lunes, 22 de noviembre de 2010

Ada o el ardor - Vladimir Nabokov


¿Era verdaderamente bonita, a los doce años? ¿Y tenía él ganas – tendría alguna vez ganas- de acariciarla verdaderamente? Su cabello negro le caía en cascada sobre la clavícula izquierda, y su modo de sacudir la cabeza para echarlo hacia atrás, y el hoyuelo de su mejilla pálida pertenecían a ese tipo de revelaciones a las que acompaña el sentimiento inmediato de una verdad reconocida. Su palidez era luz, y el negro de su pelo era una noche resplandeciente. Las faldas plisadas que prefrían eran cortas y le sentaban perfectamente. Sus miembros descubiertos eran tan blancos, tan mínimamente bronceados, que la mirada que acariciaba sus pantorrillas y sus antebrazos podía seguir en ellos la pelusa oblicua y regular de su vello negro y sedoso de joven virgen. El iris castaño oscuro de sus ojos graves tenía la opacidad enigmática de la mirada de un hipnotizador oriental ( en un anuncio de página anterior de una revista), y parecía situado a mayor altura de lo que es corriente, de tal modo que, entre el borde inferior y el húmedo párpado que lo subrayaba, se veía, cuando miraba frente a frente, un semicírculo blanco. Sus largas pestañas parecían ennegrecidas ( y de hecho lo estaban). La gruesa línea de sus labios febriles evitaba a su rostro la gentileza afectada del elfo. Su nariz francamente irlandesa era, en pequeño, como la de Van. Sus dientes eran bastante blancos y no demasiado regulares.
¡Pero sus pobres manecitas! No había más remedio que apiadarse de ellas. Eran exageradamente rosas, en comparación con la blancura diáfana de los brazos, más rosas incluso que el codo, que parecía ruborizarse del estado lamentable de las uñas. Porque Ada se comía las uñas, se las comía tan despiadadamente que su margen había desaparecido por completo; en su lugar, un surco excavado en la carne como con un alambre añadía a los extremos desnudos de sus dedos el largo de una espátula adicional. Más tarde, cuando Van se aficionó tanto a cubrir de besos sus manos frías, ella le ofrecería siempre los puños cerrados, pero él, despiadadamente, la obligaría a extender los dedos para besar aquellos almohadoncillos ciegos. (Pero, ¡ah, que bellos serían, en cambio, y qué largos, los lánguidos ónices, pintados de rosa y plata, delicadamente puntiagudos, de sus años adolescentes y maduros!)

jueves, 14 de octubre de 2010

Charles Dickens GRANDES ESPERANZAS

Gradualmente, la señorita Havisham apartó de mí su mirada y la volvió hacia el fuego. Después de contemplarlo por un espacio de tiempo que, dado el silencio reinante y la escasa luz de las bujías, pareció muy largo, se sobresaltó al oír el ruido que hicieron varias brasas al desplomarse, y de nuevo volvió a mirarme, primero casi sin verme y luego con atención cada vez más concentrada. Mientras tanto, Estella no había dejado de hacer calceta. Cuando la señorita Havisham hubo fijado en mí su atención, añadió, como si en nuestro diálogo no hubiese habido la menor interrupción:

‑ ¿Qué más?

‑ Estella ‑ añadí volviéndome entonces hacia la joven y esforzándome en hacer firme mi temblorosa voz, ‑ ya sabe usted que la amo. Ya sabe usted que la he amado siempre con la mayor ternura.

Ella levantó los ojos para fijarlos en mi rostro, al verse interpelada de tal manera, y me miró con aspecto sereno. Vi entonces que la señorita Havisham nos miraba, fijando alternativamente sus ojos en nosotros.

‑Antes le habría dicho eso mismo, a no ser por mi largo error, pues éste me inducía a esperar, creyendo que la señorita Havisham nos había destinado uno a otro. Mientras creí que usted tenía que obedecer, me contuve para no hablar, pero ahora debo decírselo.

Siempre serena y sin que sus dedos se detuvieran, Estella movió la cabeza.

