miércoles, 7 de abril de 2010

El hombre del siglo


Los cien años del nacimiento de Sartre resultaron una buena ocasión de reeditar la destacada biografía de Annie Cohen-Solal. Una visión amistosa y completa del filósofo multifacético. Una lectura importante para terminar el 2005.

Sartre: 1905-1980
Annie Cohen-Solal
Edhasa
766 páginas

Habrá siempre más de un Sartre: un Sartre a medida de cada lector. Es un honor que no comparte con los otros grandes filósofos del siglo XX francés: el Premio Nobel Henri Bergson al comienzo, Michel Foucault al final resultaron a la larga demasiado técnicos, demasiado universitarios. Nunca pueden ser, como el Apóstol, todo para todos. En cambio, hay un Sartre artista, y otro militante y escritor comprometido; un nietzscheano y un marxista, un tercermundista que debate sobre la angustia y la revolución; uno anarquista-libertario y otro totalitario maoísta, un antisionista radical y sin concesiones, y otro que acepta gustoso un doctorado Honoris Causa por una universidad israelí.

La biografía de Annie Cohen-Solal transita los extremos de un recorrido vital que no siempre fue dialéctico sino muchas veces simplemente contradictorio, en el sentido no mejorativo del término. En Sartre: 1905-1980, la autora analiza justamente esta particular sensibilidad sartreana que se caracterizó por lo contradictorio y controversial. O, para consignarlo en sus propias palabras, su objetivo ha sido reencontrarse con el “escritor cuya experiencia intelectual se cruzaba, absolutamente, con todos los envites del siglo pero que nunca había adoptado por completo ninguno de esos envites”. El volumen es fruto de años de investigación, de cientos de entrevistas a quienes amaron u odiaron a Sartre (la indiferencia es menos frecuente), de visitas a archivos, de viajes por Francia, Europa y América.

En el 2005, Sartre cumpliría 100 años. Parecen demasiado pocos porque Sartre es una figura de un pasado ya más remoto y sobre todo irrecuperable. La actualidad de Sartre queda reivindicada por el libro de Cohen-Solal. La primera edición de esta biografía es de 1989, y ahora es reeditado de cara a la conmemoración del año, o mejor, del siglo, sartreano. Es, hasta el momento, la mejor biografía. O la más completa, porque hay otra importante, aunque menos “biográfica” y más evaluativa, de Bernard-Henri Lévy. La de Cohen-Solal revela aristas nuevas y cortantes del biografiado, sin descuidar los detalles de una vida compleja y rica.

El caso Sartre resulta ejemplar de una época en que las mayores referencias intelectuales estuvieron, casi sin excepción, del lado de la confusión y no de un orden que prometía ser más estable. En 1943, mientras en Stalingrado la Unión Soviética se debatía entre el ser y la nada, apareció en la serenidad de la Francia ocupada por los nazis un grueso libro de dialéctica formal y escolástica existencial, El ser y la nada. Sería la obra cumbre del “existencialismo ateo”. El anti-universitario Sartre, honorablemente, escribía en la tradición neutralista de las universidades francesas. No era difícil prever la vena anti-marxista del mismo autor que años más tarde intentará llevar a cabo la peligrosísima aventura de combinar ese existencialismo con el marxismo.

Por eso mismo, a comienzos de la década del ’60, el excelente ensayista Jean-François Revel podía asegurar que la mayoría de los intelectuales europeos que se ubicaban políticamente en la izquierda eran intelectualmente reaccionarios. La confusión no solamente continuaba: se había agravado. “El ateísmo de Sartre, la indiferencia de Heidegger han contribuido menos a alejar a las personas de la religión que a que celebren con vivos colores metafísicos sus penas y angustias, sus culpabilidades y desamparos desde luego irreductibles.” La de Revel puede resultar hoy, para algunos, una frase caduca: indigna a las sensibilidades para quienes la contradicción es siempre sinónimo de riqueza y no de inconsistencia intelectual, política o moral. Sucede, para mayor desolación, que la propia noción de contradicción carece de sentido para los involuntarios herederos culturales de los fenomenólogos de la alineación, los que insisten, entre otras cosas, en una izquierda de colegio secundario (la izquierda como un lugar en la memoria antes que como un encuentro para construir el futuro) o en un mundo desprovisto de sentido: el mundo de una clase (libre, neutra, vaga) que se angustia, se interroga sobre el absurdo cósmico y se plantea problemas metafísicos en torno al Obrero-en-sí, a la Puta-en-sí, al Negro-en-sí. El juicio de Revel, con distinto sentido de su valor, era el de casi todos: las contradicciones de Sartre le permitían gustar, finalmente, a todos. Los sartreanos irritan menos de lo que gustan creer, y aun de lo que debieran. Sartre escribía una carta furiosa a De Gaulle, y el general le respondía, con toda la buena educación del país que inventó las maneras versallescas, “Cher Maître”.

