martes, 31 de agosto de 2010

Nietzsche




¡Tan frío, tan helado, que al posar la mano, los dedos se queman; y la mano que toca retrocede horrorizada! Y por eso mismo algunos lo creen ardiente.

jueves, 26 de agosto de 2010

Anny (Jean Paul Sartre)




"En otra época —aun mucho después de que me dejó— pensaba en Anny. Ahora ya no pienso en nadie; ni siquiera me cuido de buscar palabras. La cosa se desliza en mí más o menos rápido; no fijo nada, la dejo correr. La mayor parte del tiempo, al no unirse a palabras, mis pensamientos quedan en nieblas. Dibujan formas vagas y agradables, se disipan; enseguida los olvido."


"Insinúo un vago movimiento para levantarme, para ir a buscar mis fotos de Meknes, en la caja que metí debajo de la mesa. ¿Para qué? Esos afrodisíacos ya no tienen efecto sobre mi memoria. El otro día encontré, bajo un secante, una pequeña foto empalidecida. Una mujer sonreía junto a un estanque. Contemplé un momento a esta persona sin reconocerla. Después leí, en el reverso: “Anny, Portsmouth, abril 7, 27”."

"Anny hacia rendir el máximo al tiempo. En la época en que ella estaba en Djibuti y yo en Adén, cuando iba a verla por veinticuatro horas se ingeniaba para multiplicar los malentendidos entre nosotros, hasta que sólo quedaban exactamente sesenta minutos antes de mi partida: sesenta minutos, justo el tiempo necesario para sentir el transcurso de los segundos, uno por uno. Recuerdo una de aquellas veladas. Yo debía marcharme a medianoche. Habíamos ido al cine al aire libre; estábamos desesperados, Anny tanto como yo, sólo que ella dirigía el juego. A las once, al comienzo del film principal, me tomó la mano y la estrechó entre las suyas sin decir una palabra. Me sentí invadido por una alegría acre, y comprendí sin necesidad de mirar el reloj que eran las once. A partir de ese momento empezamos a sentir el curso de los minutos. Esa vez nos separábamos por tres meses. En cierto momento apareció en la pantalla una imagen completamente blanca; la oscuridad se suavizó y vi que Anny lloraba. A medianoche me soltó la mano después de apretarla violentamente; me levanté y me fui sin decirle una sola palabra. Eso era trabajo bien hecho."


La Náusea- Jean Paul Sartre.

viernes, 20 de agosto de 2010

La edad de la razón - Jean Paul Sartre


Se detuvo en seco y la consideró con desconfianza, era la emoción que le había hecho lanzar ese grito estúpido. Esta idea la heló, porque el abandono la horrorizaba. Frunció los labios y puso ojos irónicos arqueando una ceja. Vana defensa: hubiera sido menester no verla, ella había encorvado los hombros y sus brazos pendían a la largo de los costados; esperaba, pasiva y gastada, iba a esperar así durante años, hasta el fin. Daniel pensó: “¡Su última oportunidad!”, como lo había pensado para sí mismo hacía un momento. Entre los treinta y los cuarenta las personas juegan su última probabilidad. Ella iba a jugar y perder, dentro de unos días no será mas que un montón de miseria.

martes, 3 de agosto de 2010

Aplastamiento de las gotas (Julio Cortázar)



Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.
Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.

jueves, 22 de julio de 2010

(Gibrán Khalil Gibrán - EL LOCO)


