viernes, 20 de agosto de 2010

La edad de la razón - Jean Paul Sartre


Se detuvo en seco y la consideró con desconfianza, era la emoción que le había hecho lanzar ese grito estúpido. Esta idea la heló, porque el abandono la horrorizaba. Frunció los labios y puso ojos irónicos arqueando una ceja. Vana defensa: hubiera sido menester no verla, ella había encorvado los hombros y sus brazos pendían a la largo de los costados; esperaba, pasiva y gastada, iba a esperar así durante años, hasta el fin. Daniel pensó: “¡Su última oportunidad!”, como lo había pensado para sí mismo hacía un momento. Entre los treinta y los cuarenta las personas juegan su última probabilidad. Ella iba a jugar y perder, dentro de unos días no será mas que un montón de miseria.

martes, 3 de agosto de 2010

Aplastamiento de las gotas (Julio Cortázar)



Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.
Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.

jueves, 22 de julio de 2010

(Gibrán Khalil Gibrán - EL LOCO)


DERROTA

Derrota, mi derrota, mi soledad y mi aislamiento: Para mí eres más valiosa que mil triunfos,
Y más dulce para mi corazón que toda la gloria mundanal.
Derrota, mi derrota, mi conocimiento de mi mismo y mi desafío.
Tú me has enseñado que soy joven aún y de pies ligeros y a no dejarme engañar por laureles vanos.
Y en ti he encontrado la dicha de estar solo Y la alegría de ser alejado y despreciado.
Derrota, mi derrota, mi fulgurante espada y mi escudo:
En tus ojos he leído que ser entronizado es ser esclavizado, y que ser comprendido es ser derribado. Y que ser apresado es llegar a la propia madurez Y como un fruto maduro, caer y ser objeto de consumo.
Derrota, mi derrota, mi audaz compañera:
Oirás mis cantos, mis gritos y silencios, y nadie mas que tú me hablará del batir de las alas. De la impetuosidad de los mares. Y de montañas que arden en la noche.
Y sólo tú escalarás mi inclinada y rocosa alma. Derrota, mi derrota, mi valor indómito inmortal. Tú y yo reiremos juntos con la tormenta.
Y juntos cavaremos tumbas para todo lo que muere en nosotros. Y hemos de erguirnos al sol, como una sola voluntad. Y seremos peligrosos.

lunes, 19 de julio de 2010

MEMORIAS DE UNA JOVEN FORMAL - Simone de Beauvoir


La virtud se apoderaba de mí: basta de iras o de caprichos; me habían explicado que de mi obediencia y de mi piedad dependía que Dios salvara a Francia. Cuando el confesor del curso Désir me tomó entre sus manos me volví una niña modelo. Era joven, pálido, infinitamente suave. Me admitió en el catecismo y me inició en las dulzuras de la confesión. Me arrodillé frente a él en un confesionario y respondí concienzudamente a sus preguntas. Ya ni sé lo que le conté pero delante de mi hermana, que me lo repitió, felicitó a mamá por mi hermosa alma. Me enamoré de esa alma que imaginaba blanca y aureolada de rayos de luz como la hostia sobre el cáliz. Amontoné méritos. El padre Martin nos distribuyó a principios del Adviento imágenes que representaban a un niño Jesús: a cada buena acción perforábamos con un alfilerazo los contornos del dibujo trazado con tinta violeta. El día de Navidad debíamos depositar nuestras tarjetas en el pesebre que brillaba en el fondo de la gran capilla. Inventé toda clase de mortificaciones, de sacrificios, de conductas edificantes para que la mía estuviera cribada de agujeros. Esos alardes erizaban a Louise. Pero mamá y las señoritas me alentaban. Entré en una cofradía infantil, "Los ángeles de la Pasión", lo que me dio el derecho a llevar un escapulario y el deber de meditar sobre los siete dolores de la Virgen. Conforme a las recientes instrucciones de Pío X, preparé mi comunión privada; seguí un retiro espiritual. No comprendía muy bien por qué los fariseos cuyo nombre se parecía de manera impresionante al de los habitantes de París* se habían encarnizado contra Jesús, pero compadecí sus desdichas. Vestida de tul y tocada de encaje de Irlanda tragué mi primera hostia. En adelante mamá me llevó tres veces por semana a comulgar a Notre Dame des Champs. Me gustaba oír en la mañana gris el ruido de nuestros pasos sobre las lajas. Respirando el olor del incienso, la mirada enternecida por el vaho de los cirios, me resultaba dulce abismarme a los pies de la Cruz, soñando vagamente con la taza de chocolate que me esperaba en casa.