‑ Ya lo sé ‑ dije en respuesta a su muda contestación, ‑ ya sé que no tengo la esperanza de poder llamarla mía, Estella. Ignoro lo que será de mí muy pronto, lo pobre que seré o adónde tendré que ir. Sin embargo, la amo. La amo desde la primera vez que la vi en esta casa.

Mirándome con inquebrantable serenidad, movió de nuevo la cabeza.

‑ Habría sido cruel por parte de la señorita Havisham, horriblemente cruel, haber herido la susceptibilidad de un pobre muchacho y torturarme durante estos largos años con una esperanza vana y un cortejo inútil, en caso de que hubiese reflexionado acerca de lo que hacía. Pero creo que no pensó en eso. Estoy persuadido de que sus propias penas le hicieron olvidar las mías, Estella.

Vi que la señorita Havisham se llevaba la mano al corazón y la dejaba allí mientras continuaba sentada y mirándonos, sucesivamente, a Estella y a mí.

‑ Parece ‑ dijo Estella con la mayor tranquilidad ‑que existen sentimientos e ilusiones, pues no sé cómo llamarlos, que no me es posible comprender. Cuando usted me dice que me ama, comprendo lo que quiere decir, como frase significativa, pero nada más. No despierta usted nada en mi corazón ni conmueve nada en él. Y no me importa lo más mínimo cuanto diga. Muchas veces he tratado de avisarle acerca del particular. ¿No es cierto?

‑ Sí ‑ contesté tristemente.

‑Así es. Pero usted no quería darse por avisado, porque se figuraba que le hablaba en broma. Y ahora ¿cree usted lo mismo?


(...)



domingo, 26 de septiembre de 2010

Yo Soy. (Reinaldo Arenas)

Yo Soy.




Yo soy, ese niño de cara redonda y sucia
que en cada esquina los molesta con su:
“¿me da usted un peso?”



Yo soy, ese niño de cara sucia
sin duda inoportuno
que de lejos contempla los carruajes
donde otros niños meten risas
y saltos considerables



Yo soy, ese niño desagradable
sin duda inoportuno
de cara redonda y sucia
que ante los grandes faroles
o bajo las grandes damas tan bien iluminadas
o ante las niñas que parecen levitar
proyecta un insulto de su cara redonda y sucia



Yo soy, ese airado y solo niño de siempre
que os lanza el insulto del airado niño de siempre
y os advierte:
Si hipócritamente me acariciáis la cabeza
aprovecharé la ocasión para levantaros la cartera


Yo soy ese niño de siempre
ante el panorama del inminente espanto,
de la inminente lepra, del inminente piojo
del delito o del crimen inminentes



Yo soy ese niño repulsivo
que improvisa una cama con cartones viejos
y espera, seguro, que venga usted a hacerle compañía.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

[L'amour, del disco Freakshow de Enrique Bunbury]

L'amour


El niño tiene hambre, la mamá se ha ido ya.

Lo han abandonado por un tipo del bajo mar.

El niño llora y llora. La mamá, ¿dónde estará?

Flirteando en Ibiza con algún alemán.

Parece que yo, yo hago del amor

algo caprichoso e inmoral respecto a ti.

Sólo soy un cuentacuentos,

y ahora estoy triste y mal.

El niño ya es un hombre,

ha sobrevivido a la gravedad,

la ironía de la física,

enemiga de la sinceridad.

El amor distrae, el amor confunde.

Ay, ¿qué coño es el amor?

Esas parejas que se besan y se tocan… ¡absenta!

Parece que yo, yo hago del amor

algo caprichoso e inmoral respecto a ti.

Sólo soy un cuentacuentos,

y ahora estoy triste y mal.

El hombre ya es grande, odia a los poetas como yo,

que mueven los hilos de las vidas, l’amour…

Ay, l’amour… Cogéis un lápiz y os creéis fantásticos.

¡Yo también sé decir cosas! ¡Yo también soy maravillosa!

L’amour…

¿Quién habla de les gallines

que vuelan por la vida de los soñadores?