DERROTA

Derrota, mi derrota, mi soledad y mi aislamiento: Para mí eres más valiosa que mil triunfos,
Y más dulce para mi corazón que toda la gloria mundanal.
Derrota, mi derrota, mi conocimiento de mi mismo y mi desafío.
Tú me has enseñado que soy joven aún y de pies ligeros y a no dejarme engañar por laureles vanos.
Y en ti he encontrado la dicha de estar solo Y la alegría de ser alejado y despreciado.
Derrota, mi derrota, mi fulgurante espada y mi escudo:
En tus ojos he leído que ser entronizado es ser esclavizado, y que ser comprendido es ser derribado. Y que ser apresado es llegar a la propia madurez Y como un fruto maduro, caer y ser objeto de consumo.
Derrota, mi derrota, mi audaz compañera:
Oirás mis cantos, mis gritos y silencios, y nadie mas que tú me hablará del batir de las alas. De la impetuosidad de los mares. Y de montañas que arden en la noche.
Y sólo tú escalarás mi inclinada y rocosa alma. Derrota, mi derrota, mi valor indómito inmortal. Tú y yo reiremos juntos con la tormenta.
Y juntos cavaremos tumbas para todo lo que muere en nosotros. Y hemos de erguirnos al sol, como una sola voluntad. Y seremos peligrosos.

lunes, 19 de julio de 2010

MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL - Simone de Beauvoir


La virtud se apoderaba de mí: basta de iras o de caprichos; me habían explicado que de mi obediencia y de mi piedad dependía que Dios salvara a Francia. Cuando el confesor del curso Désir me tomó entre sus manos me volví una niña modelo. Era joven, pálido, infinitamente suave. Me admitió en el catecismo y me inició en las dulzuras de la confesión. Me arrodillé frente a él en un confesionario y respondí concienzudamente a sus preguntas. Ya ni sé lo que le conté pero delante de mi hermana, que me lo repitió, felicitó a mamá por mi hermosa alma. Me enamoré de esa alma que imaginaba blanca y aureolada de rayos de luz como la hostia sobre el cáliz. Amontoné méritos. El padre Martin nos distribuyó a principios del Adviento imágenes que representaban a un niño Jesús: a cada buena acción perforábamos con un alfilerazo los contornos del dibujo trazado con tinta violeta. El día de Navidad debíamos depositar nuestras tarjetas en el pesebre que brillaba en el fondo de la gran capilla. Inventé toda clase de mortificaciones, de sacrificios, de conductas edificantes para que la mía estuviera cribada de agujeros. Esos alardes erizaban a Louise. Pero mamá y las señoritas me alentaban. Entré en una cofradía infantil, "Los ángeles de la Pasión", lo que me dio el derecho a llevar un escapulario y el deber de meditar sobre los siete dolores de la Virgen. Conforme a las recientes instrucciones de Pío X, preparé mi comunión privada; seguí un retiro espiritual. No comprendía muy bien por qué los fariseos cuyo nombre se parecía de manera impresionante al de los habitantes de París* se habían encarnizado contra Jesús, pero compadecí sus desdichas. Vestida de tul y tocada de encaje de Irlanda tragué mi primera hostia. En adelante mamá me llevó tres veces por semana a comulgar a Notre Dame des Champs. Me gustaba oír en la mañana gris el ruido de nuestros pasos sobre las lajas. Respirando el olor del incienso, la mirada enternecida por el vaho de los cirios, me resultaba dulce abismarme a los pies de la Cruz, soñando vagamente con la taza de chocolate que me esperaba en casa.

jueves, 15 de abril de 2010

El Amante - Marguerite Duras


Debió ser en el transcurso de ese viaje cuando la imagen se destacó y alcanzó el punto más álgido. Puedo haber existido, pudo haberse hecho fotografía, como otra, en otra parte, en otras circunstancias. Pero no existe. El objeto era demasiado insignificante para provocarla. ¿Quién hubiera podido pensar en eso? Sólo hubiera podido hacerse si se hubiera podido presentir la importancia de ese suceso en mi vida, esa travesía del río. Pues, mientras tenía lugar, aún ignoraba incluso su existencia. Sólo Dios la conocía. Por eso, esa imagen, y no podría ser de otro modo, no existe. Ha sido omitida. Ha sido olvidada. No ha destacado, no ha alcanzado su punto álgido. A esa falta de haber sido tomada debe su virtud, la de representar un absoluto, de ser precisamente artífice.