jueves, 15 de abril de 2010

El Amante - Marguerite Duras


Debió ser en el transcurso de ese viaje cuando la imagen se destacó y alcanzó el punto más álgido. Puedo haber existido, pudo haberse hecho fotografía, como otra, en otra parte, en otras circunstancias. Pero no existe. El objeto era demasiado insignificante para provocarla. ¿Quién hubiera podido pensar en eso? Sólo hubiera podido hacerse si se hubiera podido presentir la importancia de ese suceso en mi vida, esa travesía del río. Pues, mientras tenía lugar, aún ignoraba incluso su existencia. Sólo Dios la conocía. Por eso, esa imagen, y no podría ser de otro modo, no existe. Ha sido omitida. Ha sido olvidada. No ha destacado, no ha alcanzado su punto álgido. A esa falta de haber sido tomada debe su virtud, la de representar un absoluto, de ser precisamente artífice.

miércoles, 7 de abril de 2010

El hombre del siglo


Los cien años del nacimiento de Sartre resultaron una buena ocasión de reeditar la destacada biografía de Annie Cohen-Solal. Una visión amistosa y completa del filósofo multifacético. Una lectura importante para terminar el 2005.

Sartre: 1905-1980
Annie Cohen-Solal
Edhasa
766 páginas

Habrá siempre más de un Sartre: un Sartre a medida de cada lector. Es un honor que no comparte con los otros grandes filósofos del siglo XX francés: el Premio Nobel Henri Bergson al comienzo, Michel Foucault al final resultaron a la larga demasiado técnicos, demasiado universitarios. Nunca pueden ser, como el Apóstol, todo para todos. En cambio, hay un Sartre artista, y otro militante y escritor comprometido; un nietzscheano y un marxista, un tercermundista que debate sobre la angustia y la revolución; uno anarquista-libertario y otro totalitario maoísta, un antisionista radical y sin concesiones, y otro que acepta gustoso un doctorado Honoris Causa por una universidad israelí.

La biografía de Annie Cohen-Solal transita los extremos de un recorrido vital que no siempre fue dialéctico sino muchas veces simplemente contradictorio, en el sentido no mejorativo del término. En Sartre: 1905-1980, la autora analiza justamente esta particular sensibilidad sartreana que se caracterizó por lo contradictorio y controversial. O, para consignarlo en sus propias palabras, su objetivo ha sido reencontrarse con el “escritor cuya experiencia intelectual se cruzaba, absolutamente, con todos los envites del siglo pero que nunca había adoptado por completo ninguno de esos envites”. El volumen es fruto de años de investigación, de cientos de entrevistas a quienes amaron u odiaron a Sartre (la indiferencia es menos frecuente), de visitas a archivos, de viajes por Francia, Europa y América.

En el 2005, Sartre cumpliría 100 años. Parecen demasiado pocos porque Sartre es una figura de un pasado ya más remoto y sobre todo irrecuperable. La actualidad de Sartre queda reivindicada por el libro de Cohen-Solal. La primera edición de esta biografía es de 1989, y ahora es reeditado de cara a la conmemoración del año, o mejor, del siglo, sartreano. Es, hasta el momento, la mejor biografía. O la más completa, porque hay otra importante, aunque menos “biográfica” y más evaluativa, de Bernard-Henri Lévy. La de Cohen-Solal revela aristas nuevas y cortantes del biografiado, sin descuidar los detalles de una vida compleja y rica.

El caso Sartre resulta ejemplar de una época en que las mayores referencias intelectuales estuvieron, casi sin excepción, del lado de la confusión y no de un orden que prometía ser más estable. En 1943, mientras en Stalingrado la Unión Soviética se debatía entre el ser y la nada, apareció en la serenidad de la Francia ocupada por los nazis un grueso libro de dialéctica formal y escolástica existencial, El ser y la nada. Sería la obra cumbre del “existencialismo ateo”. El anti-universitario Sartre, honorablemente, escribía en la tradición neutralista de las universidades francesas. No era difícil prever la vena anti-marxista del mismo autor que años más tarde intentará llevar a cabo la peligrosísima aventura de combinar ese existencialismo con el marxismo.

Por eso mismo, a comienzos de la década del ’60, el excelente ensayista Jean-François Revel podía asegurar que la mayoría de los intelectuales europeos que se ubicaban políticamente en la izquierda eran intelectualmente reaccionarios. La confusión no solamente continuaba: se había agravado. “El ateísmo de Sartre, la indiferencia de Heidegger han contribuido menos a alejar a las personas de la religión que a que celebren con vivos colores metafísicos sus penas y angustias, sus culpabilidades y desamparos desde luego irreductibles.” La de Revel puede resultar hoy, para algunos, una frase caduca: indigna a las sensibilidades para quienes la contradicción es siempre sinónimo de riqueza y no de inconsistencia intelectual, política o moral. Sucede, para mayor desolación, que la propia noción de contradicción carece de sentido para los involuntarios herederos culturales de los fenomenólogos de la alineación, los que insisten, entre otras cosas, en una izquierda de colegio secundario (la izquierda como un lugar en la memoria antes que como un encuentro para construir el futuro) o en un mundo desprovisto de sentido: el mundo de una clase (libre, neutra, vaga) que se angustia, se interroga sobre el absurdo cósmico y se plantea problemas metafísicos en torno al Obrero-en-sí, a la Puta-en-sí, al Negro-en-sí. El juicio de Revel, con distinto sentido de su valor, era el de casi todos: las contradicciones de Sartre le permitían gustar, finalmente, a todos. Los sartreanos irritan menos de lo que gustan creer, y aun de lo que debieran. Sartre escribía una carta furiosa a De Gaulle, y el general le respondía, con toda la buena educación del país que inventó las maneras versallescas, “Cher Maître”.