La autora de esta biografía, ya convertida en clásico, no duda de la capacidad de Sartre, de su vigor para el debate y la confrontación. Y sobre todo para los gestos eficaces: como cuando rechazó el Premio Nobel en 1964 con la muy válida razón de que “el escritor debe negarse a que lo transformen en institución”. Cuando se lee a Sartre, aunque sean los textos elegidos con acierto por su biógrafa, no se puede dejar de experimentar una extraordinaria impresión de vértigo; la física se vuelve metafísica, la química alquimia, la racionalidad se trueca en misticismo, Hegel es un prestidigitador, Lenin es un sacerdote, los sacerdotes son deterministas, los patrones levantan las banderas rojas y los deportados cotizan en Wall Street. Es un malabarista asombroso, un argumentador casuístico, jesuítico. Pero si pasa el primer momento de estupor, y se quieren encontrar las causas del vértigo, se descubrirá que el filtro es un cocktail, una combinación sabia de la prosa de los maestros-pensadores, un devenir de Hegel, una frase de Marx, una intención de Husserl, un suspiro de Kierkegaard, un movimiento de Freud, una observación de Brice Parain, un término de Lévi-Strauss, un sueño de Hyppolite, una audacia de Lenin: precisamente, un encadenamiento de elementos yuxtapuestos cuyo cemento es un artificio muy bien dosificado.

La vida de este autor artificioso es la que cuenta Cohen-Solal. Una historia poco imparcial porque la autora es la abogada de Sartre, no su juez. Pero el juicio último quedará para los lectores. Que no escuchan el alegato de la otra parte. La canonización del autor de Saint-Genet ya estaba decidida de antemano. El mismo lo sabía. Después de su muerte, Simone de Beauvoir hizo en La ceremonia de los adioses el retrato poco halagador de los últimos años de vida del filósofo, que comía demasiados embutidos, se emborrachaba y meaba cuando no debía, insistía con el corydrane y se dejaba convencer por jóvenes sectarios o religiosos o las dos cosas. Cohen-Solal es más hagiográfica: hasta gustosa, analiza los sueños del maestro.


http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-1866-2005-12-16.html

viernes, 4 de diciembre de 2009

La Náusea - Jean Paul Sartre



Bueno, hace un rato estaba yo en el Jardín público. La raíz del castaño se hundía en la tierra, justo debajo de mi banco. Yo ya no recordaba que era una raíz. Las palabras se habían desvanecido, y con ellas la significación de las cosas, sus modos de empleo, las débiles marcas que los hombres han trazado en su superficie. Estaba sentado, un poco encorvado, baja la cabeza, solo frente a aquella masa negra y nudosa, enteramente bruta y que me daba miedo. Y entonces tuve esa iluminación.
Me cortó el aliento. Jamás había presentido, antes de estos últimos días, lo que quería decir “existir”. Era como los demás, como los que se pasean a la orilla del mar con sus trajes de primavera. Decía como ellos: “el mar es verde”, “aquel punto blanco, allá arriba, es una gaviota”, pero no sentía que aquello existía, que la gaviota era una “gaviota-existente”; de ordinario la existencia se oculta. Está ahí, alrededor de nosotros, en nosotros, ella es nosotros, no es posible decir dos palabras sin hablar de ella y, finalmente, queda intocada. Hay que convencerse de que, cuando creía pensar en ella, no pensaba en nada, tenía la cabeza vacía o más exactamente una palabra en la cabeza, la palabra “ser” O pensaba... ¿cómo decirlo? Pensaba la pertenencia, me decía que el mar pertenecía a la clase de los objetos verdes o que el verde formaba parte de las cualidades del mar. Aun mirando las cosas, estaba a cien leguas de pensar que existían: se me presentaban como un decorado. Las tomaba en mis manos, me servían como instrumentos, preveía sus resistencias. Pero todo esto pasaba en la superficie. Si me hubieran preguntado qué era la existencia, habría respondido de buena fe que no era nada, exactamente una forma vacía que se agrega a las cosas desde afuera, sin modificar su naturaleza. Y de golpe estaba allí, clara como el día: la existencia se descubrió de improviso. Había perdido su apariencia inofensiva de categoría abstracta; era la materia misma de las cosas, aquella raíz estaba amasada en existencia. O más bien la raíz, las verjas del jardín, el césped ralo, todo se había desvanecido; la diversidad de las cosas, su individualidad sólo eran una apariencia, un barniz. Ese barniz se había fundido, quedaban masas monstruosas y blandas, en desorden, desnudas, con una desnudez espantosa y obscena.

