. Las faldas plisadas que prefrían eran cortas y le sentaban perfectamente. Sus miembros descubiertos eran tan blancos, tan mínimamente bronceados, que la mirada que acariciaba sus pantorrillas y sus antebrazos podía seguir en ellos la pelusa oblicua y regular de su vello negro y sedoso de joven virgen. El iris castaño oscuro de sus ojos graves tenía la opacidad enigmática de la mirada de un hipnotizador oriental ( en un anuncio de página anterior de una revista), y parecía situado a mayor altura de lo que es corriente, de tal modo que, entre el borde inferior y el húmedo párpado que lo subrayaba, se veía, cuando miraba frente a frente, un semicírculo blanco. Sus largas pestañas parecían ennegrecidas ( y de hecho lo estaban). La gruesa línea de sus labios febriles evitaba a su rostro la gentileza afectada del elfo. Su nariz francamente irlandesa era, en pequeño, como la de Van. Sus dientes eran bastante blancos y no demasiado regulares.
¡Pero sus pobres manecitas! No había más remedio que apiadarse de ellas. Eran exageradamente rosas, en comparación con la blancura diáfana de los brazos, más rosas incluso que el codo, que parecía ruborizarse del estado lamentable de las uñas. Porque Ada se comía las uñas, se las comía tan despiadadamente que su margen había desaparecido por completo; en su lugar, un surco excavado en la carne como con un alambre añadía a los extremos desnudos de sus dedos el largo de una espátula adicional. Más tarde, cuando Van se aficionó tanto a cubrir de besos sus manos frías, ella le ofrecería siempre los puños cerrados, pero él, despiadadamente, la obligaría a extender los dedos para besar aquellos almohadoncillos ciegos. (Pero, ¡ah, que bellos serían, en cambio, y qué largos, los lánguidos ónices, pintados de rosa y plata, delicadamente puntiagudos, de sus años adolescentes y maduros!)

jueves, 14 de octubre de 2010

Charles Dickens GRANDES ESPERANZAS

Gradualmente, la señorita Havisham apartó de mí su mirada y la volvió hacia el fuego. Después de contemplarlo por un espacio de tiempo que, dado el silencio reinante y la escasa luz de las bujías, pareció muy largo, se sobresaltó al oír el ruido que hicieron varias brasas al desplomarse, y de nuevo volvió a mirarme, primero casi sin verme y luego con atención cada vez más concentrada. Mientras tanto, Estella no había dejado de hacer calceta. Cuando la señorita Havisham hubo fijado en mí su atención, añadió, como si en nuestro diálogo no hubiese habido la menor interrupción:

‑ ¿Qué más?

‑ Estella ‑ añadí volviéndome entonces hacia la joven y esforzándome en hacer firme mi temblorosa voz, ‑ ya sabe usted que la amo. Ya sabe usted que la he amado siempre con la mayor ternura.

Ella levantó los ojos para fijarlos en mi rostro, al verse interpelada de tal manera, y me miró con aspecto sereno. Vi entonces que la señorita Havisham nos miraba, fijando alternativamente sus ojos en nosotros.

‑Antes le habría dicho eso mismo, a no ser por mi largo error, pues éste me inducía a esperar, creyendo que la señorita Havisham nos había destinado uno a otro. Mientras creí que usted tenía que obedecer, me contuve para no hablar, pero ahora debo decírselo.

Siempre serena y sin que sus dedos se detuvieran, Estella movió la cabeza.

‑ Ya lo sé ‑ dije en respuesta a su muda contestación, ‑ ya sé que no tengo la esperanza de poder llamarla mía, Estella. Ignoro lo que será de mí muy pronto, lo pobre que seré o adónde tendré que ir. Sin embargo, la amo. La amo desde la primera vez que la vi en esta casa.

Mirándome con inquebrantable serenidad, movió de nuevo la cabeza.

‑ Habría sido cruel por parte de la señorita Havisham, horriblemente cruel, haber herido la susceptibilidad de un pobre muchacho y torturarme durante estos largos años con una esperanza vana y un cortejo inútil, en caso de que hubiese reflexionado acerca de lo que hacía. Pero creo que no pensó en eso. Estoy persuadido de que sus propias penas le hicieron olvidar las mías, Estella.

Vi que la señorita Havisham se llevaba la mano al corazón y la dejaba allí mientras continuaba sentada y mirándonos, sucesivamente, a Estella y a mí.

‑ Parece ‑ dijo Estella con la mayor tranquilidad ‑que existen sentimientos e ilusiones, pues no sé cómo llamarlos, que no me es posible comprender. Cuando usted me dice que me ama, comprendo lo que quiere decir, como frase significativa, pero nada más. No despierta usted nada en mi corazón ni conmueve nada en él. Y no me importa lo más mínimo cuanto diga. Muchas veces he tratado de avisarle acerca del particular. ¿No es cierto?

‑ Sí ‑ contesté tristemente.

‑Así es. Pero usted no quería darse por avisado, porque se figuraba que le hablaba en broma. Y ahora ¿cree usted lo mismo?


(...)



domingo, 26 de septiembre de 2010

Yo Soy. (Reinaldo Arenas)

Yo Soy.




Yo soy, ese niño de cara redonda y sucia
que en cada esquina los molesta con su:
“¿me da usted un peso?”



Yo soy, ese niño de cara sucia
sin duda inoportuno
que de lejos contempla los carruajes
donde otros niños meten risas
y saltos considerables



Yo soy, ese niño desagradable
sin duda inoportuno
de cara redonda y sucia
que ante los grandes faroles
o bajo las grandes damas tan bien iluminadas
o ante las niñas que parecen levitar
proyecta un insulto de su cara redonda y sucia



Yo soy, ese airado y solo niño de siempre
que os lanza el insulto del airado niño de siempre
y os advierte:
Si hipócritamente me acariciáis la cabeza
aprovecharé la ocasión para levantaros la cartera


Yo soy ese niño de siempre
ante el panorama del inminente espanto,
de la inminente lepra, del inminente piojo
del delito o del crimen inminentes



Yo soy ese niño repulsivo
que improvisa una cama con cartones viejos
y espera, seguro, que venga usted a hacerle compañía.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

[L'amour, del disco Freakshow de Enrique Bunbury]

L'amour


El niño tiene hambre, la mamá se ha ido ya.

Lo han abandonado por un tipo del bajo mar.

El niño llora y llora. La mamá, ¿dónde estará?

Flirteando en Ibiza con algún alemán.

Parece que yo, yo hago del amor

algo caprichoso e inmoral respecto a ti.

Sólo soy un cuentacuentos,

y ahora estoy triste y mal.

El niño ya es un hombre,

ha sobrevivido a la gravedad,

la ironía de la física,

enemiga de la sinceridad.

El amor distrae, el amor confunde.

Ay, ¿qué coño es el amor?

Esas parejas que se besan y se tocan… ¡absenta!

Parece que yo, yo hago del amor

algo caprichoso e inmoral respecto a ti.

Sólo soy un cuentacuentos,

y ahora estoy triste y mal.

El hombre ya es grande, odia a los poetas como yo,

que mueven los hilos de las vidas, l’amour…

Ay, l’amour… Cogéis un lápiz y os creéis fantásticos.

¡Yo también sé decir cosas! ¡Yo también soy maravillosa!

L’amour…

¿Quién habla de les gallines

que vuelan por la vida de los soñadores?

¿Las colegialas, que estudian con faldas

los fallos de la humanidad?