¿Las colegialas, que estudian con faldas

los fallos de la humanidad?




jueves, 2 de septiembre de 2010

CUANDO NACIÓ MI TRISTEZA (Gibrán Khalil Gibrán)


Cuando nació mi Tristeza, le prodigué mil cuidados, y la vigilé con amorosa ternura.
Y mi Tristeza creció como todos los seres vivientes, fuerte y hermosa y llena de maravillosas gracias.
Y mi tristeza y yo nos amábamos, y amábamos al mundo que nos rodeaba. Pues mi Tristeza era de corazón bondadoso, y el mío también era amable cuando estaba lleno de Tristeza.
Y cuando hablábamos, mi Tristeza y yo, nuestros días eran alados y nuestras noches estaban engalanadas de sueños; porque mi Tristeza era elocuente, y mi lengua también era elocuente con la Tristeza.
Y cuando mi Tristeza y yo cantábamos juntos, nuestros vecinos sentábanse a la ventana a escucharnos; pues nuestros cantos eran profundos como el mar, y nuestras melodías estaban impregnadas de extraños recuerdos.
Y cuando caminábamos juntos, mi tristeza y yo, la gente nos miraba con amables ojos, y cuchicheaba con extremada dulzura. Y también había quien nos envidiara, pues mi Triste za era un ser noble, y yo me sentía orgulloso de mi Tristeza. Pero murió mi Tristeza, como todo ser viviente, y me quedé solo, con mis reflexiones.
Y ahora, cuando hablo, mis palabras suenan pesadas en mis oídos.
Y cuando canto, mis vecinos ya no escuchan mis canciones.
Y cuando camino solo por la calle, ya nadie me mira. Sólo en sueños oigo voces que dicen compadecidas: "Mirad: allí yace el hombre al que se le murió su Tristeza".

martes, 31 de agosto de 2010

Nietzsche




¡Tan frío, tan helado, que al posar la mano, los dedos se queman; y la mano que toca retrocede horrorizada! Y por eso mismo algunos lo creen ardiente.

jueves, 26 de agosto de 2010

Anny (Jean Paul Sartre)




"En otra época —aun mucho después de que me dejó— pensaba en Anny. Ahora ya no pienso en nadie; ni siquiera me cuido de buscar palabras. La cosa se desliza en mí más o menos rápido; no fijo nada, la dejo correr. La mayor parte del tiempo, al no unirse a palabras, mis pensamientos quedan en nieblas. Dibujan formas vagas y agradables, se disipan; enseguida los olvido."


"Insinúo un vago movimiento para levantarme, para ir a buscar mis fotos de Meknes, en la caja que metí debajo de la mesa. ¿Para qué? Esos afrodisíacos ya no tienen efecto sobre mi memoria. El otro día encontré, bajo un secante, una pequeña foto empalidecida. Una mujer sonreía junto a un estanque. Contemplé un momento a esta persona sin reconocerla. Después leí, en el reverso: “Anny, Portsmouth, abril 7, 27”."

"Anny hacia rendir el máximo al tiempo. En la época en que ella estaba en Djibuti y yo en Adén, cuando iba a verla por veinticuatro horas se ingeniaba para multiplicar los malentendidos entre nosotros, hasta que sólo quedaban exactamente sesenta minutos antes de mi partida: sesenta minutos, justo el tiempo necesario para sentir el transcurso de los segundos, uno por uno. Recuerdo una de aquellas veladas. Yo debía marcharme a medianoche. Habíamos ido al cine al aire libre; estábamos desesperados, Anny tanto como yo, sólo que ella dirigía el juego. A las once, al comienzo del film principal, me tomó la mano y la estrechó entre las suyas sin decir una palabra. Me sentí invadido por una alegría acre, y comprendí sin necesidad de mirar el reloj que eran las once. A partir de ese momento empezamos a sentir el curso de los minutos. Esa vez nos separábamos por tres meses. En cierto momento apareció en la pantalla una imagen completamente blanca; la oscuridad se suavizó y vi que Anny lloraba. A medianoche me soltó la mano después de apretarla violentamente; me levanté y me fui sin decirle una sola palabra. Eso era trabajo bien hecho."


La Náusea- Jean Paul Sartre.