Jean Paul Sartre - La Náusea.

viernes, 20 de noviembre de 2009

LA PRUEBA DE LA RULETA



El ingeniero Georges Itzigsohn jugaba a la ruleta según un plan minuciosamente calculado, a base de fluctuaciones, estadísticas y cálculo de probabilidades. Su encantadora mujer, a pesar de su formación científica en la facultad de medicina, jugaba apostando a los cumpleaños de sus hijos. Ambos perdían naturalmente, porque de otra manera no existiría el negocio de la ruleta. Pero mientas el ingeniero perdía científicamente, su mujer perdía absurdamente.

Ernesto Sabato - Heterodoxia.

martes, 17 de noviembre de 2009

E-book


E-BOOK


Fue la vedette en la última Feria del Libro en Frankfurt y su desembarco promete revolucionar de tal forma el mercado editorial, que ya se habla de un antes del e-book y después del e-book. Cómo funciona y las cifras del fenómeno.



"Eso no es un libro", bramó Ray Bradbury, uno de los grandes escritores de ciencia ficción del siglo XX, cuando le preguntaron, recientemente, su opinión sobre el e-book. Pero si bien el autor norteamericano, al igual que la mayoría de los lectores, escritores y editores, aún prefieren el papel a la pantalla, el libro electrónico ya es una realidad en el mercado tecnológico y se prepara para conquistar al mundo de la literatura con sus asombrosas posibilidades.

Como alguna vez el nacimiento de la televisión modificó para siempre la industria del cine, o como el walkman y el MP3 revolucionaron la forma de escuchar música, hoy el e-book amenaza con transformar el concepto del libro tal como lo conocemos. Claro que, al igual que cualquier gran cambio tecnológico que se precie de tal, la llegada del e-book lleva implícitos polémicas e interrogantes que ya se comienzan a dilucidar.

Antes que nada: ¿Qué es el e-book? Se trata de un dispositivo electrónico con capacidad para almacenar y reproducir miles de archivos de texto, que por su tamaño, peso y formato intenta emular la versatilidad de un libro tradicional. Cuenta con una pantalla de tinta electrónica que permite leer sin cansar la vista y pasar de una página a la otra con sólo un clic. Además, los nuevos modelos cuentan con una conexión inalámbrica 3G, similar a la de los teléfonos celulares inteligentes, lo que abre la posibilidad de bajar y leer libros, diarios, revistas y todo tipo de publicaciones, pagando –como quien se baja un ringtone o una canción- unos pocos dólares.

“El e-book es ecológico, cómodo para viajar y permitirá la difusión y la recuperación de millones de textos”, sostienen los partidarios del libro digital. En la vereda opuesta, sus detractores defienden la calidez del papel y la diversidad de ediciones y alertan sobre los riesgos de la piratería online y de la extinción de las librerías tradicionales. Para el lector, el cambio de hábito que propone el e-book es radical. Imaginemos unas vacaciones en las que sólo haya que hacer un clic para pasar de una biografía a un clásico, o de un periódico a una revista de chimentos.


La revolución digital
La librería online más grande del mundo, Amazon, picó en punta en el fértil negocio del libro electrónico. A tal punto, que su modelo Kindle es considerado como el IPhone de los e-books. Algunas cifras permiten darse una idea de sus características: tiene capacidad para almacenar 1500 títulos, pesa 280 g, y su grosor de 0,9 cm es menor al de muchos teléfonos móviles. La batería dura hasta dos semanas sin necesidad de recarga y su pantalla de tinta electrónica es de apenas 6 pulgadas. “Nuestro objetivo ha sido diseñar un producto que desaparezca en las manos del consumidor”, dijo Jeff Bezos, el presidente y fundador de Amazon, sobre su nueva criatura, que hoy es la principal fuente de ingresos de la compañía.

En octubre, Amazon dobló la apuesta y anunció una expansión por la cual el Kindle cruzará la frontera norteamericana y se venderá por USD 279 en más de cien países. Si bien aún no está confirmado, la Argentina cuenta con una adecuada red inalámbrica y sería uno de los países elegidos en los que se podrán descargar más de trescientos sesenta mil títulos, por ahora todos en inglés. Cada libro tiene un valor de USD 9,99, que incluye el gasto de conexión, por lo que a fin de mes no hay que pagar facturas adicionales por banda ancha. “Nuestra visión es que cada libro que se haya impreso, se esté imprimiendo o esté descatalogado, en cualquier idioma, esté disponible en sesenta segundos”, sostuvo el presidente de Amazon.