La autora de esta biografía, ya convertida en clásico, no duda de la capacidad de Sartre, de su vigor para el debate y la confrontación. Y sobre todo para los gestos eficaces: como cuando rechazó el Premio Nobel en 1964 con la muy válida razón de que “el escritor debe negarse a que lo transformen en institución”. Cuando se lee a Sartre, aunque sean los textos elegidos con acierto por su biógrafa, no se puede dejar de experimentar una extraordinaria impresión de vértigo; la física se vuelve metafísica, la química alquimia, la racionalidad se trueca en misticismo, Hegel es un prestidigitador, Lenin es un sacerdote, los sacerdotes son deterministas, los patrones levantan las banderas rojas y los deportados cotizan en Wall Street. Es un malabarista asombroso, un argumentador casuístico, jesuítico. Pero si pasa el primer momento de estupor, y se quieren encontrar las causas del vértigo, se descubrirá que el filtro es un cocktail, una combinación sabia de la prosa de los maestros-pensadores, un devenir de Hegel, una frase de Marx, una intención de Husserl, un suspiro de Kierkegaard, un movimiento de Freud, una observación de Brice Parain, un término de Lévi-Strauss, un sueño de Hyppolite, una audacia de Lenin: precisamente, un encadenamiento de elementos yuxtapuestos cuyo cemento es un artificio muy bien dosificado.

La vida de este autor artificioso es la que cuenta Cohen-Solal. Una historia poco imparcial porque la autora es la abogada de Sartre, no su juez. Pero el juicio último quedará para los lectores. Que no escuchan el alegato de la otra parte. La canonización del autor de Saint-Genet ya estaba decidida de antemano. El mismo lo sabía. Después de su muerte, Simone de Beauvoir hizo en La ceremonia de los adioses el retrato poco halagador de los últimos años de vida del filósofo, que comía demasiados embutidos, se emborrachaba y meaba cuando no debía, insistía con el corydrane y se dejaba convencer por jóvenes sectarios o religiosos o las dos cosas. Cohen-Solal es más hagiográfica: hasta gustosa, analiza los sueños del maestro.


http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-1866-2005-12-16.html

viernes, 4 de diciembre de 2009

La Náusea - Jean Paul Sartre



Bueno, hace un rato estaba yo en el Jardín público. La raíz del castaño se hundía en la tierra, justo debajo de mi banco. Yo ya no recordaba que era una raíz. Las palabras se habían desvanecido, y con ellas la significación de las cosas, sus modos de empleo, las débiles marcas que los hombres han trazado en su superficie. Estaba sentado, un poco encorvado, baja la cabeza, solo frente a aquella masa negra y nudosa, enteramente bruta y que me daba miedo. Y entonces tuve esa iluminación.
Me cortó el aliento. Jamás había presentido, antes de estos últimos días, lo que quería decir “existir”. Era como los demás, como los que se pasean a la orilla del mar con sus trajes de primavera. Decía como ellos: “el mar es verde”, “aquel punto blanco, allá arriba, es una gaviota”, pero no sentía que aquello existía, que la gaviota era una “gaviota-existente”; de ordinario la existencia se oculta. Está ahí, alrededor de nosotros, en nosotros, ella es nosotros, no es posible decir dos palabras sin hablar de ella y, finalmente, queda intocada. Hay que convencerse de que, cuando creía pensar en ella, no pensaba en nada, tenía la cabeza vacía o más exactamente una palabra en la cabeza, la palabra “ser” O pensaba... ¿cómo decirlo? Pensaba la pertenencia, me decía que el mar pertenecía a la clase de los objetos verdes o que el verde formaba parte de las cualidades del mar. Aun mirando las cosas, estaba a cien leguas de pensar que existían: se me presentaban como un decorado. Las tomaba en mis manos, me servían como instrumentos, preveía sus resistencias. Pero todo esto pasaba en la superficie. Si me hubieran preguntado qué era la existencia, habría respondido de buena fe que no era nada, exactamente una forma vacía que se agrega a las cosas desde afuera, sin modificar su naturaleza. Y de golpe estaba allí, clara como el día: la existencia se descubrió de improviso. Había perdido su apariencia inofensiva de categoría abstracta; era la materia misma de las cosas, aquella raíz estaba amasada en existencia. O más bien la raíz, las verjas del jardín, el césped ralo, todo se había desvanecido; la diversidad de las cosas, su individualidad sólo eran una apariencia, un barniz. Ese barniz se había fundido, quedaban masas monstruosas y blandas, en desorden, desnudas, con una desnudez espantosa y obscena.

Jean Paul Sartre - La Náusea.