Durante la última Feria del Libro en Frankfurt, la meca de la industria editorial, el e-book fue uno de los grandes protagonistas. Allí, las compañías tecnológicas se codearon con las más prestigiosas casas editoriales y con las grandes plumas de la actualidad. Tanto Google como la cadena estadounidense de librerías Barnes & Noble manifestaron su interés en poner, en breve, un pie en el mercado. Igualmente, todos esperan e intentan adivinar qué conejo sacará de la galera el mago de Apple, Steve Jobs, ya que su empresa trabaja en secreto para dar batalla al Kindle.


Cuestión de tiempo
Sin embargo, pese a las expectativas que hay en la industria y a que la tecnología está disponible hace varios años, el libro digital aún no se popularizó. Según la consultora Forrester Research, se estima que a fines del 2009 se habrán vendido cerca de tres millones de lectores electrónicos en los Estados Unidos, una cifra modesta si se considera que durante su lanzamiento, Apple vendió un millón de IPhones en sólo tres días. Otro dato: la facturación anual del libro en papel en los Estados Unidos es de USD 35.000 millones y la del libro electrónico no supera, aún, los USD 1000 millones por año. “Es una cuestión de tiempo. Nadie discute si va a llegar, sino cuándo será el momento”, explica Pablo Avalluto, director editorial de Random House Mondadori, una de las casas editoras más importantes de la Argentina. Y pronostica una pronta masificación del dispositivo: “Pienso que será en dos o tres años, siempre y cuando sigan bajando los precios de los aparatos”.

Que los lectores puedan tener en la palma de la mano, instantáneamente, y a un precio accesible, cualquiera de las obras de la literatura mundial es una tarea gigantesca. Se trata, ni más ni menos, que de dar vida a la gran librería universal. Las editoriales se apuran para digitalizar sus títulos y negociar los contratos de derechos de autor con los escritores. “La gran discusión pasa por la forma en que se comercializarán los títulos para e-book. En el mercado tradicional se repartían los porcentajes entre el librero, el distribuidor, el autor y el editor. Pero los contratos no preveían semejante desarrollo tecnológico ni tenían en cuenta un mercado universal”, explica Avelluto, quien estuvo presente en la Feria de Frankfurt y fue testigo del furor por el e-book.

En tanto, en los Estados Unidos, las bibliotecas públicas ya ofrecen libros digitalizados a su comunidad. Según datos publicados por el diario The New York Times, son alrededor de cinco mil cuatrocientas las bibliotecas en las cuales la gente puede pedir un libro desde la comodidad de su casa y recibirlo en formato electrónico en su computadora portátil o en el dispositivo Reader, de Sony, que es compatible con los archivos de las bibliotecas. Y si bien el catálogo digital es ínfimo comparado con el de papel, la expansión de las versiones electrónicas es un indicio de que en un futuro se leerá cada vez menos en tinta original y más en tinta electrónica.


¿El fin del papel?
Los más optimistas predicen que, al igual que sucedió con la música o con el cine cuando se digitalizaron y se subieron a la ola de Internet, estamos ante una gran oportunidad para que la gente lea más. Mucho más. Incluso, ya comienzan a pensarse formatos que aprovechen los recursos tecnológicos del e-book para sumarlos a los elementos tradicionales del libro (vale decir, la imagen y la palabra escrita). Entre el sinfín de posibilidades se podría escribir una novela y agregarle música a un cierto pasaje; videos en lugar de ilustraciones estáticas; links que refieran a sitios de Internet y hasta convertir al lector en protagonista.

“No es un modelo sustentable para autores y editores”, se quejan por lo bajo los detractores, quien temen que la piratería informática, tal como sucedió en la industria discográfica, destruya el negocio editorial y que éste deba reinventarse (como lo hizo el de la música, mediante conciertos multitudinarios y las giras permanentes). “El mercado no se va a achicar. Pero sí va a surgir un público nuevo”, sostiene Avelluto.

La postura predominante en el mundo editorial es más conciliadora. La convivencia armónica entre ambos formatos parece ser el escenario más probable en el corto plazo.






Por: Manuel J. Torino – Revista “Nueva”, domingo 15 de noviembre de 2009.

jueves, 12 de noviembre de 2009

El camino del exceso - Héroes del Silencio


Un huracán de palabras en la ronda a tabernas.
Orfeón cotidiano, entóname tu plan.
Salpica la sangre, de espuela enloquece.
Si no hay paraíso, ¿dónde revientas?

Es cierto: ¡camino de exceso, fuente de saber!
Un plato de desprecio ahoga el veneno.
Mientras dure el dinero y dure el empeño,
ladrillo a ladrillo quedan años después.

Si estás dispuesto a afrontar la escena,
no es de William Blake.
¿Estás dispuesto a devorar estrellas
que sacien tu sed?

Y escucha, apenas afino melodías de perdedor.
Los cielos han gastado mi último suspiro,
Quedaron atrás todos los enemigos,
y aún me queda la duda de un futuro mejor.

Si estás dispuesto a afrontar, la escena
no es de William Blake.
¿Estás dispuesto a devorar estrellas
que sacien tu sed?

El camino del exceso.
El camino del exceso.
El camino del exceso.
Dí: el camino del exceso.

Quemamos con malas artes el espíritu del vino,
y no va a regresar. No, no va a regresar.
Y quemamos con malas artes el espíritu del vino,
y no va a regresar. No, no va a regresar.

El camino del exceso.
El camino del exceso.
El camino del exceso.
Dí: el camino del exceso.

Quemamos con malas artes el espíritu del vino,
y no va a regresar. No, no va a regresar.
Y quemamos con malas artes el espíritu del vino,
y no va a regresar. No, no va a regresar.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Rayuela - Julio Cortázar


La rayuela se juega con una piedrita que hay que empujar con la punta del zapato. Ingredientes: una acera, una piedrita, un zapato, y un bello dibujo con tiza, preferentemente de colores. En lo alto está el Cielo, abajo está la Tierra, es muy difícil llegar con la piedrita al Cielo, casi siempre se calcula mal y la
piedra sale del dibujo. Poco a poco, sin embargo, se va adquiriendo la habilidad necesaria para salvar las diferentes casillas (rayuela caracol, rayuela rectangular, rayuela de fantasía, poco usada) y un día se aprende a salir de la Tierra y remontar la piedrita hasta el Cielo, hasta entrar en el Cielo (Et tous nos amours, sollozó Emmanuèle boca abajo), lo malo es que justamente a esa altura, cuando casi nadie ha aprendido a remontar la piedrita hasta el Cielo, se acaba de golpe la infancia y se cae en las novelas, en la angustia al divino cohete, en la especulación de otro Cielo al que también hay que aprender a llegar. Y porque se ha salido de la infancia (Je n’oublierai pas le temps des cérises, pataleó Emmanuèle en el suelo) se olvida que para llegar al Cielo se necesitan, como ingredientes,
una piedrita y la punta de un zapato.




Fragmento: extraído, capítulo 36 - Rayuela - Julio Cortázar

lunes, 2 de noviembre de 2009

Snob-land II

Salidas que hayan mitigado el snobismo por el que pasé, finalmente, casi no fueron. No las que quería. Sin embargo, hubo algunas más que placenteras.

Fui a una de esas librerías bellísimas y románticas, de las que también visito cuando viajo a Santa Fé. De esas librerías que tienen libros de todo tipo. De esas librerías para lectores con ansias de letras. Y de ahorro.

No hablo de aquellas que tienen estanterías con los libros ordenados por orden alfabético, o por autor, o por temario. Nada de eso. Es de esas librerías que tienen todos los libros en una mezcla que maravilla a cualquiera. Más allá de esa belleza, esto fue lo más importante y lo que más encanto me produjo: el hombre que atendía, calculo de unos cincuenta y cinco años, con un acento español terrible, cuando le pedí “El coleccionista”, de John Fowles, fue a la estantería exacta en donde estaba el libro. No hubo error. No se confundió. No dudó. En un océano de títulos, colores, encuadernaciones fantásticas, él fue al libro exacto.

Salí encantada de ese lugar. Volví al otro día. Quise ponerlo a prueba otra vez. Ahora, con “La niña verde”, de Read. Como el día anterior, sin ni siquiera pensar un segundo en dónde podía estar, caminó hasta una estantería al final del salón. Yo iba detrás de él. Frenó de golpe y, subí la vista, y ahí estaba el libro. Me lo alcanzó, y fui hasta la caja. Cuando estaba por pagar los libros que llevaba, llegó alguien a la caja. Parecía ser alguna especie de amigo, o conocido, planteándole su idea de suicidio. El hombre con el acento español parecía que buscaba evitar su conversación, diciéndole cosas como “bueno, ya pasará todo, sólo es un mal momento por el que estás pasando”, como si eso fuera algo que vaya a molestarme a mí, o a la gente que se encontraba en el lugar. Como si ese hecho puntual fuera a dejar una mala imagen para el comercio en cuestión.

Le consulté por “La náusea”. Creo que le dolió en el alma tener que decirme que no lo tenía.





MissRM